En qué se parecen los estudiantes y los caballos

Una curiosa raíz etimológica enlaza ambos términos. Por el Rabino Marcelo Polakoff

 
En qué se parecen los estudiantes y los caballos

Más allá de lo esbelto de Tornado (el caballo de la serie televisiva “El Zorro”), de lo vertiginoso de Pampero, o de lo simpático de Mister Ed, parece ser que no queda muy lindo ser descripto como un caballo. Mucho menos en un aula.


Tampoco parecería muy elegante ser catalogado como un pobre burro -un bicho que paradójicamente corre con ventaja en estos terruños metafóricos- para describir, casi a ciencia cierta, a quien no acierta ni una respuesta dentro de nuestros benditos marcos educativos.

Así y todo hay algo -de momento misterioso- que conecta a dichos especímenes animales con la supuestamente peor calaña de nuestros bienamados estudiantes.

Descubramos de entrada nomás que en hebreo la palabra bur significa “rudo, tosco, maleducado”. Y que es evidente su ligazón con bor que quiere decir “pozo o hueco”.

Es decir que no hay ninguna sorpresa al rastrear de dónde proviene este término, supuestamente castizo, si pretendemos desburrarnos, y poblar nuestras cabezas de un poco menos de aire. 

Lo interesante es despejar el terreno para preguntarse cuál es esa antojadiza conexión que define prácticamente con el mismo vocablo el lugar donde se guardan los caballos (y también los burros) con el verbo que da origen a la palabra “estudiante”.

¿Ya lo notaron? Se trata del “stud”.

¡Curiosa palabra, si las hay!

Su sonido, sin la e inicial, nos remite a algún eco anglosajón, y sin embargo, nada más lejano. Aunque los diccionarios etimológicos afirmen que viene del latín studium, que implicaba “celo, ardor o aplicación” (virtudes que por supuesto quedan elegantísimas en nuestros estudiantes), resulta que el indoeuropeo previo le asigna a steu el sentido de “empujar para adelante”.

¿No era justamente ése el uso principal de los caballos y los burros? Reconozcamos que en este caso, su celo, ardor y aplicación eran directamente proporcionales al largo del látigo o al quantum de fortaleza de los golpes que recibían.

El hebreo también lo confirma, ya que con una pequeña aliteración de la consonante tsadi (tornada aquí en stadi) la raíz semítica de ese verbo implica “marchar, dar un paso adelante, avanzar”.

Pues he aquí el meollo de esta cuestión. Créase o no, la palabra estudiar no deriva sino de nuestros antepasados equinos. ¡Menuda sorpresa para tantos docentes que virginalmente le endilgan a sus educandos todo tipo de epítetos hípicos o ecuestres!

Claro que es menester ubicar cada término en su lugar, no vaya a ser que estas cavilaciones sean leídas como una apología a la ignorancia. En absoluto.

Pero también seamos justos con los Rocinantes y los Plateros.

Estudiar siempre implica avanzar. Y todo estudio que se precie de tal requiere ir precisamente paso a paso, a paso de mula si se quiere. Porque dar un paso adelante sin tener bien claro de dónde venimos y hacia dónde uno se dirige, puede tornar el periplo en un andar con anteojeras, sin la habilidad de contextualizar lo que se va aprendiendo en el camino de la vida.

Saber acomodar el paso, percibir cuándo encaminarse presuroso y cuándo sofrenarse, animarse al galope pero también a la pausa, son virtudes envidiables de aquel reino caballar, dignas de ser estimuladas en nuestros estudiantes.

En épocas en las que muchos ya vienen cansados a clases, con una actitud más cercana a la de un perezoso que a la de un potrillo, volvamos a recuperar su gallardía. 

En tiempos en los que los que, a veces, esforzarse por el estudio es visto como una rareza digna del libro de los Guinness, y escribir la palabra “que” con todas sus tres letras (en lugar de una solitaria q) es casi una empresa ciclópea, rescatemos a los burros, y valoremos su empeño, su tesón y su constancia.

No hay que olvidar que fuimos puestos en el Jardín del Edén, al decir del segundo capítulo del Génesis, “para trabajarlo y cuidarlo”.

Así que si alguien busca un par de entradas al paraíso de la sabiduría, no hay más que acercarse a un stud para entender que en el trabajo y en el cuidado estriba el verdadero ser del estudiante.

 
 
 

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