¿La costumbre o el Evangelio?

Discernir las tradiciones a la luz del Evangelio es tarea de los cristianos. Por mons. Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas, México.

 
¿La costumbre o el Evangelio?

VER

El presidente municipal de una población indígena me dijo que todos sus habitantes, como condición para vivir en el municipio, deberían hablar el idioma nativo, vestir la ropa tradicional, participar en todos los ritos y celebraciones, practicar las costumbres de los mayores, asumir los cargos comunitarios obligatorios. Si alguien no lo aceptara, sería expulsado, pues allí no valen la Biblia ni la Constitución, sino las tradiciones, que son la norma última de vida. Si se deja de cumplir el más mínimo detalle de los ritos parecería que se pierde su eficacia, más bien mágica que expresión de fe. Quieren ser totalmente distintos a todos, lo que, por cierto, les genera dividendos políticos y muy buenos ingresos económicos, por el turismo, que busca algo no visto en otras partes, y por el consumo de velas, incienso, alcohol y otros implementos que exige la costumbre.

En poblaciones urbanas mestizas, la fuerza de la costumbre es semejante. Cuando pregunto la historia y el sentido de celebraciones, ritos, fiestas, horarios, normas y símbolos, la única y repetida respuesta es: Así es la costumbre… ¡Y ay de aquél que la quiera cambiar! No valen razones, ni de la ciencia ni de la fe.

JUZGAR

Jesucristo asume una admirable y difícil actitud: Por una parte, practica, respeta y valora las tradiciones judaicas; por otra, con toda libertad las critica y las cambia, cuando se han hecho esclavizantes y contrarias a la razón por las que fueron prescritas por el mismo Dios; sobre todo, cuando son pretexto para no amar al prójimo. Por esta actitud, fue no sólo duramente criticado y rechazado, sino condenado. Su libertad es nuestra libertad.

El Papa Benedicto XVI cita esta frase de Tertuliano: “Cristo no dijo: ‘Yo soy la costumbre’, sino ‘Yo soy la verdad’”. Y tomando como base lo que expresa al respecto un comentarista, afirma: “El concepto de costumbre puede significar las religiones paganas que, según su naturaleza, no eran fe, sino que eran costumbre: se hace lo que se ha hecho siempre; se observan las formas cultuales tradicionales y así se espera estar en la justa relación con el ámbito misterioso de lo divino. El aspecto revolucionario del cristianismo en la antigüedad fue precisamente la ruptura con la costumbre, por amor a la verdad… Si Cristo es la verdad, el hombre debe corresponder a él con su razón. De aquí se comprende que la fe cristiana, por su misma naturaleza, debe suscitar la teología; debía interrogarse sobre la racionalidad de la fe… El amor quiere conocer mejor a aquel a quien ama. El amor, el amor verdadero, no hace ciegos, sino videntes. De él forma parte precisamente la sed de conocimiento, de un verdadero conocimiento del otro. Por eso, los Padres de la Iglesia encontraron los precursores y predecesores del cristianismo no en el ámbito de la religión consuetudinaria, sino en los hombres que buscaban a Dios, que buscaban la verdad, en los filósofos: en personas que estaban sedientas de la verdad y por tanto se encontraban en camino hacia Dios” (30-VI-2011).

ACTUAR

Seamos personas sedientas de verdad; preguntemos el porqué de las costumbres; usemos la razón y el juicio para discernir qué hay de verdad y de bien en las tradiciones, y qué es contrario a la razón y a la fe. No nos escudemos en que eso es lo que siempre se ha hecho. Deben tener una razón, una justificación, una finalidad, un sentido; de lo contrario, pueden degenerar en esclavitud, ignorancia, atraso, manipulación con fines ideológicos, políticos, económicos o religiosos.

En el Evangelio, en la persona y en las enseñanzas de Jesús, encontramos una luz que nos lleva a la verdad. Las costumbres y tradiciones que estén conformes con Cristo, son verdaderas y buenas; las que sean contrarias, hay que desecharlas. Pero debemos actuar con prudencia y respeto, con suficiente información, para no condenar como negativo algo que quizá no conocemos bien, pero también con audacia y constancia. Nuestra fe no son costumbres sin fundamento, sino relación personal con Jesucristo, que nos transforma. Una costumbre que no lleva a un cambio de vida, a la justicia y al amor fraterno, carece de valor y hay que relativizarla o dejarla.

Fuente www.zenit.org

 
 

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