Rezo, rezo, y no siento nada

Muchas veces nos encontramos con una etapa de aridez espiritual y no sabemos cómo salir. “No tengáis miedo”, como diría Juan Pablo II

 
Rezo, rezo, y no siento nada

Tibieza, frialdad, falta de fervor; aburrimiento, rutina, no encontrar ‘sabor’ en la oración; desgana; sentirse perdiendo el tiempo al orar; sentirse un tronco seco; “no hay nada”/”nada pasa”; mucho sueño al orar; sentirse “hablando a las paredes”…


En general, se puede ir considerando progresivamente las siguientes causas de aridez. Sólo en caso de descartar las primeras se debe pensar en las otras.


a) cansancio físico/psicológico: (incapacidad de experimentar la oración de forma más sentida debido a: el momento inoportuno al que ha relegado la oración, el tenor de vida agotador del orante, su condición permanente de salud, etc.)


Puede ser que el sueño o cansancio mental (imposibilidad de concentrarse u orar; aburrimiento) provenga de la misma hora escogida para orar: temprano (para uno que suele estar letárgico por la mañana); después de almuerzo (cuando el cuerpo reclama la siesta), o en la noche (para uno que se encuentra rendido al fin de la jornada). O bien, por un ritmo agotador de trabajo/actividad (a veces debido a la falta de disciplina personal), o por falta crónica de sueño. Cuando el estado de salud se ve afectado seriamente por la mala alimentación, la enfermedad o la vejez, esto también lógicamente perjudica la oración.


En todos estos casos es recomendable acometer el origen de este cansancio, si es posible. Puede ser que la mala alimentación, un problema de salud no reconocido o el abuso de los propios límites físicos (p.ej. sobrecargo de trabajo) es causante del problema en la oración (y otros problemas en el estudio, rendimiento en el trabajo, tensiones en comunidad, etc.) y debe ser solucionado en su raíz primero. En caso que no sea posible solucionar esto, (trabajo obligatorio que uno no puede renunciar, enfermedad crónica, achaques de la vejez), habrá que adaptar la oración a este nuevo cuadro de vida. Ayudan a esto: la oración corporal en varias posturas (despereza y despierta), y abandonar métodos complicados de oración o meditación en favor de una oración más sencilla (simplemente estar con Dios, conversar con él, mirar una imagen favorita… y ¡hasta dormir en su presencia!).


b) oración demasiado ‘encasillada’: (falta de “vida” en la oración –aridez emocional— por haber excluido de su oración varios factores vitales o áreas enteras de su vida como “no relevantes” o no dignas de entrar en ella.)


Cuando se experimenta una falta de “vida” en la oración personal (la oración parece algo fingido, irreal o sólo “por cumplir”), a lo mejor se debe justamente a no dejar entrar en tu oración la realidad de tu vida. Comparte tus sentimientos, tus cosas más personales con el Señor, sean lo que sean (incluso los sentimientos “negros” o “rojos”), y luego trata de escucharle hablándote a ti. Es recomendable en esta situación la oración espontánea, la oración “desde la vida”, y oración compartida con un(a) amigo(a) de confianza. O bien, ser creativo en su oración, evitando caer innecesariamente en la rutina. También preparar bien su oración anticipadamente (lo cual no es opuesto a lo que acabamos de decir; al contrario, ayuda a que sea más vital y creativa, menos rutinaria y dejado a lo mismo siempre).


 c) etapa en la vida espiritual: (períodos de sequedad más o menos largos sin causa discernible en la vida del orante; esto normalmente ocurre después de 2-3 años de una vida de oración comprometida y disciplinada)



Períodos de aridez en la oración, aún prolongados, no son siempre sintomáticos de alguna carencia en la vida cristiana del orante. Pueden ser, al contrario, signo de una nueva madurez (o invitación a ella). Es un fenómeno normal en la vida de cualquier creyente: después de un primer período de oración muy sentida (“luna de miel”), Dios le lleva a pasar por un “desierto” de oración (período de sequedad): Oseas 2. Es el “destete” de los sentimientos, en el cual hace falta caminar por la fe (2 Cor 5,7.16) y perseverar a pesar de todo, sabiendo en quien hemos puesto nuestra confianza (2 Tim 1,12). Si en medio de nuestra sequedad mantenemos firme esta voluntad, y queremos orar aunque nos parezca estéril la oración que hacemos, agradamos a Dios. El gusto en la oración no es buen criterio del valor de la oración, ni de la presencia de Dios en ella. “Cuanto más nos priva Dios de sus consuelos, tanto más debemos esforzarnos en testimoniarle nuestra fidelidad” dice S. Francisco de Sales (Conversaciones espirituales, 17,3). Cf. CEC. , n. 2731.


Es bueno aferrarse en estos momentos a los recursos más fundamentales de la fe: la Eucaristía (adoración del Santísimo es una excelente oración/escuela de fe) y las Escrituras (salmos, evangelios). La oración vocal, el uso de imágenes, y la lectio divina (lectura meditativa) pueden mitigar hasta cierto punto el tedio de la aridez.


Hay que saber que es la doctrina común de los maestros de la vida espiritual que la oración fiel hecha en estos tiempos de sequedad es más meritoria y aprovecha más que la oración llena de consolaciones y arrobos en otro tiempo.


 (Fuente: Rosalía López Briega)


 


 
 

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