¿De qué le sirve al hombre ganar su vida?

“Me sedujiste y me dejé seducir”. Comentario del Evangelio del Domingo, por Emilio Rodríguez Ascurra.

 
¿De qué le sirve al hombre ganar su vida?

La experiencia de conversión de todo cristiano debería poder sintetizarse en la expresión de Jeremías: “Me sedujiste y me deje seducir” (Jer. 20,7), a la iniciativa que procede del Padre debe seguirle una respuesta favorable y desinteresada del hombre. Esto implica hacerse uno, configurarse de tal modo con el Señor, que ya todo resulte superfluo delante de su presencia, y se esté dispuesto a aceptar la cruz del Señor como propia con la mirada puesta en la gloria de la resurrección, sino el binomio quedaría incompleto.


Jeremías debió padecer la burla y el descreimiento por parte de sus contemporáneos, así también el cristiano es objeto de burla frente a una sociedad que privilegia lo individual por sobre lo comunitario, el confort por sobre la solidaridad, el relativismo por sobre la verdad, y rechaza todo aquello que cause dolor, incluso las formas manifiestas de este, pues aun cuando es inevitable prefiere no sentirse rehén de él y disfraza sus formas.


La cultura de lo efímero, de la moda, del narcicismo hedonista, como gusta llamarlo Gilles Lipovetsky en “La era del vacío”, deja al hombre cubierto de cosas frente al vacío del dolor y del sufrimiento. Al mismo tiempo rápidamente se cae en dos posturas ilusorias: el activismo, que no reconocen a Dios en la historia y buscan hacerlo todo a imagen y semejanza propia, y los pasivistas, sin ánimo ni intención para influir en el transcurso de la historia, miran desde afuera sin comprometerse, muchas veces incluso revestidos de numerosas críticas literarias, discursivas, etc., que son solo una cortina de humo.


Unos y otros prefieren apartar lo dificultoso de su vida y claman como Pedro “Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá” (Mt. 16,22). Quien acepta ser cristiano lo hace de manera íntegra e integral, confeccionando una vida en la que las vicisitudes son parte del camino, donde la cruz es no solo algo a lo que ninguna persona puede renunciar sino que es necesaria como camino de salvación, no puede salvarse quien antes no pasa por la prueba de la cruz, del mismo modo que no obtiene un premio si antes no acomete un gran esfuerzo.


Ser cristianos es ir a contracorriente de la promesa temporal y mundana, “no tomen como modelo a este mundo” (Rom. 12,2), con la confianza puesta en que quien conquista su propia vida para mayor gloria de Dios, haciendo de lo cotidiano un espacio de santificación alcanzará los bienes de arriba, “porque el Hijo del hombre (…) pagará a cada uno de acuerdo con sus obras” (Mt. 16,27).-


(Fuente: EMILIO RODRIGUEZ ASCURRA / contactoconemilio@gmail.com / Twitter: @emilioroz)


 
 

COMENTÁ ESTA NOTA

Código de Validación