Peripecias de un Rabino en el Vaticano - Por Marcelo Polakoff
La semana pasada estuve 48 horas en Roma, acompañando a los presidentes de las comunidades judías de 13 países de América Latina, en la primera visita oficial a un Papa que organizó el Congreso Judío Latinoamericano.
Me tocó ser el único rabino de la delegación, y tal vez desde ese rol, donde se mezclan -aún cuando uno no lo note de entrada- las enseñanzas ancestrales de nuestros sabios y rabinos, entre los que indudablemente se hallaba Jesús, estar ante el Sumo Pontífice no fue, por cierto, una experiencia pequeña.
Más aún cuando este Papa, nacido en Alemania, y miembro involuntario de las juventudes hitlerianas (todo alemán adolescente formaba parte de sus cuadros gracias a un decreto del Reich que los obligaba a registrarse) era el sucesor de Juan Pablo II, que había marcado un antes y un después en el vínculo judeo-católico en base a su visita a la sinagoga de Roma, a Jerusalén, a Auschwitz y a otros tantos magníficos gestos que se resumieron divinamente en su dulce referencia a los judíos como “nuestros hermanos mayores”.
Benedicto XVI, en ese entonces todavía Joseph Ratzinger, había acompañado al anterior Papa en 1979 en su recorrida por el campo de concentración más tristemente célebre de la historia y cuando regresó al mismo -treinta años después-, el Santo Padre señaló: «Tomar la palabra en este lugar de horror, de acumulación de crímenes contra Dios y contra el hombre que no tiene parangón en la historia, es casi imposible; y es particularmente difícil y deprimente para un cristiano, para un Papa que proviene de Alemania...No podía no venir aquí. Debía venir...En el fondo, con la aniquilación de este pueblo, esos criminales violentos querían matar a aquel Dios que llamó a Abraham, que hablando en el Sinaí estableció los criterios para orientar a la humanidad, criterios que son válidos para siempre... En realidad, con la destrucción de Israel, con la Shoá, querían en último término arrancar también la raíz en la que se basa la fe cristiana, sustituyéndola definitivamente con la fe hecha por sí misma, la fe en el dominio del hombre, del fuerte».
Estas palabras tan vigorosas fueron confirmadas por el Papa cuando el año pasado sacó a luz el segundo tomo de su biografía sobre Jesús de Nazaret, en la que queda más que claro -desde un punto de vista ampliamente ilustrado desde lo teológico y lo académico- lo mismo que señalara oficialmente como doctrina de la Iglesia el Concilio Vaticano II al declarar en 1965 que el asesinato de Jesús “no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy”.
En el discurso que nos brindara el jueves pasado, el Papa también ahondó en el párrafo siguiente de ese documento vaticano llamado “Nostra Aetate”, recordando que “Esta Declaración no sólo asumió una neta posición contra toda forma de antisemitismo, sino que sentó también las bases para una nueva valoración teológica de la relación de la Iglesia con el judaísmo, y manifestó su confianza en que el aprecio de la herencia espiritual compartida por judíos y cristianos llevaría a una comprensión y estima mutua cada vez mayor”.
Esa comprensión y estima mutua también palpé en el Vaticano.
Durante la pequeña conversación personal que mantuve con Benedicto XVI, y mientras le entregaba el libro que escribimos con el rector de la Universidad Católica de Córdoba, el padre Rafael Velasco (“En el nombre del Padre y del Rabino”), le pregunté si sabía cuál era el significado de su nombre -“Joseph”- que obviamente es de origen hebreo. Para mi sorpresa me dijo que no, así que se lo expliqué. “Joseph”, le comenté, (como “José”) proviene del hebreo “Iosef” y está asociado a una raíz que implica “sumar, agregar”. Por ello le dije que este tipo de encuentros en realidad estaban “sumando” diálogo, y que eso no era ni más ni menos que la tarea del “Sumo Pontífice”, es decir la de crear puentes, y que evidentemente aquello lo hacía “bendito”, nada menos que su nuevo nombre, “Benedicto”.
El Papa se sonrió, y yo también.
Y con ese cálido saludo me fui bastante “empapado”.
MP/ Yo Creo