233 veces Shalom

Sin dudas la Paz es un valor ¿pero qué lugar ocupa realmente? Por el Rabino Marcelo Polakoff

 
233 veces Shalom

Esa es la cantidad exacta de veces que aparece la palabra SHALOM – PAZ en el texto de la Biblia Hebrea.


No es poco.

En medio de un tendal de culturas indoeuropeas que, al decir de los más notables estudiosos de la mitología comparada como Mircea Elíade, Claude Levi-Strauss y Georges Dumézil, ubicaban en sus deidades -y por ende en sus valores sociales- una adoración extrema hacia el triunfalismo violento con la consecuente exaltación de la guerra, el pueblo de Israel era la excepción a la regla.

No había en él batallas en los cielos ni se glorificaba a guerrero alguno. 

Es más, el mismísimo David cuya imagen de luchador ante Goliat enfatiza la esperanza de la victoria de los débiles por sobre los poderosos mucho más que cualquier afán por la batalla -por demás inexistente-, ese mismo David es al que según las palabras del texto sagrado se le prohibió construir el Templo de Jerusalem porque en sus manos había sangre (I Crónicas 28:3). Fue su hijo Salomón, nombre que no casualmente proviene de la misma raíz hebrea que SHALOM, el que tuvo el mérito de hacerlo.

SHALOM no es solamente paz como ausencia de guerra. SHALOM deriva de la palabra SHALEM que significa integridad, completud. Una cualidad que debe darse, al decir de las diferentes y complementarias visiones de profetas como Isaías, Jeremías, Amós y Miqueas, tanto en el ser individual como en el marco social, pues si en alguno de estos dos ámbitos se carece de SHALOM, no hay integridad posible.

Por eso la paz con acento judío es una construcción permanente, y no tan sólo un deseo o el saludo más tradicional al encontrarse y al despedirse. “Busca la paz y persíguela” son las palabras del salmista (34:14 o 15 de acuerdo a la edición), instruyéndonos acerca de una actitud de búsqueda cotidiana que comienza en el terreno de lo más íntimo y que, a modo de círculos concéntricos que se van ampliando, se extiende a los niveles familiar, comunitario, social, nacional e internacional.

Nadie que se precie de humano estará en contra de acrecentar la paz. 

El problema, y a su vez lo más interesante en este campo de los valores, se da cuando dos virtudes se ven enfrentadas, algo que sucede mucho más a menudo de lo que creemos. ¿Qué pasa cuando la paz se da de bruces con la verdad o con la justicia, con la violencia o con la soberanía? ¿Qué priorizar, cómo responder? Preguntas tan polémicas cuanto atractivas.

Permítanme en este pequeño espacio esbozar apenas dos de ellas.

En primer lugar contrastemos paz y verdad. El hallazgo talmúdico es magistral. Según los sabios, no es sino Dios mismo quien nos enseña que a veces (y subrayemos el “a veces”) vale la pena dejar de lado la verdad más cristalina para dar lugar a la pacificación. Lo descubrieron en el capítulo 18 del Génesis. Allí está Sara, quien muy entrada en años escucha sin querer cómo se le anuncia a su marido Abraham que finalmente tendrá un hijo de ella. Riéndose incrédula, se pregunta cómo será eso posible a su edad y con lo anciano de su esposo. Y aparece Dios increpando al patriarca diciéndole: “Por qué se ríe Sara, diciendo: ´¿Realmente he de dar a luz siendo vieja?´" (18:13). El Creador sencillamente omite la mitad de la preocupación de Sara. No le dice a Abraham que su señora lo veía anciano, incapaz de procrear. Un detalle pequeño y a la vez gigante. En pos de la armonía entre los esposos, es Dios quien esconde la verdad.

Finalmente, corrámonos ahora hasta el capítulo 5 del libro de Números. Se describe allí un extraño ritual, por cierto bastante tétrico y machista y que felizmente terminó aboliéndose en la ley judía ya hace milenios, por medio del cuál un escrito que contenía el nombre de Dios se arrojaba en aguas amargas, aguas que tomaba la mujer sospechosa de adulterio para demostrar si la sospecha era verídica o no. Más allá del ritual en sí que no es de nuestro interés aquí, lo verdaderamente relevante es que aún con todos los cuidados y precauciones de la tradición judía acerca de la pronunciación en vano del nombre divino, ese nombre inefable podía ser incluso hundido y hasta borrado a fin de restablecer la paz en el hogar.

Una lección si se quiere notable en momentos en que muchos azuzan ese mismo nombre –pronunciado como Adonai, Dios o Alá- para justamente incrementar todo aquello que nos aleja del SHALOM.

Se ve que nos falta releer por lo menos 233 veces el versículo 24 del sexto capítulo del libro de los Jueces, para darnos cuenta de que SHALOM es otro de los nombres de Dios.

 
 
 

COMENTÁ ESTA NOTA

Código de Validación