Moisés el tartamudo y la politiquería casera

Hace más de 3300 años hubo alguien que se atrevió a quebrar uno de los paradigmas más poderosos del mundo al clamar que la historia del hombre podía ser distinta. Por el Rabino Marcelo Polakoff.

 
Moisés el tartamudo y la politiquería casera

Me explico. ¿Quién osaría en aquel entonces siquiera pensar que la vida de las sociedades podría ser diferente del ciclo natural que regía la vida de la naturaleza? Era imposible especular semejante desparpajo, pues era tan claro como la luz del día que así como ese sol que se asomó al amanecer se ocultaría en el ocaso, aquel que nació esclavo esclavo moriría, y que así sería por el resto de las generaciones. No cabía otra posibilidad.

Pero llegó un tal Moisés con su mensaje revolucionario, con la primera gesta libertadora que registra la humanidad, para plantarse ante el faraón de Egipto, la superpotencia por antonomasia de aquellos tiempos, y afirmar que no. Que esa verdad no era eterna. Que las leyes de lo social no son equiparables a las inmutables leyes de la naturaleza. Y que el que hoy es esclavo, mañana no sólo podrá, sino que deberá ser libre.

A partir de ese momento el liderazgo de Moisés quedó instalado en la historia de la humanidad como uno de los modelos más emblemáticos de conducción popular.

Un liderazgo básicamente transformacional, que contagia a su pueblo la pasión por la justicia y el deseo de una vida más digna, que le abre a su gente la capacidad de ir previendo metas a la vez de ir trabajando cotidiana y esforzadamente en pos de su realización.


Un líder que combina sus innatos dones de dirección con el aprendizaje de dicho rol. Alquien que es capaz de escuchar, de dar marcha atrás cuando hace falta, y con la humildad de aceptar que no puede hacerlo todo solo, ni que sabe hacerlo. Y con  la gracia de saber asumir la responsabilidad por sus desaciertos. Alguien que también, como todo humano que se precie de tal, recurre a la pregunta y a la ayuda de los demás.

Un líder que sabe armonizar eso que últimamente parece imposible de articularse: el poder con la ética.

Y bien, señoras y señores, semejante personaje, maestro y profeta, era tartamudo.

Así es. Encima hay quienes sostienen que en realidad era gangoso. De cualquier manera, más allá del cuál sea, algún problema de comunicación sin dudas tenía, ya que en el texto bíblico se describe a sí mismo diciendo “...Yo no soy hombre de palabras...porque soy difícil de habla y difícil de lengua...” (Exodo 4:10).

Extrañísimo desde donde se lo mire. ¿Moisés tartamudo? ¿Justo el que tenía que gobernar a millares de esclavos y negociar su libertad con las autoridades egipcias? ¿Un hombre careciente de palabras para transmitir precisamente el mensaje divino?.

Si se percibe en su meollo qué significa liderar, pues entonces no será tan incomprensible esta aparente contradicción. Es más, creo adivinar en ella un fascinante dejo de ironía por parte de nuestra Torá al despojar tan despiadadamente del arte de la oratoria al mismísimo Moisés. Como si estuviera burlándose de algunos cuantos caudillos que basan su autoridad y hegemonía en brillantes discursos.

No es este el caso que nos convoca. Porque cuando se lidera con mayúsculas, las palabras son siempre lo accesorio. Lo nodal está en otro lado. Se descubre mucho más en el mensaje que en los vocablos, y se revela prístino, como siempre, en las acciones.

Quienes son capaces de dirigir con vocación acuden menos a los términos y más a los hechos, y se asocian más a la tarea que a las locuciones. Son más afectos a los quehaceres que a los dimes y diretes. Y se enamoran tanto de su misión que no les queda mucho tiempo como para preocuparse por el qué dirán ni por el que diré.

En el Midrash Sojer Tov, una colección antiquísima de leyendas judías, se nos cuenta que Dios, al crear la lengua humana, reconoció su poder para causar daño. Y que entonces decidió aprisionarla dentro de la boca. Pero como conocía muy bien el carácter de su criatura predilecta, la ubicó especialmente detrás de dos muros; uno duro, los dientes; el otro blando, los labios.

Parece que no fue suficiente. Porque generalmente no somos como Moisés, “difíciles de lengua”, sino más bien, demasiado sueltos.

Se cuenta que el discípulo apenas podía reprimir las ganas que tenía de contarle al rabino el rumor que había oído en el mercado.

- Aguarda un minuto -dijo el maestro- ¿Lo que tienes para contar es verdad?

- No lo creo -contestó el alumno.

- ¿Es útil?

- No lo es.

- ¿Es divertido?

- No.

- Entonces, ¿por qué tenemos que oírlo?

A la luz, o mejor dicho a la sombra, de lo que venimos padeciendo por parte de varios de nuestros líderes, incluso la tartamudez ya sería una especie de bendición.

 
 
  • NOMBREArmando Sanchez
    DESCRIPCIONme parece importante tal comentario y profundisarlo mas

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