Piedra libre

Todo lo que hacemos repercute, de un modo u otro, en los demás. Por el Rabino Marcelo Polakoff.

 
Piedra libre

Una persona estaba arrojando piedras desde su jardín a la calle, cuando pasó por allí un hombre piadoso y le dijo: “Tonto, ¿por qué sacás piedras de un lugar que no es tuyo y las arrojás a un lugar que te pertenece?”. El hombre se rió de lo que le dijo creyendo que aquella persona estaba absolutamente fuera de sus cabales. Después de un tiempo, ese mismo hombre tuvo que vender su propiedad, y cuando estaba caminando por esa misma calle tropezó sobre aquellas mismas piedras, se cayó y se lastimó. Entonces dijo: “¡Cuán cierto estaba aquel hombre piadoso al preguntarme ¿por qué sacás piedras de un lugar que no es tuyo y las arrojás a un lugar que te pertenece?”.


El ingenio talmúdico que produjo esta historia ya hace un par de milenios es, como mínimo, para impresionarse.

Tarde o temprano (y en general bastante tarde) nos terminamos dando cuenta de que la separación entre lo que sucede a puertas cerradas y lo que trasunta en la vía pública es prácticamente nula. Y peor aún, creemos que la basura que retiramos de nuestros cómodos ámbitos en dirección hacia una alejada vereda jamás volverá a imbuirnos de su podredumbre, sin percatarnos de que la naturaleza -y también la vida- funciona muchas veces con un efecto rebote.

Los cabalistas, esos esotéricos místicos judíos, se desvivían señalando que cada acto individual, por más ínfimo que sea, tenía su consecuencia a nivel cósmico, vale decir que sencillamente alteraba a todo el universo. ¡Y pensar que había quienes los creían exagerados! 

En estos últimos años estamos siendo testigos de cómo esa ecuación mística se ve fielmente retratada cuando notamos cómo la ecología puso de manifiesto esta verdad ancestral. No importa en qué rincón del planeta uno se ubique, lo que tuvo su ignición en el extremo opuesto, a la corta o a la larga se encenderá directamente sobre el terreno propio (que como vimos nunca lo es tanto…).

Claro que aún cuando sea más difícil de percibir, este mismo principio es inevitablemente aplicable a todo ámbito humano, con las correcciones y los tiempos adecuados a los mismos.

En lo económico, en lo social, en lo político, y por qué no también en lo religioso, cada vez es más evidente la interdepencia total que yace por debajo de lo que parecen ser compartimentos estancos, y que tan sólo lo son en nuestra imaginación. De hecho, Internet como red de redes, a su manera, también ha colaborado para crear esta conciencia de holograma integral que conformamos como humanidad, en la que en cada parte está el todo.

Con semejante responsabilidad a cuestas, es más fácil comprender por qué los maestros talmúdicos llegaron a afirmar que “Aquel que puede impedir que la gente de su hogar transgreda y no lo hace es responsable por las transgresiones de la gente de su hogar. Aquel que puede impedir que la gente de su ciudad transgreda y no lo hace es responsable por las transgresiones de la gente de su ciudad. Y si puede impedir que todo el mundo transgreda y no lo hace, es responsable por las transgresiones de todo el mundo.”

No se trata, entonces, de seguir escondiendo la roña debajo de la alfombra ni de seguir tirando piedras a la calle como métodos infalibles para superar pequeños malos tragos. Esas soluciones son por un lado, de muy corto plazo, y por el otro, solamente ejercidas por aquellos que pecan por ser muy cortos de vista.

Los que tienen la capacidad -y diría la bendición- de poder percbir más allá de la acción inmediata; los que se animan a comprender cabalmente, desde el tuétano, que cada uno de sus movimientos altera por completo todo el tablero; los que en el afán de trascender, que no es más que hacer que los que vienen detrás asciendan, son los que no suelen esconderse, ni los que arrojan la primera o la última piedra.

Para ellos, es claro que no hay piedra libre.

 
 
 

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