El sucesor de Pedro y el hebreo

El Rabino Polakoff, viejo conocido del Papa Francisco, propone su personal mirada para recibir esta gran noticia.

 
El sucesor de Pedro y el hebreo

Aprendí hace tiempo de Mario Satz algo que reforzó en mí la hipótesis de que los primeros cristianos (que evidentemente eran todos judíos y se denominaban a sí mismos como "judeocristianos") tenían al hebreo como su lengua central, amén del arameo, mucho más que el latín que por supuesto se hablaba cotidianamente en Tierra Santa, gracias a la añosa ocupación romana.


Hay quienes desde lo académico -y yo me cuento entre ellos- suponen que los primeros evangelios fueron originalmente escritos en hebreo, antes de ser traducidos al latín. Una pista de tal teoría radica en el nombre que eligiera para sí mismo Pedro, considerado en la tradición cristiana el primer Papa, antecesor de nuestro compatriota Jorge Bergoglio, ahora Francisco I. Para ser precisos, Pedro no se llamaba Pedro, sino Simón ("Shimón" en hebreo puro).


¿Por qué, así como Saúl de Tarso ("Shaúl") eligió como su nueva identidad el nombre de "Pablo", Simón se inclinó hacia "Pedro"? La respuesta primera, y a la vez sencilla, es que iba a constituirse en la base de la organización de la naciente iglesia cristiana, y tal cual aparece en el libro de Mateo (16:18) se le dice "Tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia", dándole al nombre de "Pedro" ("Pietro") su sentido original de roca o piedra basal.


Hasta aquí estaría todo claro salvo que hubiese algo más, desde el hebreo, que sustente dicha curiosa elección. Y creo que lo hay, y que tiene que ver justamente con la manera en que se dice "piedra" que es "eben", una palabra que en hebreo tiene tres letras: una "alef", especie de "H" muda y a la cual se le puede adosar cualquier vocal para darle sonoridad; una "bet" que suena como "B" o "V" de acuerdo al contexto; y una "nun", la "N" final de "eben".


Pues bien, esa palabra hebrea es a la vez la conjunción perfecta entre otros dos vocablos, absolutamente cardinales para comprender al cristianismo. Es que en hebreo "ab" significa "padre" y "ben" significa "hijo", por lo que colocadas juntas en hebreo "ab" y "ben" se leen únicamente como "eben", es decir "piedra".


El hallazgo me resulta notable, ya que la elección para Simón de su nombre latino, podría estar mucho más ligada al hebreo, donde se evidencia la base de esta religión en ciernes cuya piedra basal es el vínculo padre /hijo, comprendido desde el paradigma cristiano.


Todo este prolegómeno tiende en principio a un par de objetivos. Por un lado, sumar tal vez nuevos contenidos a temas ancestrales, pero por otro, poder captar algo del sentido original del trono de Pedro, en el que hoy se sienta nuestro conocido monseñor Bergoglio. Y saliendo de la visión específicamente cristiana de su nombre, que obviamente no me corresponde a mí como rabino explicar, me parece que siendo el Papa una de las figuras principales del planeta, sería precioso que refuerce la idea de la relación entre lo divino y lo humano vinculado a lo filial. Es que más allá de toda diversidad religiosa -que entiendo debe sostenerse- hay un dejo de promisoria ventura en la idea de que todos los seres humanos nos asociemos como hijos, ya que eso implicaría un vital esbozo de fraternidad, un valor absolutamente necesario para una feliz convivencia.


Por eso le pediría a Jorge (Francisco I), con humildad, que intente cumplir con el sentido hebraico del rol de Pedro que hoy ostenta, y que los 1200 millones de fieles que congrega puedan aprender de su ejemplo, así como el resto de los millones de habitantes de buena voluntad de este planeta, que le auguramos un brillante papado.


La última vez que lo vi fue en su oficina en julio del año pasado en un encuentro del Congreso Judío Latinoamericano, y presurosos nos intercambiamos los libros que habíamos escrito, él con el rabino Abraham Skorka, y yo con el sacerdote jesuita Rafael Velasco.


De inmediato me mostró que a metros de su escritorio tenía una pequeña Torá, el Pentateuco (los primeros cinco libros de la Biblia), por supuesto en hebreo, regalo de una comunidad judía de Buenos Aires. Todo un signo, ya que no hacen falta las mismas lenguas para sostener la palabra y el diálogo entre quienes se consideran hermanos.


(Fuente: Marcelo Polakoff, Rabino de Córdoba y presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana)


 


 
 

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