Nuestro dolor, semilla de esperanza

Presentamos el comentario al Evangelio de Emilio Rodríguez Ascurra para este domingo IV durante el año.

 
Nuestro dolor, semilla de esperanza

La tarea de un profeta es la de anunciar públicamente algo, no obstante ese algo no debe ser cualquier mensaje, sino uno dicho con autoridad, es la característica propia del verdadero profeta anunciado en la primera lectura del libro del Deuteronomio. Así, al entrar Jesús en la Sinagoga y al ponerse a enseñar, no lo hace como un rabino más; y es preciso destacar que la formación para llegar a ser rabino -como las exigencias que el cargo tenía de por vida para quien lo fuera- convertían a esta tarea en algo sumamente arduo y digna de respeto. Lo hace como quien tiene verdadera autoridad, pues su predicación no se queda en la mera palabra sino que va directamente hacia cada persona, al dolor de cada una de ellas.


Es muy pobre la experiencia de un creyente que sólo habla de Dios con su boca y no con su vida. Lejos de enriquecerse y de hacer un bien a los demás, queda en la superficie del cumplimiento.

Jesús anuncia la venida del Reino y su inauguración a través de milagros y de curaciones, para él la persona humana es un todo integral que necesita ser redimido en su totalidad y no únicamente con “palabras bonitas”. No solo pronuncia profundos discursos sino que ofrece su vida entera por su misión.

Renunciar a ver tanto en nuestra vida personal como en la de los demás el misterio del dolor, es no comprender la vida humana, es más, diría que es no conocerla, pues nos quedaríamos en lo agradable y placentero que es solo una parte. Es necesario comprender que el hombre está inmerso en la realidad del sufrimiento y del dolor, tanto físico como psíquico, y que Cristo ha venido a remediar cada una de sus dolencias. Somos, cada uno de nosotros, los que estamos llamados a ser medios de sanación de quienes lo necesiten; a ser cristianos de palabras y obras, de obras y de palabras, que complementadas son signo de la presencia del Reino.

Ofrecer nuestro tiempo y medios en favor de los más débiles, de los más indefensos o de los enfermos, es una tarea a la que estamos llamados todos quienes decimos creer en el Dios de la Salvación. A su vez, aprender que somos frágiles e indefensos ante el sufrimiento y el dolor nos invita a no decaer, a tener puesta nuestra confianza en que Jesús, el enviado de Dios para redimirnos, tiene la solución para ellos. En Él nuestras dolencias encuentran sentido, nuestro dolor se transforma en esperanza y nuestra vida se vuelve más plena, pues comprendemos que lo esencial lo tenemos más cerca de lo que parece. Aunque muchas veces las luces del éxito, del buen cuerpo, del cuidado excesivo de la estética, nos impiden vislumbrarlo.

Emilio Rodríguez Ascurra - contactoconemilio@gmail.com
 
 

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