"Dar hasta que duela"

"El Profeta", de Khalil Gibran, es un clásico de la literatura universal. De allí tomamos estos pensamientos luminosos.

 
"Dar hasta que duela"
Entonces, un hombre rico dijo: "Háblanos del dar."  

Y él contestó: 

Dan muy poca cosa cuando dan de lo que poseen.  

Cuando dan algo de ustedes mismos es cuando dan realmente. 

¿Qué son vuestras posesiones sino cosas que atesoran por miedo a necesitarlas mañana? 

Y mañana, ¿qué traerá el mañana al perro que, demasiado previsor, entierra huesos en la arena sin huellas mientras sigue a los peregrinos hacia la ciudad santa?

¿Y qué es el miedo a la necesidad sino la necesidad misma? 

¿No es, en realidad, el miedo a la sed, cuando el manantial está lleno, la sed inextinguible? 

Hay quienes dan poco de lo mucho que tienen y lo dan buscando el reconocimiento y su deseo oculto malogra sus regalos.

Y hay quienes tienen poco y lo dan todo. 

Son éstos los creyentes en la vida y en la magnificencia de la vida y su cofre nunca está vacío. 

Hay quienes dan con alegría y esa alegría es su premio. 

Y hay quiénes dan con dolor y ese dolor es su bautismo. 

Y hay quienes dan y no saben del dolor de dar, ni buscan la alegría de dar, ni dan conscientes de la virtud de dar. 

Dan como, en el hondo valle, da el mirto su fragancia al espacio. 

A través de las manos de los que como son como éstos, Dios habla y, desde el fondo de sus ojos, El sonríe sobre la tierra.  

Es bueno dar algo cuando ha sido pedido, pero es mejor dar sin demanda, comprendiendo. 

Y, para la mano abierta, la búsqueda de aquel que recibirá es mayor goce que el dar mismo. 

¿Y hay algo, acaso, que podáis guardar? Todo lo que tenéis será dado algún día. 

Dad, pues, ahora que la estación de dar es de ustedes y no de vuestros herederos. 

Decís a menudo: "Daría, pero sólo al que lo mereciera." Los árboles en vuestro huerto no dicen así, ni lo dicen los rebaños en vuestra pradera. 

Ellos dan para vivir, ya que guardar es perecer. 

Todo aquel que merece recibir sus días y sus noches, merece -seguramente- de vosotros, todo lo demás. 

Y aquel que mereció beber el océano de la vida, merece llenar su copa en vuestro pequeño arroyo. 

¿Y cuál será mérito mayor que el de aquel que da el valor y la confianza -no la caridad- de recibir?

¿Y quiénes son ustedes para que los hombres les muestren su seno y les descubran su orgullo para que así vean sus merecimientos desnudos y su orgullo sin confusión? 

Miren primero si ustedes mismos merecen dar y ser un instrumento del dar. 

Porque, la verdad, es la vida la que da a la vida, mientras que vosotros, que se creen dadores, no son sino testigos. 

 

Y ustedes, los que recibís -y todos sois de ellos- no asuman el peso de la gratitud, si no quiren colocar un yugo sobre vosotros y sobre quien les da. 

Elévense, más bien, con el dador en su dar como en unas alas. Porque exagerar vuestra deuda  es dudar de su generosidad, que tiene el corazón libre de la tierra como madre y a Dios como padre. 

 
 

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