¡Dejáte amar!

Para amar, hay que dejarse amar. Este es el secreto para que nuestro amor no sea fingido, ni calculado; sino que brote desde nuestro más sincero interior.

 
¡Dejáte amar!

Estas palabras, Jesús las pronuncia en la intimidad de una cena con amigos y en tono de tierna despedida, porque había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre. También ahora, Jesús nos llama a nosotros “amigos”. Él nos considera sus amigos, porque también hoy nos está dando a conocer las cosas de Dios, ¡y nosotros lo podemos escuchar! En ese mismo clima de dramática confidencia, y de sensación de que todo se está por acabar, en donde las palabras cobran una intensidad especial; Jesús nos dice: “Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los amé.” Pero, ¿a quién se le ocurre, en esta situación límite, mandar algo, exigir semejante cosa? Sabemos que Jesús nunca nos cargaría con un peso imposible de sobrellevar. Este mandamiento, tampoco es un ideal tan hermoso como inalcanzable. Entonces, ¿qué tipo de mandamiento es este? Se trata del mandamiento principal de Jesús. Es el testamento que nos dejó antes de su partida. Es el llamado mandamiento del amor.


 “Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los amé.” Si nos animamos a profundizar en estas palabras de Jesús, vamos a descubrir que más que de un mandato, se trata de un regalo; y, más que una obligación que tenemos que cumplir, es un derecho del que tenemos que gozar. Porque este mandamiento guarda en su interior un secreto, algo así como un tesoro escondido. La clave que Jesús nos revela hoy, y que muchos descubrieron en su vida, es esta: para amar, hay que dejarse amar. Es dejándonos amar, que vamos a poder amar. Este es el secreto para que nuestro amor no sea fingido, ni calculado; sino que brote desde nuestro más sincero interior ¡Pero para amar más, tenemos que dejarnos amar más! Pareciera que con tantas obligaciones y horarios que cumplir, ya no queda tiempo para dejarnos amar, para disfrutar realmente, para detenernos a contemplar, y no solamente para mirar al pasar. Disfrutemos de las cosas tal como son, sin olvidarnos de luchar por la justicia y porque mejoren algunas. Disfrutemos de amar a las personas, primero, como son; sin intentar cambiarlas y pretender que sean como nosotros queremos. Disfrutemos de amarnos a nosotros mismos tal como somos, con nuestras características y defectos, creciendo en la paciencia y la tolerancia con nuestros propios errores. Disfrutemos de tantas cosas que son un regalo para nosotros, porque no hicimos nada para que estuvieran ahí, y que existen para que gocemos de ellas: disfrutemos de un cielo despejado, de un colorido atardecer, de los hermosos paisajes… Con todas estas actitudes, que parecieran innecesarias y hasta inútiles, nos podemos ir llenando interiormente de amor; se va ampliando, poco a poco, nuestra capacidad de amar. También es muy importante disfrutar sabiendo que todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el sol. Disfrutemos dándole a  cada cosa a su tiempo: su tiempo de nacer, de crecer y madurar. Y también, aunque nos cueste, su tiempo de morir. Disfrutemos dándonos tiempo a nosotros mismos, sin presionarnos y exigirnos sin piedad. Y, también, hagamos lo mismo con los demás.


 “Como el Padre me amó, también Yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor.” Así es que están tan unidas nuestra capacidad de amar y las palabras que nos dice Jesús de permanecer en Él. Porque es en la cercanía con Jesús, que vamos aprendiendo a amar como Él lo hace. Amar con su paciencia, su capacidad de aceptación, y su sacrificio. A amar con sus tiempos. Este mandamiento es toda una nueva forma de relacionarnos con los demás. Amar como Él nos ama, es animarnos a amar con su mismo amor. Y esto no es algo imposible, por la sencilla razón de que Él nos da de su propio amor.


 Ojalá podamos escuchar hoy a Dios, que nos dice al corazón: “Dejáte amar por mi amor. Entregáte a mi amor que no pone condiciones, ni te pide nada a cambio. Entregáte a mi amor. No te andes regalando a cualquier amor, que no te puede llenar, y que siempre te va a dejar vacío, con esa horrible sensación de soledad que ya conocés. Vos te merecés un amor que te plenifique libremente, no un amor que te esclavice y te someta. Yo te pensé y te hice con una inmensa capacidad de recibir y de dar amor ¡Así es, criatura mía! El fruto abundante que quiero que des, es el fruto del amor. Porque el amor es lo único que no va a pasar, lo único que va a permanecer es el amor. Yo soy Amor.”


(Fuente: YO CREO / Autor: Javier Di Benedetto)

 
 

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