“Jesús lo miró con amor…”

Todos los evangelistas relatan el encuentro entre Jesús y el joven rico. Pero sólo uno de ellos se detiene en la mirada del Señor.

 
“Jesús lo miró con amor…”

No es fácil correrse de esa mirada de amor, con la que fue mirado el hombre rico del Evangelio, que tenía no sólo muy buenas intenciones delante de Cristo sino que además era un judío piadoso. El relato de Marcos es el único que registra este mirar de Jesús hacia su interlocutor: “Jesús lo miró con amor y le dijo…” (cfr. Mc10,17-22). Todas las miradas de Cristo están transidas de esa luminosa bondad que brota de un corazón infinitamente misericordioso y perfectamente humano, como es el Corazón Sacratísimo del Señor. Sin embargo, en este caso puntual, el evangelista anota que “lo miró con amor”. Quizá los discípulos, que acompañan al Maestro en sus caminatas, pudieron registrar que no fue un mero cruce de miradas. Ellos advirtieron  enseguida que el Señor se quedó con la mirada prendada en el corazón de un hombre tan noble cuya única aspiración decía era ir al Cielo.


El encuentro no tuvo un final feliz, hasta donde nosotros podemos saber, porque la propuesta que le hará Jesús: ese último peldaño que le falta subir para llegar a la cima de todas sus aspiraciones, le costó más que todos los esfuerzos de su vida. “Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el Cielo. Después, ven y sígueme”, son las palabras que siempre nos dirá Jesús… Hay algo que hemos dejado afuera, algo que no vimos, algo que echamos de menos, una cosa tan necesaria antes que otras. Cuando pensamos que tenemos la batalla ganada, Dios nos revela que siempre habrá algo más por vencer.


Desde esa honda pena con la que Jesús ve marcharse al hombre que no quiso continuar en el campo de batalla, porque tenía muchos bienes materiales que lo tenían atenazado desde sus entrañas mismas, entonces entendemos la gravedad de esas afirmaciones tan contundentes que el Maestro le dirige a sus seguidores: “Les aseguro que difícilmente un rico entrará en el Reino de los  Cielos. Sí, les repito, es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos”.


Pedro intuye el dolor que lastima el corazón humano de Cristo y arremete antes que los demás para consolar, de algún modo, a su amigo Jesús: “Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. La frase señala esos dos momentos constitutivos e inseparables del ser discípulos: la renuncia y el seguimiento, el dejar y el tomar, el soltar y el dejarse agarrar… Las palabras que siguen de Jesús ponen el acento en el seguimiento: “ustedes que me han seguido también se sentarán en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel”


La grandeza de esta vocación cristiana no está en lo mucho que uno ha de rescindir o dejar atrás, la grandeza estriba en la totalidad de un amor inconmensurable con que somos abrasados por Dios. Ciertamente, somos lúcidos del esfuerzo que entraña el llamado a la conversión, que digamos es un estado permanente en esta peregrinación hacia el Cielo. No obstante, esos esfuerzos  no pueden tener más justificación que el de arrimarnos a la cercanía de Cristo, quien ya se nos adelantó con su amor hasta el extremo desde hace algunos siglos…


Podría pasarnos, tristemente, que nos hayamos desprendido de tantas cosas, que hayamos ejercitado numerosas renuncias en lo que va de nuestra vida, y todavía no tengamos la certeza de que vamos caminando encima de las pisadas que Cristo ha dejado en los valles de la historia humana. Lo importante no es la nostalgia de aquello que dejamos libremente, sí importa que podamos experimentar la intensa mirada de amor con que fuimos admirados por el Cristo que pasa constantemente a nuestro lado. Porque su mirada de amor es la razón anterior a cualquier otra razón que podrá explicar la magnitud de lo que llamamos Cristianismo.


(Fuente: Padre Claudio Bert)


 
 

COMENTÁ ESTA NOTA

Código de Validación