Escuchar para creer

"ver para creer" dice el viejo refrán. Pero al mismo tiempo que exalta la inmediatez de la imagen, esconde la riqueza de la escucha. Por el Rabino Marcelo Polakoff.

 
Escuchar para creer
Conozco muy bien el refrán. Pero no coincido con él. Tiendo a priorizar más la escucha que la visión. Y no es por casualidad, sino mas bien, por origen.

¡Veámoslo!, -diría interesadamente-: vivimos en una cultura visual. En términos del genial politólogo y ensayista italiano, Giovanni Sartori, pasamos a formar parte de una nueva categoría en la cadena de la evolución humana, la del “homo videns”. Aunque esto, en realidad, no es nada nuevo. Proviene de la antiquísima cultura griega, de la que tanto abrevamos. Tal vez lo novedoso esté en la tecnología que ha multiplicado hasta el infinito la capacidad de lo visible. Nuestros pobres ojos no dan abasto como para procesar semejante cantidad de estímulos visuales a los que somos pasiva e inexorablemente sometidos.

Si embargo, tamaña mirada no es una mirada gratuita. La estética por sí sola tiene sus costos. Ya desde épocas del Partenón y la Ilíada se asociaba el ver con el conocer. Tan hondo era ese parentesco que la semántica rotundamente lo revela: palabras tales como “reflexión”, “enfoque”, “visión”, “evidencia” o “perspectiva” se suman a tantas otras que demuestran que el sentido de la vista era el sentido preferido del conocimiento.

Y nos quedamos solamente con ello. Una lástima, porque conocer es virtuoso de por sí. Pero suponer que por ver se comprende es un pensamiento de poca monta. Y en estas épocas de mostrar y de mostrarse, el tan pregonado “conócete a ti mismo” ha exacerbado tanto el sentido de la vista, que pareciera haber contribuido a cerrar en una mirada ególatra aquello que en un principio estaba más destinado hacia la apreciación de la belleza que se hallaba disponible en el exterior.

Pensémoslo como recurso metafórico de nuestros días. La imagen no discute, decreta. Y es al mismo tiempo, juicio y sentencia. La pantalla, la de la televisión por antonomasia, simplemente no tiene interlocutores. En tanto que la asimilación de una palabra requiere del conocimiento de un lenguaje y de una lengua, la imagen -por su parte- se procesa automáticamente: se ve, y con eso es suficiente. El arte de la visión no requiere de un otro. Es, en cierta forma, autosustentable. 

Por eso, sin abandonar la vista, prefiero la escucha. Y decía que mi favoritismo no estaba alejado de mi origen. Es que el núcleo de la fe judía, la expresión más cabal de nuestro credo, y a la vez la frase por excelencia con la que los piadosos dejan este mundo, es la que reza: “Shemá Israel...”, “Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es único”. Más allá de la declaración del monoteísmo que encierra este texto del Deuteronomio (6:4), la clave que despliega su sentido se concentra en el verbo “escuchar”. 

Entramos aquí en otro plano. En otra dimensión. Lo auditivo es lo que caracteriza al pueblo hebreo, un pueblo que no puede ver a Dios, pero sí puede escucharlo.

Escuchar es prestar atención a lo que se oye. Es dar de mi atención al otro, otro con minúscula u Otro con mayúscula. Porque para que la escucha sea cabal y comprensiva se precisa de un otro que se exprese. Escuchar, por ende, es hacerse presente en la existencia de un tercero, es acercarse e involucrarse en un diálogo que requiere al menos dos.

En la escucha se personifica un mandato, se vislumbra una demanda ética: hay alguien más a tu lado que necesita tu distinción. Porque a diferencia de la visión, que es masiva por definición, la escucha debe ser en esencia selectiva. Y aunque el mensaje sea compartido, escuchar se conjuga en singular.

¿No es acaso maravilloso saber que en última instancia todo nuestro equilibrio depende de nuestros oídos?

Que tengamos suficiente visión como para escucharnos más. 

 
 

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