Las heridas en la familia

El Santo Padre ha hablado en la Audiencia general de este miércoles sobre cómo resolver las discusiones de pareja.

 
Las heridas en la familia

En su catequesis semanal Francisco reflexionó sobre los conflictos que surgen en las familias; las “palabras, acciones y omisiones” que “hieren”, siembran división y perjudican la convivencia.


Texto de la catequesis del Papa en español



Queridos hermanos y hermanas:



En la catequesis de hoy reflexionamos sobre las heridas que se producen en la misma convivencia familiar. Se trata de palabras, acciones y omisiones que, en vez de expresar amor, hieren los afectos más queridos, provocando profundas divisiones entre sus miembros, sobre todo entre el marido y la mujer.



Si estas heridas no se curan a tiempo se agravan y se transforman en resentimiento y hostilidad, que recae sobre los hijos. Cuando los adultos pierden la cabeza y cada uno piensa en sí mismo; cuando los padres se hacen daño, el alma de los niños sufre marcándolos profundamente.



En la familia todo está entrelazado. Los esposos son “una sola carne”, de tal manera que todas las heridas y abandonos afectan a la carne viva que son sus hijos.



Así se entienden las palabras de Jesús sobre la grave responsabilidad de custodiar el vínculo conyugal, que da origen a la familia. En algunos casos, la separación es inevitable, precisamente para proteger al cónyuge más débil o a los hijos pequeños. Pero no faltan los casos en que los esposos, por la fe y el amor a los hijos, siguen dando testimonio de su fidelidad al vínculo en el que han creído.



Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. Pidamos a la Virgen María que interceda por nuestras familias, especialmente por los que pasan por dificultades, para que sepan superar y sanar siempre las heridas que causan división y amargura. Muchas gracias y que Dios los bendiga.



Texto completo de la catequesis del Papa traducida al español



En las últimas catequesis hemos hablado de la familia que vive hoy la fragilidad de la condición humana, la pobreza, la enfermedad, la muerte. En cambio, hoy reflexionaremos sobre las heridas que se abren precisamente en la convivencia familiar. Es decir, cuando en la familia misma se hacen daño. ¡Es lo más feo!



Sabemos bien que en ninguna historia familiar faltan momentos en que la intimidad de los afectos más queridos se ve ofendida por el comportamiento de sus miembros. Palabras y acciones (¡y omisiones!) que, en vez de expresar amor, lo esconden o, peor aún, lo mortifican. Cuando esas heridas, todavía remediables, se descuidan, se agravan: se trasforman en prepotencia, hostilidad, desprecio. Y en ese punto pueden llegar a ser heridas profundas, que dividen la marido y a la mujer, y empujan a buscar fuera comprensión, apoyo y consuelo. Pero frecuentemente esos “apoyos” no están pensando en el bien de la familia.



El vacío del amor conyugal difunde resentimiento en las relaciones. Y a menudo la disgregación “arrolla” a los hijos. Sí, los hijos. Quisiera detenerme un poco en este punto. A pesar de nuestra sensibilidad aparentemente evolucionada, y todos nuestros refinados análisis psicológicos, me pregunto si no nos hemos anestesiado incluso respecto a las heridas del alma de los niños. Cuanto más se busca compensar con regalos y meriendas, más se pierde el sentido de las heridas −más dolorosas y profundas− del alma.



Hablamos mucho de desórdenes del comportamiento, de salud psíquica, del bienestar de los niños, de la ansiedad de los padres y de los hijos... ¿Pero sabemos lo que es una herida del alma? ¿Sentimos el peso de la montaña que aplasta el alma de los niños, en las familias donde se tratan mal y se hacen daño, hasta romper el vínculo de la fidelidad conyugal? ¡Qué peso tiene en nuestras decisiones −decisiones equivocadas, por ejemplo−, cuánto peso tiene el alma de los niños? Cuando los adultos pierden la cabeza, cuando cada uno piensa solo en sí mismo, cuando papá y mamá se hacen daño, el alma de los niños sufre mucho, experimenta un sentido de desesperación. Y son heridas que dejan marca para toda la vida.



En la familia todo está junto y unido: cuando su alma está herida en algún punto, la infección contagia a todos. Y cuando un hombre y una mujer, que se han comprometido en ser “una sola carne” y a formar una familia, piensan obsesivamente en sus propias exigencias de libertad y de gratificación, esa distorsión afecta profundamente el corazón y la vida de los hijos. Tantas veces los niños se esconden para llorar solos… ¡tantas veces!



Debemos entender bien esto. Marido y mujer son una sola carne. Pero sus criaturas son carne de su carne. Si pensamos en la dureza con que Jesús advierte a los adultos para no escandalizar  a los pequeños −hemos oído el pasaje del Evangelio (cfr. Mt 18,6)−, podemos comprender mejor también sus palabras sobre la grave responsabilidad de proteger el vínculo conyugal que da inicio a la familia humana (cfr. Mt 19,6-9). Cuando el hombre y la mujer son una sola carne, todas las heridas y todos los abandonos del papá y de la mamá inciden en la carne viva de los hijos.



Es verdad, por otra parte que hay casos en los que la separación es inevitable. A veces puede ser incluso moralmente necesaria, cuando se trata de proteger al cónyuge más débil, o a los hijos pequeños, de las heridas más graves causadas por la prepotencia y la violencia, por la humillación y el abuso, por las rarezas y la indiferencia. No faltan, gracias a Dios, los que, apoyados en la fe y el amor a los hijos, dan testimonio de su fidelidad a un vínculo en el que han creído, por muy imposible que parezca hacerlo revivir. Pero no todos los separados sienten esa vocación. No todos reconocen, en la soledad, una llamada del Señor dirigida a ellos.


A nuestro alrededor encontramos diversas familias en situaciones llamadas irregulares… ¡a mí no me gusta esa palabra! Y nos hacemos muchas preguntas: ¿Cómo ayudarles? ¿Cómo acompañarles? ¿Cómo acompañar para que los niños no se conviertan en rehenes del padre o de la madre?


Pidamos al Señor una fe grande, para ver la realidad con la mirada de Dios; y una grande caridad, para acercarnos a las personas con su corazón misericordioso.



(Fuente: Francisco)



 
 

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