Fiesta, trabajo y oración para una vida familiar

El Papa explicó en su catequesis tres aspectos fundamentales en los que debe sostenerse la vida familiar de las personas: fiesta, trabajo y oración.

 
Fiesta, trabajo y oración para una vida familiar

Texto de la catequesis del Papa en español


Queridos hermanos y hermanas:



Abrimos hoy una serie de reflexiones sobre tres facetas que marcan la vida familiar: la fiesta, el trabajo y la oración.



Comenzamos por la fiesta, que es un invento de Dios. El libro del Génesis nos dice que al final de la creación Dios contempló y gozó de su obra. Dios nos enseña que festejar no es conseguir evadirse o dejarse vencer por la pereza, sino volver nuestra mirada hacia el fruto de nuestro esfuerzo con gratitud y benevolencia. También nosotros podemos mirar a nuestros hijos que crecen, el hogar que hemos construido y pensar: ¡Que hermoso! Es Dios que lo ha hecho posible, que sigue creando también hoy.



El mandamiento divino de cesar en nuestras tareas cotidianas, nos recuerda también, que el hombre, como imagen de Dios, es señor y no esclavo del trabajo. Nos pide liberarnos de la obsesión por el beneficio económico, que ataca los ritmos humanos de la vida y niega al hombre el tiempo para lo realmente importante. Desterremos esa idea de fiesta centrada en el consumo y en el desenfreno y recuperemos su valor sagrado, viéndola como un tiempo privilegiado en el que podemos encontrarnos con Dios y con el hermano. Un tiempo maravilloso que podemos vivir en la familia, incluso en las dificultades.



Hoy hablaremos de la fiesta. Y digamos enseguida que la fiesta es una invención de Dios. Recordemos la conclusión del relato de la creación, en el Libro del Génesis que hemos escuchado: Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación (2,2-3). Dios mismo nos enseña la importancia de dedicar un tiempo a contemplar y a gozar de lo que en el trabajo ha estado bien hecho. Hablo de trabajo, naturalmente, no solo en el sentido del oficio y de la profesión, sino en el sentido más amplio: toda acción con la que los hombres y mujeres podemos colaborar en la obra creadora de Dios.



Así pues, la fiesta no es la pereza de tumbarse en el sofá, o la emoción de una tonta evasión… No, la fiesta es ante todo una mirada amable y grata al trabajo bien hecho; celebramos un trabajo. También vosotros, recién casados, estáis celebrando el trabajo de un buen tiempo de noviazgo: ¡y eso es bonito! Es el tiempo para mirar a los hijos, o a los nietos, que están creciendo, y pensar: ¡qué hermosura! Es el tiempo para mirar nuestra casa, a los amigos que alojamos, a la comunidad que nos rodea, y pensar: ¡qué bueno! Dios lo hizo así cuando creó el mundo. Y continuamente lo hace, porque Dios crea siempre, ¡también en este momento!



Puede pasar que una fiesta llegue en circunstancias difíciles o dolorosas, y se celebra quizá ‘con un nudo en la garganta’. Sin embargo, incluso en esos casos, pidamos a Dios la fuerza de no vaciarla completamente. Vosotros padres y madres lo sabéis bien: cuántas veces, por amor a los hijos, sois capaces de apartar los disgustos para que ellos disfruten la fiesta, saboreen el sentido bueno de la vida. ¡Hay tanto amor en esto!



También en el ambiente de trabajo, a veces −¡sin descuidar los deberes!− sabemos “infiltrar” algún momento festivo: un cumpleaños, una boda, un nacimiento, y también una despedida, una nueva incorporación… ¡Es importante celebrarlo! Son momentos de familiaridad en el engranaje de la máquina productiva: ¡nos viene bien!



Pero el verdadero tiempo de la fiesta suspende el trabajo profesional, y es sagrado, porque recuerda al hombre y a la mujer que están hechos a imagen de Dios, el cual no es esclavo del trabajo, sino Señor, y por tanto tampoco nosotros podemos ser nunca esclavos del trabajo, sino “señores”. Hay un mandamiento para esto, un mandamiento que afecta a todos, ¡nadie excluido! En cambio sabemos que hay millones de hombres y de mujeres, e incluso niños, ¡esclavos del trabajo! ¡En este tiempo hay esclavos! Son explotados, esclavos del trabajo, ¡y eso es contra Dios y contra la dignidad de la persona humana! La obsesión del lucro económico y de la eficiencia de la técnica ponen en riesgo los ritmos humanos de la vida, porque la vida tiene sus ritmos humanos.



El tiempo de descanso, sobre todo el dominical, está destinado a nosotros para que podamos gozar de los que no se produce y no se consume, ni se compra ni se vende. En cambio, vemos que la ideología del lucro y del consumo quiere comerse hasta la fiesta: incluso ésta se reduce a veces a un “negocio”, a un modo para hacer dinero y para gastarlo. Pero, ¿para eso trabajamos? La codicia del consumo, que comporta el derroche, es un virus malo que, entre otras cosas, nos lleva a estar más cansados que al principio. Perjudica al verdadero trabajo, y consume la vida. Los ritmos ingobernables de la fiesta generan víctimas, generalmente jóvenes.



Finalmente, el tiempo de la fiesta es sagrado porque Dios lo habita de un modo especial. La Eucaristía dominical lleva a la fiesta toda la gracia de Jesucristo: su presencia, su amor, su sacrificio, su hacerse comunidad, su estar con nosotros… Y así toda realidad recibe su sentido pleno: el trabajo, la familia, las alegrías y fatigas de cada día, incluso los sufrimientos y la muerte; todo se trasforma por la gracia de Cristo.



La familia está dotada de una competencia extraordinaria para comprender, enderezar y sostener el auténtico valor del tiempo de la fiesta. Pero ¡qué hermosas son las fiestas en familia, son bellísimas! Y en concreto el domingo. ¡No es casualidad que las fiestas donde está toda la familia son las que salen mejor!



La misma vida familiar, mirada con los ojos de la fe, nos parece mejor que las fatigas que nos cuesta. Nos parece como una obra maestra de sencillez, hermosa precisamente porque no es artificial, no falsa, sino capaz de incorporar en sí todos los aspectos de la vida verdadera. Nos parece como una cosa “muy buena”, como Dios dijo al término de la creación del hombre y de la mujer (cfr. Gen 1,31). Así pues, la fiesta es un precioso regalo de Dios; un precioso regalo que Dios ha hecho a la familia humana: ¡no lo estropeemos! Gracias.



(Fuente: vatican.va.)



 
 

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