¡Que no nos roben la esperanza!

¿Por qué los antiguos griegos daban gran importancia a esta virtud?

 
¡Que no nos roben la esperanza!

Según cuenta la conocida leyenda de la mitología griega, los dioses, celosos de la belleza de Pandora, una princesa de la antigua Grecia, le regalaron una misteriosa caja, advirtiéndole que jamás la abriera. Pero un día, la curiosidad y la tentación pudieron más que ella, y abrió la tapa para ver su contenido, liberando así en el mundo todas las grandes aflicciones que hoy existen. 


Pudo cerrarla justo a tiempo de evitar que se escapara también la esperanza, que es el único valor que hace soportables las numerosas penalidades de la vida.

Y no parece que faltara razón a los hombres de la antigua Grecia cuando valoraban en tanto la esperanza. Porque ella no es la simple ilusión ingenua de que, al final, y no se sabe bien por qué, todo irá bien. Se trata más bien de tener fe en que uno puede -con la ayuda que sea necesaria- superar las dificultades.

Como ha señalado Josef Pieper, la pérdida de la esperanza suele tener su raíz en la falta de grandeza de ánimo y en la falta de humildad.

La grandeza de ánimo hace que nos decidamos por la mejor posibilidad  entre todas las posibles (probablemente no sea la más fácil), y nos impulsa resueltamente a poner lo mejor de nosotros para conseguirlo.

La humildad nos coloca ante las propias posibilidades, previniendonos de las idealizaciones falsas y ayudandonos a la realización auténtica.

La desesperanza es como el envejecimiento del espíritu, la presunción es lo contrario, una especie de infantilismo espiritual.

No me estoy refiriendo a la desesperanza como estado de ánimo en que se cae temporalmente, sino como un acto voluntario por el que el hombre desdeña algo a lo que podría aspirar. Porque quien tiene dudas, puede adherirse o no a ellas o puede decidirse por abrirse a la esperanza. Esto es lo que hace que podamos construir nuestro carácter,  elegir de acuerdo con lo que nos parece que debemos ser y no abandonarnos a nuestras reacciones espontáneas.

La desesperanza supone siempre un desgarro interior, pues va dirigida contra los anhelos propios de nuestra naturaleza. Y es además un error peligroso para la vida moral del hombre, ya que todas sus realizaciones están ligadas a la esperanza, Si falta, nos dejamos caer en muchos extravíos.

El principio y la raíz de la desesperanza suele estar en la pereza. A la desesperanza no se llega de modo repentino, sino por una paulatina dejadez, que a su vez conduce a una tristeza que paraliza, en un círculo vicioso muy bien trabado.

Quizá por eso se ha dicho tanto que la pereza es la madre de todos los vicios. Y quizá también por eso, para superarla, no basta con laboriosidad y diligencia, sino que también hay que fomentar la grandeza de ánimo y el optimismo.

Rendirse a la pereza y la desesperanza es siempre una renuncia malhumorada y triste que engendra, primero indiferencia, y después evasión de la realidad, muchas veces escondida bajo la forma de cinismo.

El hombre perezoso prefiere sustraerse de la obligación de la grandeza. Es como una humildad pervertida, que no quiere aceptar su verdadera condición y sus talentos, porque implican una exigencia. Es como un enfermo que no quiere curarse para que no le exijan lo que se espera de una persona sana.

Por esto la sabiduría griega daba tanta importancia al cultivo, desde muy jóvenes, de la esperanza, sin la cual la vida pierde sus colores.

 

Alfonso Aguiló Pastrana

Fuente Chatolic.net (adaptación)
 
 

COMENTÁ ESTA NOTA

Código de Validación