¡Que ardamos por Jesús!

Una sencilla historia, pequeña como las palabras que la sintetizan, nos interpelan sobre la magnitud de nuestro amor por el Señor.

 
¡Que ardamos por Jesús!

Hace unos días un sacerdote amigo compartió conmigo una anécdota sobre una señora anciana que estaba ya muy enferma y que era consciente de que pronto se presentaría cara a cara con el Señor.



Edith, así se llamaba, estuvo imposibilitada de moverse por mucho tiempo, durante el cual, pidió a este sacerdote, que le llevara la comunión todos los días. Y así, salvo excepciones, recibió al Señor en la Eucaristía hasta el mismo día de su muerte.



Lo particular de esta historia era la forma en que Edith saludaba al cura cuando llegaba a su casa diariamente. No eran los típicos “buenos días” o “buenas tardes”. O referencias sobre el calor o el frío del día. Simplemente ella le disparaba a quemarropa:



-       “¿Me trajo a Jesús?”



No había ninguna antesala a esa pregunta. Era como un niño –perdón Señor por la comparación- que -poniendo delante de un gran kiosco de golosinas- se abalanza sobre ellas. No perdía tiempo. Lo único que le importaba era si le habían traído a Jesús.



He reflexionado mucho y anoté la pequeña gran frase en mi teléfono para no olvidármela, aunque no haya sido necesario recurrir a él, porque este disparo a quemarropa me lo hago a mi mismo cuando me pregunto si sería capaz de sentir ese amor tan enorme por el Señor como el que tenía esta mujer.


Cuántas veces he dejado de pasar un segundo a saludarte por tu Sagrario, Señor mío.


Cuántas veces te recibí y salí corriendo de la Iglesia sin saborearte, sin agradecerte, sin estar a solas contigo un rato.


Cuántas veces me he perdido la oportunidad de comulgar.



Ojalá Edith nos de, ahora desde el Cielo, ese ardor de amor que se no nos note cada vez que estemos cerca de Jesús, en una visita, en la Santa Misa o recibiéndolo en las formas sagradas.


Fuente: Yo Creo


 
 

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