¿Qué ambiciones entorpecen mi entrega?

¿Qué ambiciono? A lo mejor más cosas de las que pienso...

 
¿Qué ambiciones entorpecen mi entrega?

¡Qué fácil olvidar el amor de Dios en mi vida cuando otros amores seducen! Cuando toca lo que amo y caigo herido. Cuando me quiere arrebatar lo que me ha dado.


Dios da, y para siempre. Aunque nos guste el aquí de esta tierra. El aquí hecho de barro y tiempo, de días y abrazos.


Levanto la mano ofreciendo y esperando, al mismo tiempo. Es posible que surja una voz que me libere de mi ofrenda. Que acepte con agrado mi sí bien dispuesto, mi generosidad magnánima, mi intención segura de estar dispuesto a dar la vida.


No quiero callarme. Vuelvo a entregar a mi hijo, mi tesoro, la piedra escondida en mi alma, esa bola de oro que me pesa en lo más hondo. La entrego inscribiendo mi corazón en el de Cristo.


Debe ser el único modo de caminar en Cuaresma. Caminar de su mano. Anclado en su alma herida. Sí, ahí, en su hendidura. En la grieta de su corazón que tanto ama.


Quiero tener la generosidad escrita para siempre en mi corazón. Que puedan decir de mí que no me guardaba nada. No es tan sencillo. Nos da miedo perder lo que hemos recibido. Nos apegamos con tanta fuerza... Es tan grande el afecto...


El corazón se rebela contra su suerte. Quiero darlo todo y, a la vez, me lo guardo torpemente. ¿Qué ambiciono? A lo mejor más cosas de las que pienso. Quiero aprender a ser como Jesús. Tan generoso. Tan libre. Tan atado a ese amor que nunca pasa.


(Fuente: Aleteia / Autor: Padre Carlos Padilla)

 
 

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