El cardenal Poli denunció la falta de justicia y la corrupción

Denunció la falta de compromiso en los poderes del Estado para acabar con el narcotráfico y la corrupción al presidir la misa central de la fiesta de san Cayetano.

 
El cardenal Poli denunció la falta de justicia y la corrupción

Buenos días y ¡feliz fiesta de san Cayetano!


Los curas y yo vamos a rezar en esta misa para que ustedes reciban las gracias materiales y espirituales que necesitan para ustedes y para sus familias. Eso vamos a poner entre el pan y el vino.



¡Qué lindo lema que eligieron los curas y los laicos que trabajan en el santuario! Cuando pusieron este lema, no pensaron que íbamos a tener esta tormenta y parte de nuestro territorio se fuera a inundar. Le pedimos: “San Cayetano, inundá nuestra tierra con la gracia de Dios”. Y por eso leímos este Evangelio del Hijo Pródigo o del Padre Misericordioso.



¿Qué es la misericordia? No la conocemos los hombres en su plenitud, no cabe en nuestro corazón. Sin embargo, nos beneficiamos de ella. Es una palabra que está en la Biblia y que usa mucho la Iglesia para decir que Dios es misericordioso. Y esta palabrita está compuesta por nuestra miseria y por el corazón de Dios que se inclina a los misersables y pecadores.



La misericordia tiene una imagen muy linda. Es como un abrazo de un hijo a su papá o a su mamá. Es el abrazo del hombre y de la mujer pecadores, que se abrazan a Dios y saben que su corazón se enciende de misericordia cuando pide perdón. Y es la palabra que inspiró al papa Francisco para declarar un año jubilar. En el umbral del Año de la Misericordia, vamos a pedirle a san Cayetano, que tuvo un corazón misericordioso, y por eso tanta gente viene a este santuario y a tantos otros en la Argentina.



Mirando a Jesús, escuchando su Evangelio, conocemos su corazón misericordioso. Por eso venimos confiados y le decimos: “San Cayetano, derramá una lluvia de misericordia sobre toda nuestra patria”.



Ustedes no están aquí porque vieron la luz encendida, pasaban y entraron. Ustedes hicieron muchos sacrificios. Seguramente hace rato que están caminando, pero mientras caminamos al santuario, que es casa de misericordia, se nos va calentando el corazón. Entonces confesamos nuestra fe, y al caminar va creciendo nuestra esperanza, que se va contagiando con los peregrinos. No porque comentamos nuestros problemas –y como decimos los porteños, ‘mal de muchos, consuelo de tontos’-. ¡No! Nos asombramos de que otros hermanos nuestros, teniendo problemas, sin embargo siguen caminando con fe. Y esa fe se contagia: nos contagia la fe de los peregrinos. Aumenta nuestra esperanza, porque sabemos que está la puerta del santuario abierta y sabemos que va a haber un encuentro de amor.



Como todos los peregrinos, muchos de ustedes quieren pasar por delante de la imagen de san Cayetano. Él fue un hombre como todos nosotros, pecador, pero que amó mucho y venció el pecado con la gracia, pidiendo a Dios la misericordia, creciendo en las virtudes y predicando el Evangelio, hasta dar la vida.



Ustedes saben que el santuario tiene una atracción especial: en el santuario muchos toman decisiones que duran la vida entera. Yo decidí aquí mi vocación de cura, de entrar al seminario. Y seguramente aquí decidieron su vocación muchos novios, y confirmaron su decisión muchos esposos. Son cosas que duran la vida entera, como ser fieles hasta la vida entera. Querer a la familia, no la que nos venden, sino la de carne y hueso, la que Dios me dio y debo amar y abrazar. Crece mi amor ante san Cayetano porque él me enseña a abrazar los problemas desde la familia que tengo y a pelear desde adentro.



Cuando venimos al santuario, nos reconocemos como comunidad de pecadores. Mendicantes de la misericordia de Dios. Somos pordioseros y pedigüeños de la misericordia de Dios. Y a Dios eso le encanta: los salman nos hablan de eso. Dios perdona porque es misericordioso y fiel, porque no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Él quiere la vida. Es el Dios de la Vida. Hay un salmo que dice que Dios es rico en misericordia, que nos ha amado primero, sin merecerlo, y es cierto. Nosotros no venimos al santuario porque somos santos, sino porque queremos serlo. Queremos ser como san Cayetano, de carne y hueso, y que sin embargo vivió de la gracia y de la misericordia divina.



Por su misericordia, Dios abre las puertas de su santuario para esperarnos. Las puertas del santuario siempre están abiertas para escuchar las penas del alma, lo que nos hizo hocicar, perder la gracia, la fraternidad, la solidaridad, lo que nos apartó de nuestros amigos o de nuestra familia. Dios nos cubre con su misericordia. Es cierto, no merecemos que nos atienda. El Señor sabe quién soy. Él sabe por dónde se me corta el hilo, sabe muy bien cómo me llamo. Me llama por mi nombre, y para Él soy una persona, no un número. Él nos ama a cada uno y nos llama por nuestro nombre.



Sabemos que nuestro Padre del Cielo siempre nos dará una oportunidad para que podamos gustar de su misericordia. La religión cristiana es eso: es una religión de posibilidades. ¿Sabián eso? Siempre podemos pedir perdón y empezar de vuelta. Nos borra todo. Dios tiene una goma sobre nuestras vidas, y no le importa nuestro pasado, sino lo que podemos dar por su gracia.



Cuántos testimonios de gente muy sacrificada y que nos encontramos siete tras siete. Para nosotros es muy gratificante verlo en cada fiesta. La oración del humilde enciende la ternura de Dios, y su misericordia se derrama sobre nosotros en dones: dones de trabajo, de salud, de justicia, de paz, de amor, de amistad, de libertad...



Tiene sentido rezar juntos la oración de san Cayetano en esa parte que tanto me gusta: “Dios de todo consuelo, Padre misericordioso, que ves en lo secreto y conocés nuestras necesidades”. Nosotros le venimos a pedir en voz al alta al santo, pero Dios sabe de antemano nuestras necesidades. Él siempre escucha con los oídos de los santos, siente con sus corazones, y por eso venimos a san Cayetano. Venimos a pedir por nuestras necesidades. ¡Cuántas cosas necesitamos los argentinos!...



Hay algo que nos duele mucho: todos estos días escuchamos, de vuelta, la lucha contra el narcotráfico, los caídos, la fuerza policial... siempre estamos con este tema, desde hace años. Miren cómo son la cosas: por ese camino, estamos como estamos. Es cierto que estamos en un Estado de Derecho, y tenemos que confiar en la justicia. Pero Dios no puede hacer entrar su misericordia cuando hay fallas como condenar a un narco, con justicia, y que este salga por el túnel. ¡Que el Señor nos conceda mucha misericordia, porque de la misericordia viene la justicia!



Me parece que todo el tema del narcotráfico nos distrae. Nos distrae como el tero, ¿vieron? Que grita por un lado, pero el nido y los huevos están en otra parte. Ese no es el camino, nos dice el Papa. Hay que mirar con misericordia y con voz profética decir que las causas del narcotráfico, de las adicciones, no están en la gente ni en quienes las padecen. La Iglesia siempre se va a ocupar de los muchachos, ¡y también de muchos niños!, que quedan como en una estela de dolor y de terror. El problema está en otro lado: tenemos que verlo en una economía capitalista que ha erigido un dios dinero que ha desplazado a la persona y ha puesto como primero el consumo, y detrás de eso van todos los valores. ¡Que el Señor nos haga derramar su misericordia para entender que en toda economía debe estar centrado el hombre, y que hay valores superiores, como el trabajo, la amistad, la familia, el deporte, la solidaridad! Hay otros valores primero... que el Señor nos conceda, entonces, mucha misericordia para ser fuertes y para esperar un tiempo mejor.



La palabra misericordia tiene todo su valor en los labios de Jesús. ¡Qué lindo este Evangelio! Todos nos sentimos el Hijo Pródigo, y nos encanta descansar en brazos de nuestro Padre misericordioso que perdona. Miren la cantinela que traía el Hijo Pródigo: ‘Señor, he pecado contra el Cielo y contra Ti; no merezco ser llamado Hijo tuyo; trátame como el último de tus jornaleros’. El Padre no lo deja hablar, lo abrazo, lo viste de gala -¡porque es su Hijo!-, lo reviste de gracia. Y así hace con cada uno de nosotros.



La palabra misericordia adquiere todo su sentido en los labios de Jesús. A Dios Padre no le importa tanto que seamos perfectos, mientras tanto no volvamos a su casa pidiendo perdón por el mal que hicimos. Tenemos derecho de hijos, porque al bautizarnos Dios nos acarició. El bautismo es una caricia de Dios, y ahí nos dio el ADN divino. Jesús, en la cruz, nos ganó ese derecho. Y no lo perdemos nunca, porque él lo puso en el corazón de los santos, que nos ayudan a caminar.


El Señor es lento para enojarse… no lo cansamos nunca de nuestras macanas y miserias. La palabra misericordia no la encontramos en las palabras humanas. ¡Ojo eh! Tenemos que tener un corazón abierto como san Cayetano. Por eso le decimos de vuelta: ‘Dios de todo consuelo, Padre misericordioso, que ves en lo secreto y conocés nuestras necesidades’. Los santos tuvieron un corazón misericordioso, y por eso son más las personas que viene a agradecer que las que vienen a pedir. Muchos años en el santuario me enseñaron esto. ¡Son tantas cosas pequeñitas, del día, pero tan importante para seguir caminando! Por eso le pedimos a san Cayetano que Dios inunde nuestra tierra con misericordia, y que se haga servicio para el hermano, solidaridad, trabajo digno y honrado para todos, educación sapiencial, educación seria para todos los argentinos.



San Cayetano nos enseña a tener nuestra confianza en Él. Queridos amigos, ¡muy feliz fiesta de san Cayetano!.


(Fuente: Card. Mario Aurelio Poli, arzobispo de Buenos Aires)


 
 

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