‘Yo soy el camino, la verdad y la vida’

En nuestros días es habitual observar la existencia de un “cristianismo a la carta”. Comentario del Evangelio del Domingo, por Emilio Rodríguez Ascurra.

 
‘Yo soy el camino, la verdad y la vida’

La promesa del retorno mesiánico luego de la ascensión de Jesús a los Cielos parece inminente, de hecho durante algún tiempo los discípulos vivieron expectantes de la misma, sin embargo con el paso del tiempo comenzaron a razonar que ésta no acaecería tan prontamente como ellos los estimaban sino al final de los tiempos. En este anuncio anterior a su ida al Reino Celestial es donde Jesús, el Cristo, se revela como “Camino, Verdad y Vida”, haciendo uso de la fórmula reservada a Dios por el pueblo judío “Yo soy” (Ex. 3,14), lo que los escandalizaba. De sí mismo dirá: “Yo soy…”: “el pan de vida” (Jn 6,35); “la luz del mundo” (Jn 10,7); “la puerta por la que deben entrar las ovejas” (Jn 10,7); “el Buen Pastor” (Jn 10,11); “la resurrección y la vida” (Jn 11,25); “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6); “la vid” (Jn 15,5).


Sin embargo todos éstos son modos de afirmar su esencia divina, su ser-Dios, en el libro del Éxodo quien habla es Dios mismo, en el Nuevo Testamento es Cristo quien encarna al Padre al tiempo que es Dios. Esto ha causado grandes controversias a lo largo de los siglos, en especial en torno a los primeros cuando debió ser afirmado el dogma de la encarnación, “porque, según la doctrina evangélica y apostólica, lo principal de nuestra fe es que nuestro Señor Jesucristo e Hijo de Dios no se separa del Padre ni en la confesión del honor, ni en el poder de su virtud, ni en la divinidad de la sustancia, ni por el intervalo del tiempo”[1]


En nuestros días es habitual observar la existencia de un gran “supermercado de lo religioso”, o de un “cristianismo a la carta”, según la cual es común apropiarse de la imagen histórica de Jesús de acuerdo a los propios parámetros y criterios desconociendo, o al menos sesgándose, a la verdad de su divinidad. En su obra “Imágenes deformadas de Jesús” el teólogo jesuita francés Bernard Sesboüé, expone algunas de ellas. La historia nos ha mostrado, y sigue haciéndolo, de qué formas el mensaje de Salvación es utilizado con fines populistas, prebendarios, que no sólo confunden a las mayorías sino que se las aprovecha para alcanzar glorias o éxitos particulares.


Los cristos particularistas no se condicen con el Cristo camino, verdad y vida que profesa la Iglesia, y es por esto que la fidelidad a la Iglesia por él fundada y conservada a lo largo de los siglos resulta ser la forma más exacta de reconocer a Jesús como nuestra única y gran verdad “en la Iglesia que somos nosotros, en la Iglesia que vive animada por el Espíritu Santo y cuya cabeza indefectible es Cristo, el Señor”[2]. Quien ha hecho de su vida una opción única por Jesucristo hijo de Dios y Dios-entre-nosotros (Emmanuel) puede y debe con sus palabras y obras (cfr. Benedicto XVI, “Porta Fidei”) ser testimonio de su Pascua  y del encuentro con el resucitado.


(Fuente: EMILIO RODRIGUEZ ASCURRA / contactoconemilio@gmail.com / Twitter;@emilioroz)


 








[1] San Hilario, De Synodis 61




[2] Siervo de Dios, Cardenal Eduardo Pironio, “¿Quién eres, Señor?, Agape libros, Buenos Aies, 2008. pp56”




 
 

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