Y pensé que Dios sería...

Sabio y cariñoso, sincero y asequible, bueno como un Padre.

 
Y pensé que Dios sería...

 Vi los giros de un águila en el cielo: energía, altura, atrevimiento, grandeza. Y pensé que Dios sería sublime, solemne, majestuoso, soberanamente libre.



Vi la filigrana de una flor exótica, los insectos tan variados que en ella paseaban, la delicadeza de sus estambres y el color violáceo de sus pétalos. Y pensé que Dios sería artista, lleno de fantasía, delicadeza y buen gusto.


Vi el caminar sereno de un anciano, sus ojos pequeños, su mirada profunda, su bastón tembloroso y las caricias con las que recibía a uno de sus nietos. Y pensé que Dios sería sabio y cariñoso, sincero y asequible, bueno como un Padre.


Vi un hombre que tramaba nuevos males. Con su libertad ha escogido matar, despiadadamente, a hombres y mujeres desprevenidos. Y pensé que Dios había arriesgado mucho al dar la libertad a quienes son capaces del mal casi sin límites, de egoísmos atroces, de venganzas despiadadas.


Vi una enfermera que humedecía con ternura los labios de una anciana moribunda. Y pensé que Dios no se equivocó al hacernos libres: simplemente puso en nuestras manos posibilidades de amor y de servicio con quienes sufren y lloran a mi lado.


Vi un sacerdote que repartía, generosamente, el Cuerpo de Cristo. Sin distinguir si se acercaban pobres o ricos, ancianos o niños, hombres o mujeres, pecadores o santos. Y pensé que Dios sería asequible como un pedazo de pan, dispuesto a darse a todos, deseoso de repartir gracia y vida a quienes lo acogen con fe y lo aman como hijos perdonados.


Vi un Evangelio y empecé a leer palabras de esperanza y de vida. Me hablaban de misericordia, de una alegría inmensa por los pecadores que dejan de vivir como errabundos, de un Jesús Hijo y hermano que busca la oveja perdida. Y pensé que Dios sería un Padre loco de amor, porque prefirió dejar morir al Hijo antes de enviar azufre y fuego para destruir a quienes vivimos en pecado.


Vi una noche llena de estrellas que temblaban encima de un viejo cementerio. En las tumbas, cruces de madera, de mármol o de cemento querían levantarse al cielo, recoger aquellos restos, invitar al visitante a soñar en la patria verdadera, conquistada con la Sangre de un Cordero. Y pensé que Dios me ama como nadie, me espera con anhelos de encuentro, me tiende una mano taladrada para que pueda subir, poco a poco, hacia un abrazo eterno. Que Dios sería misericordia infinita, amor completo, locura de entrega, caridad tierna y fresca como rocío mañanero...


Fuente: Catholic.net



 


 


 
 

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