¡Jesús!, déjanos tocarte

El Evangelio de este domingo muestra a un Jesús popular, rodeado de gente que lo sigue. Escondidos entre la muchedumbre estamos tu y yo, esperando tocar el manto del Señor.

 
¡Jesús!, déjanos tocarte

Y el evangelista narra dos hechos extraordinarios, en un mismo momento: la resurrección de la hija de Jairo y la curación de las hemorragias de una mujer que “había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor”.


San Marcos no menciona el nombre de la mujer. Quizá porque luego del milagro haya desaparecido entre el gentío que rodeaba al Maestro, o porque su atención estaba puesta en el pedido de un padre por su niña enferma, a punto de morir.


Es entonces que esta mujer, sin nombre, se mete entre la gente que apretujaba al Señor y establece un plan. Un plan absolutamente “disparatado”. Ella piensa que si toca la túnica de Jesús –ni siquiera las manos del Señor o sus brazos o sus piernas o estableciendo un contacto visual-, sólo la tela que recubre su cuerpo divino, quedará curada.


Y entonces Jesús le descubre su “plan” y pregunta "¿Quién tocó mi manto?"


Imaginemos a los discípulos..., apretados de todos los costados por la gente que no deja siquiera avanzar a la comitiva. Se miran entre ellos. Quizá el mismo Marcos -por lo bajo- alcanzó a decirle a Pedro o a Juan o a Santiago “¿Jesús está bromeando?, ¿no ve que casi no podemos avanzar por la gente y pregunta quién lo ha tocado? Yo llevo horas de apretujones y pisotones..” Pero Jesús quiere mirar a esa mujer llena de fe. El evangelista dice claramente que el Señor “se dio cuenta enseguida de la fuerza que había salido de él” y la busca con su mirada.


Se establece el contacto visual. Se miran. Ella un poco avergonzada se arroja a los pies de Jesús y los abraza. Parece como que el Señor ha querido regalarle ese pequeño momento de “intimidad” con Él después de la fe ciega demostrada por esa mujer sin nombre. Y entonces le dice lo que a muchos a lo largo de sus tres años de vida pública: "Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad".


Te invito a que hoy le pidas a Jesús que nos deje –apenas- tocar su manto. Para que nos ayude a sacar de nosotros esos vicios que nos esclavizan, esas malas costumbres, esa tristeza que no nos deja seguir. Que nos permita “rozarlo” levemente, para que se de cuenta de que estamos detrás de El, siguiéndolo como podemos, a pesar de nuestras caídas y revolcones. Y que lo escuchemos decirnos, como a esa mujer llena de fe, “vete en paz, tu enfermedad queda curada”.


(Fuente: Yo Creo)


 
 

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