Jean-Paul Sartre y la navidad de 1940

La obra de Jean-Paul Sartre 'Bar-Joná, el hijo del trueno', a pesar de haber sido escrita por un comunista ateo, consiguió llevar la fe a muchos corazones que se encontraban hundidos en la desesperanza.

 
Jean-Paul Sartre y la navidad de 1940

Todos hemos visto alguna vez un retrato del filósofo Jean-Paul Sartre. Icono mediático de varias generaciones a pesar de su inmoderado mal genio. Bizco, bajito, encorvado, con gafas y fumando en pipa. Fue el padre del existencialismo francés, ateo militante, mujeriego, borracho, amado por muchos, detestado por otros tantos.

Vivió amargado. Sartre sentía odio por todo y por todos. Escribió que “el infierno son los otros” y que “el hombre es una pasión inútil”. Sus obras de teatro y ensayos filosóficos recorrieron el mundo. Perteneció al Partido Comunista Francés desde el año 1952. Su figura fue idolatrada por muchos pensadores, pero también fue acusado de corromper a la juventud con su nihilismo materialista.

Lo que más odiaba de todo era la religión y, por supuesto, todo lo que oliera a cristianismo. Para Sartre no existe la esperanza, y mucho menos la esperanza en Cristo. Si no tenía fe en los demás ¿cómo podía tener fe en Dios? Fue ateo hasta la médula, y su ateismo caló hondo en los jóvenes de todo el mundo.

En 1939 el Ejército francés le llamó a filas. En el año 1940 los soldados alemanes lo hicieron prisionero y le trasladaron al campo de concentración Stalag 12D. Al cabo de unos meses fue liberado y volvió a su puesto de profesor. Sartre tuvo que pasar la navidad de ese año encarcelado junto a algunos sacerdotes y demás prisioneros. Fue durante su estancia en el campo cuando escribió Bar-Joná, el hijo del trueno. Una obrita de teatro desconocida hasta hace poco, que fue publicada hace unos años por la editorial Voz de Papel con el aval de seis importantes universidades españolas, y que fue representada en aquel campo por los prisioneros compañeros de Sartre –que interpretó al rey Baltasar-.

El tema de la obra de teatro es la angustia existencial de un pueblo judío que, invadido por los romanos, sigue esperando un Mesías que lo libere de la opresión extranjera. Leyendo la obra se vislumbra cierto paralelismo entre los opresores romanos y los nazis, y entre los oprimidos judíos y los prisioneros del campo.

Bar-Joná, el protagonista, está claramente identificado con el pesimista Sartre, llegando incluso a proponer a su pueblo la autodestrucción mediante la infertilidad y el aborto para evitar así la angustiosa ocupación romana:

“Sara –dice a su mujer- hoy he perdido toda esperanza y toda fe. Es por este niño que tanto he deseado y que llevas dentro de ti por lo que no quiero que nazca. Es por él. Ve al hechicero, te dará unas hierbas y quedarás estéril. Soy señor del pueblo y dueño de la vida y de la muerte. He decidido que mi familia se extinguirá conmigo. Ve. No hay vuelta atrás”.

El embarazo de Sara coincide con las buenas noticias sobre el nacimiento de un tal Jesús que traerá la esperanza y cambiará el mundo. Pero Bar-Joná advierte a su pueblo: “mirad a vuestra desesperanza a la cara, porque la dignidad del hombre está en su desesperanza”. Aunque su conciencia le hace reflexionar en voz alta: “si un Dios se hubiese hecho hombre por mí, le amaría excluyendo a todos los demás, habría entre Él y yo algo así como un lazo de sangre, y no tendría vida suficiente para demostrarle mi agradecimiento”.

En fin, Sartre, el ateo con mayúsculas, escribiendo sobre el Misterio de la Navidad. Es sin duda un paréntesis en toda la producción literaria del filósofo. Pero ¿cómo es posible que estos párrafos los haya escrito Sartre?

“Este Dios es mi niño. Esta carne divina es mi carne. Está hecha de mí. Tiene mis ojos, y la forma de su boca es la de la mía. Se parece a mí. Es Dios y se parece a mí... Y ninguna mujer, jamás, ha disfrutado así de su Dios, para ella sola. Un Dios muy pequeñito al que se puede estrechar entre los brazos y cubrir de besos. Un Dios calentito que sonríe y que respira, un Dios al que se puede tocar; y que vive”.

“¿Hay algo más conmovedor para el corazón de un hombre que el comienzo de un mundo, que la incipiente juventud, que el comienzo de un amor...? En este establo se levanta una nueva mañana... En este establo ya ha amanecido... Millones de años después de la creación, en este establo, se levanta, con la tenue claridad de un pábilo, la primera mañana del mundo”.

La lectura de una obra escrita por un comunista ateo fue capaz de llevar a la fe a muchos corazones que hasta entonces se encontraban hundidos en la desesperanza. El prestigioso teólogo René Laurentin ha llegado a decir: “Sartre, ateo deliberado, me ha hecho ver mejor que nadie, si exceptúo los Evangelios, el misterio de la Navidad”.

Raúl Sempere Durá

Fuente Forum Libertas.com (Adaptación)

 
 
 

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