Los preferidos del Padre

En este "día del niño" queremos recordar a dos chicos que a pesar de su corta edad, recorrieron con prontitud el camino al Padre del Cielo.

 
Los preferidos del Padre

Jesús nos contó un secreto, el Padre prefiere a los pequeños, a los que son como ellos les pertenece el Reino.


Y entonces, al celebrar un nuevo "día del niño" (y de la niña) recordamos que todos estamos llamados a revivir esa capacidad de asombro, de espontaneidad, de alegrarnos con cosas simples, de confiar en el Padre sin otro motivo que saber que nos quiere... de volver a ser como niños.


La infancia es una etapa muy especial de nuestra existencia, donde aprendemos a vivir, crecemos a un ritmo veloz, se descubre todo ese potencial que estamos llamados a desarrollar en los años por venir. Y si se ha vivido bien la niñez, será un tesoro para el resto de la vida. Por eso, celebrar este día es redoblar esfuerzos para que todas la niñas y todos los niños vivan como se merecen, como los privilegiados del Padre.


También para la Fe la infancia es un periodo especial. Muchas personas, aún cuando de grandes se han alejado de Dios, guardan en su corazón la huella de esa Fe recibida de pequeño. Por eso, trasmitir la Fe a los niños es la mejor herencia que podemos legarles. 


Para celebrar este día, compartimos la historia de dos pequeños "grandes" santos. Dos niños que nos muestran que toda etapa de la vida es oportuna para ir al Padre.


EL PEQUEÑO APÓSTOL


Domingo Savio nació en el Piamonte, Italia, en 1842, falleció en 1857. Era hijo de campesinos y desde pequeño manifestó deseos de ser sacerdote. Cuando San Juan Bosco empezó a preparar a algunos jóvenes para que le ayudaran en su trabajo en favor de los niños abandonados de Turín, el párroco de Domingo le recomendó al chico. San Juan Bosco, en el primer encuentro que tuvieron, se sintió muy impresionado por la evidente santidad del muchacho, quien ingresó en al Oratorio de Turín a los doce años de edad.


Uno de los recuerdos imborrables que dejó Domingo en el Oratorio fue el grupo que organizó en él. Se llamaba la Compañía de María Inmaculada. Sin contar los ejercicios de piedad, el grupo ayudó a Don Bosco en trabajos tan necesarios como la limpieza de los pisos y el cuidado de los chicos más difíciles. En 1859, cuando Don Bosco decidió fundar la Congregación de los Salesianos, organizó una reunión; entre los veintidós presentes se hallaban todos los iniciadores de la Compañía de la Inmaculada Concepción, excepto Domingo Savio, quien ya había partido al cielo.

Domingo era muy alegre y hábil para contar cuentos; ello le daba gran ascendiente entre sus compañeros, sobre todo con los más jóvenes. Fue, en verdad, una feliz providencia de Dios que Domingo cayese bajo la dirección de Don Bosco, él alentaba su alegría, su estricto cumplimiento del deber y le impulsaba a compartir toda su riqueza personal y espiritual con los demás niños. Así, Santo Domingo podía decir con verdad: "No puedo hacer grandes cosas. Lo que quiero es hacer aun las más pequeñas para la mayor gloria de Dios."

"La religión debe ser como el aire que respiramos; no hay que cansar a los niños con demasiadas reglas y ejercicios de devoción" -solía decir Don Bosco- "La penitencia que Dios quiere es la obediencia. Cada día se presentan mil oportunidades de sacrificarse alegremente: el calor, el frío, la enfermedad, el mal carácter de los otros. La vida de escuela constituye una mortificación suficiente para un niño".

La fuente más importante sobre la corta vida de Santo Domingo Savio es el relato que escribió el mismo Don Bosco. El santo se esforzó por no decir nada que no pudiese afirmar bajo juramento, particularmente por lo que se refiere a las experiencias espirituales de Domingo.

La delicada salud del adolescente empezó a debilitarse y en 1857 fue enviado a Mondonio para cambiar de aire. Los médicos diagnosticaron que padecía de una inflamación en los pulmones y decidieron sangrarlo, según se acostumbraba en aquella época. El tratamiento no hizo más que precipitar el desenlace.

Ya hacia el fin, trató de incorporarse y murmuró: "Adiós, papá ... El padre me dijo una cosa ... pero no puedo recordarla . . ." Súbitamente su rostro se transfiguró con una sonrisa de gozo, y exclamó: "¡Estoy viendo cosas maravillosas!" Esas fueron sus últimas palabras.

 

LA NIÑA QUE OFRECIÓ LA VIDA POR SU MADRE

 

Laura Vicuña nació en Santiago de Chile en 1891 y murió en Argentina en 1904.  

Su padre era un alto jefe militar y político de Chile. Una revolución derrocó al gobierno y la familia Vicuña debió huir. Al poco tiempo falleció el papá y la familia quedó en la miseria. Laura tienía apenas dos años.

La mamá, Mercedes, con sus dos hijas emprende el largo viaje hacia la Argentina. Allí conoció a un ganadero brutal y matón. Movida por su gran miseria, para que nada les falte a sus hijas, Mercedes se fue a vivir con él en unión libre.  

En 1900 Laura ingresa en el colegio de las Hermanas Salesianas de María Auxiliadora en Junín de los Andes. Allí la niña descubre que su madre, a quien más ama en el mundo después de Dios y la Virgen, vive en pecado; esto la angustia y la lleva a buscar la forma de ayudarla.

Y Laura traza un plan: ofrecerá su vida a Dios, con tal de que la mamá abandone a ese hombre con el cual vive en pecado. Estaba decidida a hacer todo lo posible por el bien de su madre.

En el colegio era admirada por las demás alumnas como la mejor compañera, la más amable y servicial. Las superioras se quedaban maravilladas de buena disposición para ayudar a quien lo necesitara.

Cuando va a pasar las vacaciones a donde vive su madre, su padrastro intenta aprovecharse de ella, pero Laura no lo permite, lo que le costó muchas horas de angustia.  

Tiempo después, durante una gran inundación que invadió el colegio, Laura pasó largas horas de la noche entre las muy frías aguas sacando a otras niñas en peligro, así adquirió una dolorosa enfermedad en los riñones. 

Al caer en cama, la niña redobla su oración por la conversión de su madre.

Dolores intensísimos. Vómitos continuos. Se retuerce del dolor. La vida de Laura se apaga: "Señor: que yo sufra todo lo que a Ti te parezca bien, pero que mi madre se convierta y se salve".

Ya agonizante, le confiesa a su madre su plan, asegurándole que entrega confiada su alma a Dios con la esperanza de verla alejarse de aquel hombre y comenzar una nueva vida. Mercedes promete a su hijaque así será. Desde aquel momento, el rostro de Laura se torna sereno y alegre. Siente que ya nada le retiene en esta tierra. La Divina Misericordia ha triunfado en el corazón de su madre. Su misión en este mundo está cumplida. Dios la llama...

Lanza una última mirada a la imagen que está frente a su cama y exclama: "Gracias Jesús, gracias María" y muere dulcemente. Iba a cumplir 13 años.

Su madre, Mercedes,  tuvo que cambiarse de nombre y salir disfrazada de aquella región para verse libre del hombre que la perseguía. El resto de sus años llevó una vida conforme a Dios.
 
 

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