Religión y política ¿matrimonio imposible? (II)

En su diálogo con el Rabino Polakoff, el Padre Rafael Velasco aborda un tema siempre vigente: El compromiso social y político de los creyentes.

 
Religión y política ¿matrimonio imposible? (II)

Teología y política


"Toda teología es política", dice Juan Bautista Metz. Esto significa que toda concepción acerca de cómo es Dios lleva aparejada una idea de cómo este Dios interviene en el mundo y tiene que ver (o no) con los problemas, las acciones, las aspiraciones y los deseos de los seres humanos.


Toda reflexión acerca de Dios trae como consecuencia un modo de proceder respecto de lo humano. Una ética.


Algunos ejemplos


Aquellos que afirman que Dios sólo creó al mundo y luego dejó hacer, en el fondo afirman que las acciones humanas (la ética, a la que según Aristóteles pertenece la política) dependen de ssí mismos y de sus propias reglas. Dios no se mete, por lo tanto el tema es sólo humano y allí hay que organizarse. Esto, que ha dado lugar a éticas autónomas y seculares, muchas veces deviene en la ética del más fuerte, del que logra imponerse. La canonización del mercado y sus reglas es un ejemplo.


Los que sostienen que todo tiene que ver con Dios, y que por lo tanto la sociedad debe organizarse sobre la base de criterios religiosos, muchas veces han terminado justificando y favoreciendo estructuras sacralizadas del poder secular: monarquías y dictaduras, con todo lo que éstas han traído de avasallamiento de derechos humanos y de daño para la humanidad.


Más allá de estos dos ejemplos, lo que no se puede negar es que las religiones tienen, por lo general, vocación política. Es decir que la persona religiosa, particularmente el cristiano, no puede ser una persona desinteresada de lo que le pasa a sus semejantes... y eso es la política. El bien común se reaaliza en la acción política.


Cristianismo y política


Jesús comenzó su ministerio público anunciando que el reino de dios estaba cerca. Este reinado de Dios, si bien Jesús nunca lo definió conceptualmente (lo explicó a traavés de parábolas), no era una cuestión etérea y meramente espiritual y de realización celeste, sino que implica un nuevo modo de relación entre los seres humanos, en el que los pobres fueran atendidos y puestos en el centro de las preocupaciones humanas, los apartados fueran incluidos y los últimos fueran los primeros. Un modo de vida humano regido por la justicia, la solidaridad y la paz. Su concepción religiosa de Dios -el padre bueno que ofrece su amistad a todos los hombres y mujeres-, como se ve, traía aparejada una visión política. Incluso una concepción del poder: el poder es para servir, o mejor dicho el servicio es poder.


El cristianismo como intento de realización histórica de la misión de Jesús ha tratado de hacer historia este reino con resultados diversos: a veces con realizaciones grandes y otras con errores inmensos, fundamentalmente cuando se confundió religión y política, es decir cuando el poder u el afán de dominio se impuso en la concepción religiosa. La historia está plagada de ejemplos. Que toda teología tenga implicancias políticas, porque el creyente, el que reflexiona acerca de Dios, está palnteándose un modo de involucrarse en lo humano, no significa que la teología debe regir sobre la política. Esto es confundir el orden de las cosas y superponer los planos.


La modernidad nos ha legado el concepto de secularidad, es decir de la autonomía de las cosas humanas respecto de la autoridad religiosa. Lo cual es muy positivo, porque significa romper, al menos en Occidente, con la pretención autoritativa de la religión por sobre las actividades humanas; el hecho de que toda teología sea política no significa una suerte de teocracia (o "partido de Dios") en la que la institución religiosa tenga el monopolio de laa política, ni del discurso político. Significa, en todo caso, que así como a nuestro Dios -según la tradición cristiana- le interesa el bienestar de todos los seres humanos, de la misma manera el creyente en ese Dios no puede desentenderse: es más, debe comprometerse decididamente con el bienestar de sus semejantes.


A la Iglesia católica en particular, en Occidente, le ha costado mucho comprender -a lo largo de su larga historia- que no está llamada a ser una suerte de "partido de Dios", ni una agencia de moralidad internacional, sino que debe ser signo de lo que los seres humanos estamos llamados a ser: una comunidad de hermanos que luchan por un mundo más justo para todos, porque su Dios -que es Padre de todos sin excepción- quiere un mundo más justo, solidario y humano.


La Iglesia tiene como misión anunciar un acontecimiento de salvación realizado en Cristo. De esa manera es sacramento en la historia, cumpliendo su papel de comunidad -signo de la convocación de todos los hombres y mujeres por Dios. Al anunciar la llegada del  reino de Dios hace ver, sin evaciones, lo que está en la raíz de la injusticia social: el rompimiento de una fraternidad basada en nuestra situación de hijos de un mismo Padre; anunciar el Evangelio de Jesús debería hacer evidente esta alienación fundamental (la ruptura de la fraternidad) que yace bajo toda otra alienación.


"De este modo -dice Gustavo Gutiérrez-, el anuncio de la buena noticia de Dios es un poderoso factor de personalización; gracias a ella -a la buena noticia- los hombres y mujeres toman conciencia del sentido profundo de su existencia histórica, y viven una esperanza activa y creadora en el cumplimiento pleno de la fraternidad que buscan con todas sus fuerzas." (G. Gutiérrez, Teología de la Liberación. Perspectivas. Sígueme, 1999, 16 edición)


El reino de la Tierra


Para un cristiano, desertar de lo político es desertar de lo humano. Porque para los cristianos el reino de Dios no es algo ultramundano, sino que es algo que Dios ha comenzado aquí en este mundo con la vida de Jesús, y que sus seguidores debemos edificar, con su fuerza y su inspiración, trabajando con hombres y mujeres de distintas tradiciones religiosas (o no religiosas) y que -creemos- sí tiene una realización última más allá de este mundo.  Porque creemos en la resurrección y en la vida eterna después de la muerte.


Pero no debemos engañarnos, ya lo dijimos antes, con la idea del "reino de los cielos", porque este concepto -que se usa en el Evangelio de Mateo- es sinónimo de reino de Dios. Y a Dios se lo encuentra y se lo sirve en este mundo.


La coartada usadda por algunos sectores para el descompromiso es la frase de Jesús "mi reino no es de este mundo". Quienes la usan para negar las consecuencias políticas del mensaje cristiano, lo que pretenden es recluir lo religioso en el plano del buen corazón, del culto intimista, de la bondad personal, sacándolo del terreno de la justicia social, de la liberación de los oprimidos, de la ética global y de la política. Por eso, todo pretendido "apoliticismo" -caballo de batalla de sectores conservadores- no es sino un subterfugio para dejar las cosas como están; para evitar cualquier compromiso con el cambio y la transformación social desde sus causas.


Lo que Jesús quiere decir es que ese reino no se rige con los criterios de este mundo en el que la autoridad se impone por la fuerza, los débiles son aplastados y los más fuertes se alzan con el botín; sino que se hace con la fuerza silenciosa del amor, con el esfuerzo del trabajo cotidiano, con la honestidad oculta de muchos, con el compromiso por que los pobres sean tenidos como el centro de las preocupaciones políticas y sociales. Esos criterios -se aprecia con claridad- no son de este mundo que impone al egoísmo y el consumo como sus marcas distintivas.


"Toda teología es política", es decir que toda reflexión acerca del acto de fe tiene consecuencias prácticas, públicas y comunitarias. Políticas.


Extraido de "En el nombre del Padre y del Rabino", Marcelo Polakoff y Rafael Velasco, editorial Sudamericana, 2ª edición, páginas 82-88.


 

 
 

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