Educando a Caín

Una reflexión distinta sobre el "primer homicida" ¿hay esperanza para él y sus hijos? Por el rabino Marcelo Polakoff.

 
Educando a Caín

Se ganó el título del primer asesino de la historia. Mató a su hermano Abel, y con él, a un cuarto de humanidad. 


¿Podremos aprender algo de semejante personaje? Me atrevo a afirmar que sí. Investiguémoslo a fondo.

¿Qué más sabemos del reo? Que sus padres pecaron por omisión ya que no intervinieron en el conflicto fraterno. Que fue increpado por Dios a través de una sencilla pregunta: “¿Dónde esta tu hermano?”. Y que Caín no se hizo cargo. Y para colmo respondió con otra pregunta, esta vez nada sencilla: “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”. 

Sabemos también que Dios lo castigó duramente convirtiéndolo en un eterno errante. Y que se casó, y que tuvo un hijo y que fundó una ciudad.

Los numerosos años de vagancia parecen no haber sido en vano. Demasiado tiempo para meditar, infinitos pasos para sopesar lo actuado.

Es claro: un castigo que se precie de divino no podría dejar de lado una arista pedagógica. Y el tiempo, no hay duda, hizo mella en Caín. 

Lo sabemos por su hijo y por la ciudad que estableció, pues a ambos llamó "Janoj" en el hebreo original. Un vocablo derivado de la misma raiz que "jinuj" cuyo significado es "educación".

No es un dato menor. Y menos aún teniendo en cuenta de quien viene.

Hay un dejo de arrepentimiento en ese nombre. Y un reconocimiento casi explícito de su propio fracaso en la materia, algo que no querría perpetuar en su descendencia.

La educación, desde Caín, es un antídoto contra la violencia. 

¿Es que acaso no lo sabía? ¿Hacía falta un asesinato para comprenderlo?.

Si continuamos nuestra incursión por los sinuosos párrafos del acusado, veremos que el problema había comenzado bastante antes, en un escenario distinto y con sus progenitores como protagonistas. 

Al fin y al cabo, fue una cuestión de alta jardineria, ¿recuerdan?. En el centro del Edén había únicamente dos árboles con nombre y apellido: el árbol de la vida y el árbol del conocimiento. Adán y Eva tenían prohibido el comer de este último. Pero no del primero, del que jamás probaron. El final del relato es harto conocido. 

¿Y que hay de Caín entonces? Despojado del paraíso, no contaba con ninguno de esos frutos.

Aprendió solo, y con mucha sangre, que la educación es probablemente nuestro mejor legado a nuestros hijos.

Lo que no pudo aprender fue lo que sus propios padres eligieron padecer. La consecuencia de abandonar la vida en pos del conocimiento. 

Cada vez que lo hacemos nos alejamos del paraíso. Y le abrimos la puerta a la muerte, en sus múltiples y variadas presentaciones.

Estar bien educado, en última instancia, es entender de vida. 

Es conocer, y a la vez, sabernos guardianes de nuestros hermanos.

 
 
 

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