¿De dónde viene la esperanza?

Hay situaciones "desesperantes", que parecen no tener solución. Tanto personal como comunitariamente nos preguntamos: ¿hay una salida? Por el Rabino Marcelo Polakoff.

 
¿De dónde viene la esperanza?

Es el momento de la verdad. Estamos en el capítulo 14 del libro del Éxodo.


El pueblo hebreo, a seis días de haber salido de una esclavitud de centurias, encuentra un obstáculo insalvable. Ante sus narices, el estruendo de las olas del extenso mar. Imposible de atravesar. Peor aún, al dar la vuelta sus rostros por otro ruido estremecedor, desde le horizonte se acercan miles de soldados egipcios. Otro imposible.


El final lo conocemos, pero intentemos apenas -por un instante- ponernos en la piel de los protagonistas. Hay una sola y acuciante pregunta : ¿Qué hacer?


El midrash (la alegoría rabínica) afirma que en ese momento se formaron cuatro grupos. El primero prefería volver a Egipto. Entregarse ¿O acaso no había suficientes tumbas en Egipto como para morir tranquilos, sin tener que pasar por semejante esfuerzo para nada? Un segundo grupo no creía en la redención y probablemente prefería arrojarse al agua, ya desesperado y sin recurso alguno como para sobrevivir. El tercero optaba por la lucha, que aunque desigual, se presentaba como la variable más heroica. Y el cuarto grupo eligió la variante más religiosa. Se puso a rezar para pedirle a Dios que los ayudara.


No me digan que éste no es un relato fascinante. Pinta tan bien la naturaleza humana que casi me animaría a decir que en este pequeño texto rabínico se concentran los cuatro modelos posibles que, en general, utilizamos para enfrentarnos a las crisis.


El primer grupo es el que quiere volver a Egipto. Nada más cómodo ni más seguro. Sin embargo, tan efectivo como ilusorio. Una solución que se basa en la profundización del problema. Es la que se presenta como neutral y moderada, la que no ofende ni molesta. Y la que se muestra como la más lógica ¿O no es acaso así de acomodaticio el refrán que dice "mejor malo conocido que bueno por conocer"?


La segunda opción era más terrible. Ni siquiera requería moverse, tampoco buscaba un lugar al que volver. Era la opción de la quietud y la resignación. No pretende volver porque es demaciado malo, pobre, violento. Demaciado amargo. La salida de Egipto fue una ilusión que duró pocos días. Ahora, con el mar enfrente y el ejército detrás, todo está claro (o más bien obscuro).


La opción de la lucha fue elegida por el tercero de los cuatro bandos. Aunque la desigualdad del poder bélico del enemigo fuera exorbitantemente superior, esta línea de acción privilegiaba la predisposición para la batalla y su espíritu combativo y heroico, por sobre el casi inexorable resultado final.


Llegamos al cuarto y último grupo. Los que prefirieron elevar sus plegarias al Eterno. Los que desde su simpleza de espíritu, claman hacia arriba por no ver solución a los costados. Hay momentos en los que la lucha tiene poco sentido por la dimensión de la tragedia a la que conduce. Esto también es integridad: saberse pequeño, humilde, perdedor. De momento, la crisis se ve reducida a una escala mucho menor, debido a la magnitud de la oración y, fundamentalmente, ante Quién se la está llevando a cabo.


Ante la queja del pueblo por la situación terminal, explícita en el versículo 11que dio origen al midrash de los cuatro grupos, los versículos que siguen, con la respuesta de Moisés, son sencillamente fantásticos.


Leemos en la Torá: "Y Moisés respondió al pueblo ¡No teman! Quédense quietos y verán la salvación que Dios hará por ustedes hoy. A los egipcios que ahora ven, nunca más los volverán a ver. Dios combatirá por ustedes, y ustedes se quedarán en silencio" (14: 13-14).


Si analizamos la respuesta de Moisés notaremos que le respondió específicamente a cada uno de los cuatro modelos de resolución de la crisis.


A los que querían volver, les informó queno lo harían ya que "no verían más a los egipcios". A los que no confiaban en la redención y preferían ahogarse, les dijo que permanezcan quietos, para ver la "salvación" divina. A los que querían batallar les avisó que Dios combatiría por ellos. Y a los que estaban rezando, tan sólo les pidió que hagan silencio.


Parece queninguna de las cuatro conductas es la más apropiada. Ni volver, ni dejarse estar, ni luchar, ni rezar. Con todas ellas nos hubiéramos quedado en la misma margen del mar. No hubiésemos cruzado jamás.


Por eso hay que avanzar un versículo más. Ya no en boca de Moisés, sino del mismísimo Dios, que le dice a Moisés: "¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que marchen" (14: 15).


Es ese paso que se da hacia adelante, aun con el agua al cuello, el que puede hacer que el mar se abra. Es ese pequeño paso el que nos conduce hacia la otra margen.


El mismo Pesaj ("salto") es el que se nos invita a dar en cada Pascua [y en cada crisis*].


 


Extraido de "En el nombre del Padre y del Rabino", Marcelo Polakoff y Rafael Velasco, editorial Sudamericana, 2ª edición, páginas 82-87.


* nota del redactor


 

 
 

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