Amistad o muerte

La amistad en la tradición judía, por el rabino Marcelo Polakoff.

 
Amistad o muerte

Eran dos amigos. Vecinos de alma, y de campo. 


Sembraban trigo. Y acopiaban el bendito cereal en sus generosos graneros. 

La leyenda retrata a uno de ellos como un feliz padre de siete hijos, y al otro lo pinta soltero y bonachón. Cuentan que durante la época de la cosecha se repetía el mismo ritual nocturno. 

Aquel que tenía la familia numerosa pensaba en lo difíciles que serían los tiempos futuros para su fiel amigo, sin nadie que lo ayudara en su casa, rodeado de soledad y sin posibilidades de sustentarse en la vejez. Por eso, tomaba parte de su propia cosecha y, a escondidas, oculto bajo el manto negro de la medianoche, la llevaba hasta el granero de su vecino. 

El otro, por su parte, dormía poco, fundamentalmente preocupado por su amigo que -con esposa y tantos críos- seguramente no daría abasto con la producción como para ahorrar algo del cereal a fin de que estuviera disponible para alimentar tantas bocas en tiempos de vacas flacas. Por eso, también tomaba parte de su propia cosecha y a escondidas, oculto bajo el mismo manto negro de la medianoche, la llevaba hasta el granero de su vecino. 

Noches enteras transcurrieron impávidas ante semejante acontecimiento, y ambos amigos constataban con matutina sorpresa que, maravillosamente, el volumen de sus graneros no había disminuido siquiera un ápice. 

El misterio se develó intempestivamente en una noche clara y fría, cuando sin querer, se vieron como en un espejo, cada uno cargando a cuestas su bolsón de cereales, como ofrenda para su amigo. 

Dicen que no hizo falta palabra alguna para explicar o para comprender qué sucedía. Un abrazo bien fuerte nomás, de esos donde no queda claro a quién pertenece cada corazón de tan entremezclados que se encuentran. Y también dicen que Dios, desde sus alturas, acababa de encontrar el lugar preciso donde merecía erigirse el Beit Hamikdash, el gran Templo de Jerusalén. 

No es pequeña la leyenda. Porque cuando se trata de la amistad, toda cosecha deja de ser exclusivamente propia. Más aún, la presencia divina certifica que allí donde se puede pronunciar con unción la palabra "amigo", hay algo del terreno de lo trascendente que se inmiscuye en aquellos campos. 

En la tradición judía hay dos términos para denominar al amigo: iadid y javer

La primera expresión, al carecer el hebreo de la escritura vocálica, admite también ser leída como iad-iad, traducible como "mano-mano". La duplicidad exacta que encierra en el tesoro de sentido que es cada vocablo, la milenaria sabiduría de afirmar, en este caso, que solamente puede encontrarse amistad en aquellos que están dispuestos -real y metafóricamente- a darse una mano. 

Javer, en cambio, hace alusión a jever, lo que implica conexión, lazo, unión, adhesión. Sinónimos todos ellos de una sensación que demuestra que las cosas más importantes de la vida nunca son cosas, sino que siempre son vínculos. 

Javer, "amigo", palabra también que nuestros místicos desmenuzan al mezclar sus letras, extrayendo de la misma raíz hebraica el término "Jorev", que no es ni más ni menos que el nombre con el que se denomina al monte Sinaí a lo largo de todo el libro del Deuteronomio. Como si estuvieran susurrándonos al oído algo que vagamente ya percibimos: que toda amistad con mayúscula es también un momento de revelación. Un suceso que, al igual que en el Sinaí/Jorev, consiente conectar cielo y tierra para permitir el arribo de la palabra y de la responsabilidad, materiales infinitamente necesarios para desplegar amorosamente cualquier amistad. 

El Talmud, en su Tratado de Principios, sentencia inequívocamente: "Adquiere para ti un amigo". Una lectura superficial del texto llevaría erróneamente a considerar esta afirmación de los sabios como utilitarista y hasta diría vergonzosa. Nada más lejano. A tal punto valoraban la amistad que en otro folio talmúdico hallamos la expresión "o jevruta o mituta", es decir "o la amistad o la muerte", evidenciando así con un dejo de exageración el imperioso anhelo de tener con quién contar para no estar muerto en vida. 

Por eso a los amigos se nos pide que los "ad-quiramos", porque es hacia ellos a quienes justamente dirigimos nuestro querer, y por ellos a veces corremos y transpiramos, y por ellos a veces invertimos y perdemos, y por ellos a veces nos sacrificamos y a pesar de todo estamos más que satisfechos. 

Soy claramente consciente de que lo ideal habría sido publicar estas líneas para el Día del Amigo. 

Pero ¿saben qué? A mis amigos en serio no les preocupa la fecha... 

 
 
 

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