Ese Dios tan humano (II)

El misterio de Jesús no deja de desafiarnos. El "escándalo" de un Dios hecho hombre.

 
Ese Dios tan humano (II)

UN DIOS QUE FUE TENTADO


Los evangelios nos narran una de las ocasiones en que Jesús sufrió la realidad de la tentación a la que todos los seres humanos estamos expuestos. El evangelio de Lucas nos dice al respecto "El diablo, entonces, terminó de poner a prueba a Jesús y se alejó de Él en espera de una ocasión más propicia"


¿Cuántas veces fue tentado Jesús? ¿Qué otro tipo de tentaciones experimentó?  Si Jesús fue totalmente humano podemos pensar que pudo sufrir cualquier tipo de tentaciones. Cualquiera de las que yo he sufrido Él la pudo sufrir. Cualquiera de las que tú has sufrido, Él la pudo sufrir. 

Sólo existe una dimensión de la experiencia humana que Jesús no vivió (¡Y gracias a Dios por ello, pues lo califica para ser nuestro salvador!): El pecado. El pasaje de Hebreos que antes mencionaba –capítulo 4:14-16- nos dice que,  excepto el pecado, ha experimentado todas nuestras pruebas. 

Así es, donde Adán falló, Jesús triunfó. En contraste con la desobediencia de Adán tenemos la obediencia de Cristo, quien por ello mismo es llamado el Nuevo Adán, el Nuevo Hombre que cumplió con las expectativas de Dios.

Con todo, el no haber pecado, no le impidió asumir esa realidad, más aún, se la "echó al hombro" asumiendo nuestras culpas en la Cruz.

Por eso, la encarnación es algo tan importante, clave y sustancial para nosotros. Por eso la encarnación es mucho más que un concepto o una doctrina teológica, es el misterio por el cual nosotros podemos establecer una relación personal con el Dios hombre.

UN DIOS QUE PUEDE ENTENDERTE E IDENTIFICARSE CONTIGO 

Porque Jesús es tan humano como tú y yo y ha compartido nuestra realidad y experiencia, la Biblia puede afirmar en el ya mencionado pasaje de Hebreos: "Pues no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades; al contrario, excepto el pecado ha experimentado todas nuestras pruebas"

No importa lo que yo pueda sentir, pensar, vivir, desear, sufrir, Jesús lo puede entender total y perfectamente. No existe absolutamente ninguna dimensión de la vida humana que nosotros podamos estar atravesando y que le sean extrañas al Señor.

Hay pensamientos, actitudes y situaciones que nos hacen sentir derrotados, hundidos, sucios, miserables, indignos, avergonzados, despreciables. Sin embargo, nada de esto toma por sorpresa a Jesús. Nada puede escandalizarle, nada lo conduce al rechazo o desprecio hacia nosotros. Él ya ha estado allí, ha vivido la experiencia humana, ha bajado hasta lo más profundo de la realidad de cada hombre y mujer. Ha participado de nuestra degradación y miseria y -lo más importante- puede sentir y mostrar compasión por nosotros.

Piensa por un momento en ti mismo. Todos nosotros tenemos y vivimos lo que podemos llamar “áreas oscuras”. Puede tratarse de hechos, hábitos, pensamientos... Cosas de las que te sientes avergonzado. Cosas que te hacen sentir miserable, indigno, sucio y despreciable ante los ojos de Dios.

Hablo de cosas con las que probablemente has estado batallando durante tiempo, sobre las que has hecho promesa tras promesa de cambio y rectificación. Hablo de cosas de las que te sientes avergonzado y de las cuales se horrorizaría, si pudiera descubrirla, la persona que está a tu lado.

Disculpa, pero he de decirte que nada de eso puede sorprender a Jesús. Nada de eso puede escandalizarle. Nada de eso le suena extraño o lejano porque Él entiende cuán difícil, compleja y delicada es la experiencia humana. No olvides que Él estuvo allí.

Jesús te entiende y puede mostrarte compasión, puede identificarse contigo y tus luchas. No me malinterpretes. No estoy diciendo que frivoliza tu pecado, que le quite importancia. Jesús no le quita gravedad a tu pecado, por el contrario, sabe de las miserias que trae consigo el alejarse de Dios. No hace que lo incorrecto parezca correcto ni justifica lo que haces o dejas de hacer.

Jesús afirma que entiende, que comprende, que puede sentirse identificado con tu realidad y que desde esa comprensión puede trabajar contigo, si así lo deseas, para cambiarla, para transformarla.

Yo, personalmente, no podría seguir a un Dios que no ha participado de la experiencia humana. Sería incapaz de comprometerme con un Dios lejano que no ha pisado esta tierra y desconoce en "carne propia" lo que vivimos los humanos a diario.

¿Qué tipo de comprensión podría esperar de Él? ¿Cómo podría abrirle mi corazón?

Afortunadamente, nuestro Dios no es así. Es como nosotros -sin dejar de ser Dios- y, por eso, porque nos entiende, podemos acercarnos a Él con plena confianza. (Continuará...)

Por Félix Ortiz


Fuente Protestante Digital (Adaptación)


 

 
 
 

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