¿Cómo presentar mis heridas a Cristo en la oración?

La oración es presentar mis heridas a Cristo, dejar que tome mi corazón, mi historia, y mis sentimientos: toda mi miseria para que Él los coloque en su corazón.

 
¿Cómo presentar mis heridas a Cristo en la oración?

Y allí yo vea cómo se transforman por su amor misericordioso: en vida, en esperanza, en plenitud.


Es un donar mis heridas a Cristo para que me done su misericordia. Miseria y misericordia se juntan para obrar el misterio del amor de Dios que solo se logra desde un corazón confiado.



Apertura: entrar a la oración con un corazón abierto, con el alma desnuda, con mi espíritu ligero. Si abro mis heridas, Dios las sana, Él es médico. Podré volar, revestirme de su amor y compañía; mi corazón latirá al mismo ritmo que el suyo.



Acción de gracias: comenzar la oración, mi "examen médico" agradeciendo a Dios todo lo que me ha dado, enciendo mi alma de amor por lo que me quiere. También darle gracias por lo que me ha quitado, cómo me ha guiado. Él nada quita y todo lo da.


Arrepentimiento: Que mi corazón se sienta realmente triste, por haber ofendido al amigo, no por verme imperfecto. Que este arrepentimiento surja por amor, desde el amor y en el amor.


Alegría: Es la alegría de quien quiere sanar, confía en que puede sanar y quien sabe que acude a quien lo puede sanar. Es una alegría profunda, un gozo. Cristo es feliz de vernos y de curarnos. Que me alegre de recibir su amor.


Amor: que sea un acto de amor, no de temor. Señor te he ofendido, he amado poco. Enséname a amar. Contemplar su vida terrena, dejar que su Palabra se hunda en mi vida y dejarse caminar el corazón por este amor que no tiene fin.


Admiración: maravillarse de lo que sucede, quedo limpio, esto vivo, sus heridas me han curado.


Amnesia: Dios sufre esta enfermedad, pérdida de memoria. No recuerda ya nuestros pecados. Ojalá nosotros tampoco recordemos nuestros pecados y sí su misericordia. Su perdón es profundo, total y si Él nos perdona. ¿Quién soy yo para no perdonarme o para preocuparme de algo que Él ya no recuerda?


Alabanza: alabar a Dios por ser tan cercano y por respetar mi libertad. Él me espera, no empuja.


Amistad: renovar mi amistad con Él, amistad que queda sellada en cada confesión con mi apertura y con su misericordia. Es un pacto de sangre, la mía y la tuya se juntan y quedo lavado por la tuya.


Abrazo de un Padre: experimentar el abrazo del Padre de las misericordias, que me estrecha con tanta fuerza que apenas me deja hablar. Es un amor incondicional, todo lo perdona. Que mi propósito sea amar más, amar mejor y no ofender a mi Padre.


 Para la oración



¿Cuál de estos pasos me cuesta más o está ausente en mi oración?



¿Cómo vivo mi confesión? ¿Me preparo para este encuentro? ¿Soy capaz de examinarme bien, ver mis actitudes y desnudar mi alma ante Cristo para que Él la sane?



¿Qué dificultades experimento en la oración, en la confesión que me impiden presentar mejor mis heridas? ¿Tengo alguna herida escondida que no presento?



Mis heridas en las tuyas, mi miseria en tu misericordia. Quiero vivir la más alta expresión de tu amor para crecer, volar, ser libre, sanar y alcanzarte Señor. Sin tu misericordia el mundo no existiría. Sin tu misericordia mi corazón no existiría, no podría amar porque no sabría ser amado.



(Fuente: La Oración – Autor: P. Guillermo Serra L.C.)



 
 
  • NOMBRE MARGARITA
    DESCRIPCIONrealmente excelente si pudiera conocer el amor grande de Dios no tendria miedo al mañana,descansaria en "EL" y en su bendita misericordia,pero siempre pienso en lo que lo ofendi.y eso me paraliza en mi Fe.Por eso gracias por la Nota y que Dios Bendiga a YO CREO
  • NOMBREpaola
    DESCRIPCIONhermoso
  • NOMBREpaola
    DESCRIPCIONhermosa
  • NOMBRE: Angelo Lopez
    DESCRIPCION; «Clamaste en la aflicción y yo te libré» (Sal 80,8) La Iglesia hoy, como siempre, al menos en determinadas regiones, sufre muchas aflicciones de origen interno y grandes persecuciones del mundo. La mayoría de los bautizados se mantiene habitualmente alejada de la Eucaristía y de la oración. Sobre todo en los países más ricos, muchos padres cristianos apenas tienen hijos, y profanan la santidad del matrimonio. El aborto, legalizado por el Estado y socialmente admitido, es un crimen frecuentísimo. Las vocaciones sacerdotales y religiosas son muy escasas. El sacramento de la penitencia ha desaparecido prácticamente de no pocas Iglesias, y es sustituido a veces con sacrilegios. La abundancia de los cristianos ricos, más ricos que nunca, no es capaz de socorrer de verdad a muchedumbres famélicas hasta la muerte. Innumerables errores doctrinales y morales son difundidos entre los fieles sin que hallen una rectificación suficiente. El Evangelio en el mundo avanza muy poco, o más bien retrocede. El terrorismo, la guerra, la droga, el sida, el vaciamiento de la cultura, la ignorancia y el rechazo de la tradición, la perversión de las costumbres y de los medios de comunicación, como la televisión... Son muchos los males que abruman al mundo y a la Iglesia. Pues bien, es la soberbia la causa principal de todos estos males de la Iglesia: es ella la que produce rebeldías doctrinales y disciplinares, la que se avergüenza de la Cruz de Cristo, y lleva a gozar del mundo lo más posible, despreciando la Voluntad divina y olvidándose de los pobres... Es igualmente la soberbia la que lleva a las Iglesias locales más enfermas a buscar remedio para sus males allí donde en modo alguno van a encontrarlo. Ella, la soberbia, ciega a la Esposa y le impide volverse a su Señor humildemente, solicitando su ayuda desde lo más hondo de su miseria: «desde lo más profundo a ti grito, Señor» (Sal 129,1). En esta vida la Iglesia, como Pedro aquella vez en el lago, camina hacia el Señor sobre las aguas, únicamente sostenida por su fe y su esperanza. Por eso, cuando su fe vacila en medio de la tormenta, ha de clamar: «¡sálvame, Señor!» (Mt 14,30), «¡sálvanos, Señor, que perecemos!» (8,25). Y entonces la salvación de Jesús llega, poderosa e infalible. Pero hace falta que la Esposa, «desde lo más profundo» de su ignorancia y debilidad, desesperada completamente de sus propias fuerzas, ponga toda su esperanza en su único Salvador. Entonces, necesariamente, recibe con abundancia maravillosa la salvación. Es ésta una ley permanente en la historia de la salvación, que no puede fallar: «invócame el día del peligro, yo te libraré, y tú me darás gloria» (Sal 49,15). Es, pues, urgente que hoy aprendamos a clamar al Señor en la aflicción, enseñados por Israel y por la Iglesia de nuestros padres: «¿No hará Dios justicia a sus elegidos, que claman a Él día y noche, aun cuando los haga esperar? Yo os digo que les hará justicia prontamente. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?» (Lc 18,7-8)

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