Domingo de la Pasión del Señor

Presentamos el comentario de Emilio Rodríguez Azcurra para este Domingo de Ramos.

 
Domingo de la Pasión del Señor

“Como peregrinos, vamos hacia Él; como peregrino, Él sale a nuestro encuentro y nos incorpora a su subida hacia la cruz y la resurrección, hacia la Jerusalén definitiva…”


Benedicto XVI


La semana que comenzamos a transitar es la de la auténtica revelación, a lo largo de ella iremos descubriendo cercanamente que Aquel que hacía milagros, curaba enfermos, predicaba por los pueblos y anunciaba la Salvación, es verdaderamente quien no solo vino a ofrecérnosla, sino a darla por nosotros, es decir, Cristo es lo que manifiesta de sí, su discurso no queda en la mera promesa, sino que esta llega a su más alto cumplimiento, y el amor de Dios por cada uno de nosotros alcanza su grado máximo.


Una semana tardó Dios en crear al mundo, una semana tardó en erigirse como el soberano de todos los tiempos, más allá de los límites territoriales y aun de las mezquindades y flaquezas de nuestra vida, y ofrecernos su perdón amoroso desde lo alto de una cruz en lo vacío de un monte. La historia de la humanidad tiene un antes y un después de este acontecimiento, de la misma manera nuestra propia vida debe verse inmersa en él, pues “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” La Revelación de Dios que alcanza su punto central en al triduo pascual no debe dejarnos inmóviles, mucho menos indiferentes, sino que debe ser una propuesta a cambiar nuestros paradigmas mentales y costumbres de vida, purificando nuestras intenciones y nuestra rectitud en el obrar.


Jesús es vitoreado como el rey esperado en su entrada en Jerusalén, algunos de los evangelios dicen que fue recibido con ramos de palmeras e incluso que quienes allí estaban arrojaban sus mantas, convirtiendo el camino de tierra en uno alfombrado, digno de un rey. Cristo entra montado en un burro, como signo de que la nueva y verdadera realeza se jacta de la humildad, pues era el caballo el animal asociado al poder y a la majestad, la universalidad inaugurada por aquel que luego sería crucificado queda puesta de manifiesto, por encima de todas las fronteras y prejuicios humanos. Ser rey es asumir la voluntad del Padre, entregarse completamente a ella y desde allí, ser don para el perdón de todos.

 
 

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