No podemos poner fecha de vencimiento a la vida de las personas

Una mirada sobre la eutanasia desde la fe judía. Por el Rabino Marcelo Polakoff.

 
No podemos poner fecha de vencimiento a la vida de las personas

Es bastante claro que, en última instancia, toda muerte termina siendo producida por la ausencia de oxígeno en las células. Y aunque las causas y las maneras en las que se llega a ese momento son tan variadas como personas hay en el mundo, es evidente que hay muertes y muertes, vale decir que desde un punto de vista que podríamos denominar “moral”, hay serias diferencias entre los distintos tipos de finales.


Hay algunos decesos que, por más dolorosos que sean, son en cierta forma esperados, y llegan a producirse “a tiempo”. Es cuando no tendríamos dudas en hablar de “muerte natural”. Sin embargo, hay otras a las que percibimos tan a destiempo que cuesta horrores recuperarse de sus efectos. ¿O acaso no nos resulta intolerable la muerte producida por una enfermedad o una tragedia natural como un terremoto, sabiendo que no hay nadie a quien responsabilizar, porque así es como se ha creado la naturaleza y a sus leyes nos debemos? Distinto es el caso de una muerte violenta, ya que no sólo se nos presenta fuera de tiempo, sino que también se le suma a la desventura el hecho de que exista un ser que la ha producido.



Ahora, la muerte en la vejez es otra cosa. No la palpamos errada, no nos resulta insoportable ni imprevista y no la atribuimos a nadie más que al propio misterio de la vida, que ya viene incorporada con su fecha de vencimiento. Así y todo, hay situaciones intermedias en donde pareciera que la muerte ya ha iniciado su proceso, proceso que por supuesto se produce en quien aún está con vida, que nos enfrentan a un sinnúmero de preguntas cruciales acerca de los delgadísimo límites en que transcurren ambos periplos.


En la tradición judía, nuestros textos legales afirman: “Una persona moribunda debe ser considerada como una persona viva para toda cuestión”, y no se permite ni moverla ni tocarla ni siquiera higienizarla porque a partir de eso se podría incurrir en un homicidio, inintencionado sin duda, pero homicidio al fin, pues se adelantó el momento de su muerte aunque sea por unos segundos. A una persona en dicho estado se la compara con una vela que esta titilando y que con cualquier roce, se apagaría. Tal es el cuidado por la vida, aún de quien yace en su lecho de muerte, que no hay pregunta alguna de nuestros códigos ni acerca de la calidad de esa vida, ni acerca de la cantidad de instantes que le restan. Al mismo tiempo se nos comanda a remover todo aquello externo al paciente que de alguna manera le esté retrasando la partida de su alma. Pareciera ser que nuestra obligación de curar llega a su límite cuando drásticamente se nos presenta la inminencia de la muerte, y en vez de seguir siendo una cuestión de prolongar la vida, nuestra intervención se torna entonces sólo una batalla para posponer la muerte.



Se entremezclan aquí preguntas de diferente índole: las estrictamente médicas, que siempre esconden detrás algún dilema moral; las tecnológicas incluso, que no distinguen en principio valores morales; preguntas vinculadas a la autonomía de la persona para elegir que prolongar y que posponer; interrogantes que muchas veces se le trasladan a la familia porque el paciente esta inconsciente y no ha dejado instrucciones claras; hasta si se quiere preguntas de presupuestos y de políticas de salud. Todos ellos cuestionamientos esencialmente religiosos y éticos que disparan abanicos de respuestas.


Hay un principio precioso en la ley judía que en hebreo se denomina safek nefasho lehakel, que significa que cuando hay dudas en decisiones de vida o muerte, siempre tenemos que tender hacia el lado de la vida. Al fin y al cabo, vale la pena reconocer que a este regalo que es la existencia, a nosotros no nos corresponde ponerle la fecha de vencimiento.

 
 

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