Religión y política ¿matrimonio imposible?

Próximos a acudir a las urnas (muchos ya lo han hecho en estos días), los creyentes podemos -y debemos- evaluar nuestra participación a la luz de la Fe. La reflexión del Rabino Marcelo Polakoff.

 
Religión y política ¿matrimonio imposible?

Votos devotos


Voto. Una palabra repetida en estas épocas, que no por mentada se capta cabalmente.


Voto. Una palabra que es a la vez verbo y sustantivo. Y que podría erguirse -como tal-en una acción sustantiva, en un deber cívico y, ¿por qué no?, también religioso.


¿Es que nadie se ha dado cuenta del alto voltaje que en materia de fe insume cada voto?


No terminan de sorprenderme las muecas de sorpresa que se dibujan en los rostros de aquellos a los que plácidamente les recuerdo que un voto es una promesa, mientras van asistiendo presurosos con sus cabezas, como si lo que escucharon hubiera sido vaya a saber qué clase de mística revelación. Insisto: un voto es una promesa.


Nuestros amigos sacerdotes tienen este concepto bien a mano al hacer votos de castidad, de obediencia y de pobreza, entre otros.


Y todo voto, es decir toda promesa, es -al igual que una "misa"- una especie de envío, una encomienda. Por eso seguimos llamando "emisarios" a nuestros enviados.


En consecuencia, los votos incluyen en sí mismos las intenciones de cumplir con ciertas conductas o determinados "compromisos" por parte del votante. Todo esto lo vemos muy claro en lo que toca a las promesas, pero es evidente que en lo atañe a los votos pareciera que lo hemos olvidado.


Lenta y lastimosamente fuimos dejando de lado ese contrato inicial para ir alivianando al voto de su carga cuasi religiosa.


Y lo comenzamos a degradar, diluyendo obligaciones y deberes con nuevos sentidos del vocablo. ¿No reconocemos acso esa tendencia bajista en la típica frase "hago votos por el bienestar del pueblo"?


Aquí nos topamos con un voto timorato, un voto que ha renunciado a su responsabilidad personal transfiriéndola a un sujeto impersonal que, obviamente, al ser inexistente, jamás se hará cargo de la tarea, limpiando de todo compromiso al dicente. Y ya en este nivel semántico da lo mismo "hago votos" que "ojalá".


Pero hemos ido un paso más allá. Hemos prácticamente aniquilado en el voto toda huella de su virtud original. Y hemos vaciado de su precioso sentido a esta bella práctica democrática.


Porque ciuando votamos, lamentablemente, no solemos retener ni un ápice de aquel concepto primitivo. Porque casi nada queda sujeto a nuestro deber; nada que dependa de nuestra voluntad queda implícito en su mensaj, a no ser por el nombre y apellido de aquellos que tendrán a su cargo las riendas del gobierno, sobre la base de los votos que ellos sí nos han hecho campaña tras campaña.


Por eso, para que nuestro voto sea voto, no puede durar sólo esos breves momentos que demanda el paso por el cuarto oscuro.


El voto es vot cuando se constituye en demanda. Cuando controla los votos que se nos hicieron como gobernados.


El voto es voto cuando se corporiza en participación ciudadana, y cuando no esquiva la parte que nos toca en la construcción cotidiana de una nación más democrática, más justa y más equitativa.


El voto es voto cuando no lo boto.


El voto es voto cuando es devoto.


Asumir o no asumir


“Asumir o no asumir, ésa es la cuestión”, diría algún émulo de Shakespeare con ribetes de politólogo.

Si queremos ser precavidos –y lo mismo pretendemos de nuestros dirigentes– tendríamos que preguntarnos si es posible afirmar que alguno de ellos (o ellas) ha asumido alguna vez.

No se trata de ser exquisito. Se trata de ofrecer un poco de claridad para algunos conceptos que, de tan manoseados, van perdiendo su encanto primigenio.

Con el grueso de los diccionarios etimológicos, a la hora de escudriñar los sentidos ocultos de términos que hacen a nuestra vida cotidiana, retroceder solamente hasta el latín o el griego sin ir más allá, se torna muchas veces en un viaje a medias, una travesía estéril.

Presumo que debo explicarme y asumo este desafío en grado sumo. Entonces pregunto: ¿qué tienen en común “asumir”, “presumir” y “suma”? Pues parece que el latín no es de mucha ayuda.


Veamos: tanto “asumir” cuanto “presumir” vienen del verbo latino sumere que implica “tomar”. El “a” y el “pre” son obvios. ¿Se trataría de tomar qué? ¿Un puesto, tal vez, para explicar lo que significa “asumir”? Y en el caso de la presunción, se tomaría... ¿una opinión? No es muy claro, y menos aun si integramos el vocablo “suma” a esta colección, proveniente de otra raíz latina (summa) que por supuesto implica la totalidad, y que está –en principio al menos– absolutamente desvinculada de toda asunción, por más presumida que sea...

¿Qué hacemos entonces? Pues nos vamos más para atrás, hasta el hebreo, a fin de encontrarnos con el origen de buena parte de nuestro castizo. Nos toparemos allí con la palabra shuma que denota una valoración, una estimación, una cotización, hermana melliza de sum (porque la sh, y la s se escriben igual en la consonancia hebraica y muchas veces se intercambian entre sí) que no casualmente quiere decir “asumir” el mando.

Más clarito y más parecido aparece en el texto bíblico (Deuteronomio 17:14) cuando el pueblo de Israel susurra que tendrá un rey diciendo “ASIMA alai melej”, cuya traducción más precisa sería “que asuma sobre mí un rey”.

Revelado ya el misterio del origen, comprendamos aquel vínculo escudriñado algunas líneas más arriba.


Quien es nombrado, votado o elegido, recién podrá presumir de tal nombramiento cuando sea justamente capaz de asumir (nuevamente, en el sentido de valorar) la tarea para la cual fuera convocado.

En cierta forma podríamos sugerir que para asumir (con todas las letras) se tarda bastante más de lo que a primera vista pareciera.

Es que el liderazgo, al decir del Talmud (Horaiot 10b) no es poder y dominio, sino servidumbre. Ese concepto, tan habitual para la concepción republicana de los sabios de hace dos milenios, no es cabalmente percibido en nuestros días.

Y disculpen mi insistencia por los orígenes y etimologías, pero estamos hablando de lo que significa gobernar, un verbo que constituye otro de los tesoros más sublimes de la lengua hebrea, donde gueber es “hombre”, y guibor significa “héroe”. Quitémosle el contenido machista (hoy más que nunca) y entendamos que “gobernar”, con acento judío, implica poner un poco de hombría de bien, un toque de humanidad diría, en lo relativo a lo social.

Una señal de un buen gobierno sería -en consecuencia- asumir mucho, presumir poco y sumar, un sumar siempre humano.


Extraido de "En el nombre del Padre y del Rabino", Marcelo Polakoff y Rafael Velasco, editorial Sudamericana, 2ª edición, páginas 76-81.

 
 
 

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