¿Por qué existe el mal?

A esta pregunta universal, responden el rabino Marcelo Polakoff y el sacerdote Rafael Velasco.

 
¿Por qué existe el mal?

El diálogo que sostienen los autores de "En el nombre del padre y del rabino", de editorial Sudamericana, brinda páginas luminosas sobre temas siempre vigentes. La presencia del mal en el mundo es uno de ellos. A continuación reproducimos la respuesta del rabino Marcelo Polakoff; en una próxima entreg,a compartiremos la exposición del padre Rafael Velasco.


Una de persecuciones


Una vez, al entrar Rabí Pinjás de Koretz a la casa de estudio, vio que sus discípulos, que habían estado hablando vivamente, callaron de pronto y lo miraron. Él les preguntó: "¿De qué hablaban?".


Respondieron: "Rabí, hablábamos acerca del miedo que tenemos de que nos persiga la inclinación al mal, el Ietzer HaRá".


Él les contestó: "No teman por eso. Ustedesno llegaron tan alto como para que el Ietzer HaRá los persiga. Por ahora, son ustedes los que lo persiguen a él".


Este osado cuento jasídico -aportado por Martin Buber en su famosa antología- pone de manifiesto el hecho de que probablemente Sigmund Freud haya imaginadolos conceptos de su teoría acerca de la estructura del inconsciente a la luz de los textos del Talmud, los cuales evidentemente manejaba.


¿Encuentran mucha diferencia, acaso, entre la idea del "ello" y la del Ietzer HaRá, el impulso al mal? ¿Y no es bastante similar el freudiano "superyó" al talmúdico Ietzer HaTov, el impulso al bien?


Para nuestros sabios rabinos todo ser humano nace con ambas inclinaciones, por lo que nuestra vida, en parte, se convierte en el intento de tratar de profundizar todo lo atinente a la inclinación positiva, y a la vez, poder tomar la poderosa energía con la que fluye la inclinación contraria para de alguna forma sublimarla (¡perdón por la veta psi!) y encausarla a buenos puertos.


Ya lo decía el Rebe Najman de Bratslav: "Si crees que puedes destruir, cree con la misma fuerza que puedes reparar".


Una tarea sencillísima para descubrir pero muy complicada para llevar a cabo, aun con la dosis exacta de libre adbedrío con la que venimos de fábrica.


¿Puedo interrumpir con una terrible y verídica historia?


Era un verano tórrido en Polonia. Corría el año 1941 y las tropas nazis ya hacía dos semanas que habían penetrado en territorio controlado por los soviéticos. Una apacible aldea polaca llamada Jedwabne, con sus 3.200 habitantes, no pudo -como prácticamente todas ellas- mantenerse al margen de la contienda.


Se dio allí un fenómeno curioso: el 10 de julio de ese año la totalidad de la población judía del pueblo (salvo siete personas que contaron la historia) fue quemada viva en un enorme granero municipal, a manos de sus vecinos de siempre, ante la vista cómplice de los ssoldados nazis. Fueron casi 1.600 hombres, mujeres y niños que pasaron a formar parte de las cenizas de los seis millones de judíos que conformaron el nefasto resultado de la Shoá, del Holocausto.


Recuerdo este hecho, no aislado por cierto, porque en esa misma región polaca de Lomza, en dos pueblos vecinos a Jedwabne, llamados Wigoda y Tikutin, las reacciones fueron diferentes.


En uno de ellos, los lugareños hicieron la vista gorda frente a las atrocidades nazis que con sus propias manos cometieron crueldades semejantes; y en el otro, los vecinos se enfrentaron al poder alemán, ocultando a la mayoría de los habitantes judíos en sus hogares y campos.


Evidentemente, hasta en las vivencias más dramáticas, la ética y la individualidad le escapan al determinismo. Frente a prácticamente iguales condiciones de vida y de educación, la gente actúa de manera distinta ante las mismas situaciones extremas.


Están los que se asocian "de prepo" al sadismo, dando rienda suelta a su impulso al mal. También están los que optan por la diplomacia e ilusoria neutralidad voyeurista de apreciar a distancia cómo el mal es obrado por otras manos,


Pero, gracias a Dios, están también los que abandonan el rol de observadores para constituirse en la esperanza de que nuevos holocaustos no sucedan, porque ven, a partir del Ietzer HaTov, del impulso al bien, en el rostro del prójimo su propia humanidad.


Ya lo decía el psiquiatra Bruno Bettelheim, sobreviviente de los campos de concentración nazis: "Culpar a los otros o a las condiciones externas por las propias faltas puede ser el privilegio de los niños, pero si un adulto niega la responsabilidad sobre sus propios actos, estamos ante un nuevo paso hacia la desintegración de su personalidad".


A ciencia cierta, en términos judaicos, el mal no tiene entidad per se. Y salvo por algunos relatos folclóricos de la literatura judía medieval, estar poseído por algún tipo de demonio es claramente una muy buena excusa como para no hacerse cargo de las propias cuitas.


¡Si hasta el pabre Satán ha sido presa de tanta incomprensión!


Me explico: la palabra "satán" aparece por primera vez en la Torá, en el texto bíblico del libro de Números en su capítulo 22, y no una sino dos veces, con una sola y única posible traducción: "obstáculo". Leamos algo de estas párrafos porque son iluminadores.


Así Bilaam se levantó por la mañana, y cinchó su asna, y fue con los príncipes de Moab. Y el furor de Dios se encendió porque él iba; y el ángel de Dios se puso en el camino como obstáculo (satán) para él. Iba, pues, él montado sobre su asna, y con él dos mozos suyos. Y la asna vio al ángel de Dios, que estaba en el camino con su espada desnuda en la mano; y se apartó la asna del camino, e iba por el campo. Entonces hirií Bilaam a la asna para hacerla volver a su ruta.


Bilaam era un profeta hechicero muy eficiente que había sido contratado por los pueblos enemigos de Israel para que lo maldijiese. La Torá lo satiriza, haciendo que su asna tenga la habilidad para ver aquello que este gran profeta no alcanza a distinguir: un ángel que lo obstaculiza. Peor aún, el correlato inmediato de su ceguera y su consecuente incomprensión es el daño a quien supuestamente lo estaba atacando, cuando paradójicamente su asna lo estaba defendiendo, al alterar su camino hacia una senda más segura.


Tenemos frente nuestro una conmovedora metáfora del mal, y de cómo lo maltratamos.


El "satán" es originariamente todo obstáculo que se nos presenta -generalmente no de frente ni abiertamente- para dañarnos. Muchas veces somos nosotros los que lo convocamos, desarramando los diques que contienen al Ietzer HaRá, al instinto maligno.


Y no menos son las ocaciones en que algún auxilio externo, alguna clase de grúa o asna misericordiosa, salen a nuestro socorro. ¿Pero qué hacemos? Las confundimos con el origen del mal, y -tal vez por conveniencia- las castigamos, y de paso, evitamos así el tener que lidiar directamente con nuestras propias cegueras.


Aun cuando este concepto hebreo más tarde en la Biblia haya tomado forma angélica (especialmente en el libro de Job), no ha perdido a lo largo de los siglos -incluso en otras tradiciones religiosas bajo formatos mucho más poderosos- su objetivo primordial: molestar un tanto.


De todas formas, la cuestión sigue siendo como al principio: ¿quién persigue a quién?

 
 

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