El Jueves Santo

Presentamos el comentario de Emilio Rodríguez Ascurra para este comienzo del Triduo Pascual.

 
El Jueves Santo


En el comienzo de la historia, Adán añoró ser como Dios, adquiriendo el poder sobre el bien y el mal, quiso exaltarse por sobre todas las cosas; a diferencia de él, Cristo se abajo tanto que lavó los pies a sus discípulos, aun cuando algunos de ellos manifestaron que esto no era digno de un rey, no comprendían la dinámica del nuevo reino. Jesús se despoja de todo, corre sus vestiduras y purifica a sus discípulos, sacándonos a nosotros de nuestras actitudes soberbias y omnipotentes, enseñándonos a vivir con sinceridad nuestro ser cristiano, nos hace capaces de amar sin condiciones; “sólo si nos dejamos lavar una y otra vez, si nos dejamos purificar por el Señor mismo, podemos aprender a hacer, junto con Él, lo que Él ha hecho” (Benedicto XVI). Es en su abajamiento total donde se manifiesta la inmensidad de Dios, pues solo él tiene la capacidad de hacer grandes cosas desde la pequeñez humana.


En la Última Cena, Jesús se entrega a sí mismo como don para la relación rota con Dios a causa del mal, llevando a plenitud el Día de la Expiación judía, lo hace rodeado de un variado grupo de discípulos, cada uno de ellos con historias de vida particulares, desde situaciones disímiles; allí Él quiso encontrarse con ellos y dejarles su Cuerpo y su Sangre como signo de la Alianza, como el primero, el único y el último sacrificio por nuestros pecados. Allí también les encomendó conmemorarlo hasta el fin de los tiempos, es decir, hasta su regreso; sin abandonarlos, pues en cualquier lugar en el que dos o más estuviesen reunidos en su nombre: allí estaría. Rezando con ellos, entregándose una vez más. El temor y el dolor de Cristo eran nada comparados a la obra que iba a realizar luego, su sufrimiento fue lo que regó la Iglesia misionera naciente.


Es la vida concreta y práctica donde revivimos aquellas enseñanzas que nos dejó el Maestro, de su cuerpo y de su sangre brotan las fuerzas para anunciar a todos esta Buena Noticia, “el Señor nos ha elegido para que sepamos decir al cansado, al desesperanzado, al triste, al abatido, una palabra de aliento”# (Card. Eduardo Pironio, Siervo de Dios), esa es la misión que nos ha dejado, y para la cual nos impulsa con su Espíritu Santo, y es para ella para la que son necesarios nuestros sacerdotes, guías de la comunidad peregrina, en palabras del Siervo de Dios, Cardenal E. Pironio: “el sacerdote es el hombre que perdona, que celebra, que ama y que sirve”; esto instituyó Cristo antes de dejar a sus discípulos: la labor apostólica de quienes conducirían a la grey hacia el reencuentro al final de los tiempos.


Toda la Semana Santa es una gran celebración del amor de Dios por su pueblo, por todos y cada uno de quienes tienen el corazón dispuesto a escucharlo y dejarlo habitar en él. Es un tiempo en el que no dejamos de hacer lo que hacemos, de ser quienes somos, pero sí en el que el misterio supera nuestros egoísmos y debilidades, revistiéndonos del vestido de bodas para participar dignamente del Gran Banquete ofrecido por el Creador.



 

 
 
  • Rodrigo
    ¡Excelente reflexión! gracias!

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