A veces cuesta... pero vale la pena

Mirando a mi hijo superar sus desafíos, (re)descubrí algunas claves que necesitamos para vivir como hijos de Dios.

 
A veces cuesta... pero vale la pena

Hace unos días, acompañé a mi hijo Guido, de un poco más de 9 años, a un campamento organizado por su colegio. Durante los dos últimos meses, se encargó de recordarme con frecuencia que teníamos una salida juntos, y que no podía fallarle.

Así que, con anticipación, cancelé todos los compromisos, y cerré la agenda, para que nada ni nadie pudiese entorpecer nuestro programa. Preparamos todo y dejamos a mi esposa y a mi otro hijito, Valentín, en casa, mientras nosotros rumbeamos en busca de una nueva aventura.

Podría detenerme en muchos detalles y recuerdos de esos días, pero quisiera poner el acento en una jornada en particular.

Era sábado y salimos bastante temprano hacia un lugar llamado “Dos Huecos”, donde se realizan actividades con cuerdas incluyendo rappel; escalada; trekking; cablecarril y tirolesa, entre otras. Mi hijo Guido es uno de los más pequeños de la clase y pensar en su silueta chiquita colgando de las alturas no era algo que me produjese fascinación. Sinceramente tuve que reprocharme en silencio, muchas veces, cuando –durante toda la jornada- lo veía resuelto absolutamente a enfrentar esos desafíos que, hasta para mí, eran decididamente muy difíciles.

Debí soportar verlo delante de todo el grupo (más de 70 personas) escuchando las explicaciones de los expertos que nos revelaban cómo debíamos hacer para descender una pared de 7 metros, o cómo empujarnos con nuestros propios brazos a través de un cablecarrill de ¿20 ó 25 metros de largo?, ¿a una altura de 15?, o como arrojarnos y tomar una velocidad increíble por una tirolesa atada -de sus extremos- a dos árboles.

Me preguntaba qué de todo lo que decían los profesores, era entendido por mi hijo. Y cuánto de lo que no entendía podía influir en su desempeño.

Cuando terminó la primera de las explicaciones, me acerqué a él y le dije que no era necesario que demostrara nada a nadie. Y con la simpleza que lo caracteriza me respondió:

- Ya sé papá, pero si lo hago habré vencido mi vértigo.

La primera pared que descendió tuvo 7 metros. Cuando terminó de bajar y mi corazón volvió a latir con cierta normalidad, se sentía gigante. Luego pasó dos veces por el cablecarril, demostrando constancia y un esfuerzo increíble. Por último, se lanzó sin dudarlo por la tirolesa.

De pronto levanté mi vista y vi que los profesores comenzaban a preparar con cuerdas una nueva pared para practicar -otra vez- rappel. En lugar de los 7 metros iniciales, el muro que teníamos frente a nosotros ostentaba 22 metros. Tanto desde arriba, como desde abajo la altura parecía infinita.

Me acerqué al oído de mi hijo y le sugerí que no era necesario que se sobreexigiera. Mientras le decía eso, él iba colocándose el arnés, desestimando cualquier posibilidad de prohibición.

- Ahá -me despachó-.

La fotografía que ilustra esta nota es real. Se lo ve a Guido dentro de un círculo rojo bajando decididamente una pared inclinada, para toparse inmediatamente con otra cortada verticalmente. Cuando sus pies tocaron el suelo, se dio vuelta y me rodeó con sus brazos. El nudo en mi garganta se fue sólo algún tiempo después.

Cuando lo veía bajar, y al recordar toda la jornada, se me vino a la cabeza que nuestra relación con Dios pasa mucha veces por momentos de vértigo. Todo nos parece lejos. Nos parece alto. Difícil. Las demandas de ser verdaderos apóstoles en un mundo lleno de apóstatas (reescribiendo a Escrivá de Balaguer) nos superan. Nos dan miedo.

A veces nos cuesta escuchar a quienes nos enseñan cómo enfrentar el desafío de vivir como Jesús quiere que vivamos.

Yo aprendí de Guido, en estos días, que -si uno quiere hacerlo bien- quizá lo más importante sea saber escuchar y luego ejecutar la parte que nos toca con decisión, sin temores, sin vergüenzas ajenas.

A veces nos parece que las paredes que se nos ponen delante nuestro son demasiado altas. O con demasiados accidentes. Que podemos caernos. O golpearnos con sus aristas.

Es verdad. Todo eso puede sucedernos.

Pero, tal como lo hizo mi hijo, lo mejor es colocarse el arnés, escuchar a Dios en nuestra meditación diaria, y emprender decididamente la aventura de experimentar su real presencia en nuestra vida.


O.M. © Yo Creo

 
 
  • Noemí
    ¡Qué emoción!!!!!!!!!! gracias a Dios nuestros hijos pueden llegar más lejos que nosotros. y qué importante que como papás los acompañemos en estas hermosas aventuras de la vida. ¡FELICITACIONES PARA GUIDO!!!! y la hermosa flia. que tenés. Saludos a Inés
  • NOMBREviviana molaro
    DESCRIPCION FELICITACIONES A MI SOBRINO QUERIDO ME LO IMAGINO CON ESA CARITA DESAFIANDO AL VERTIGO , Y FELICITACIONES A ESOS PAPIS QUE TAN BIEN LO EDUCAN Y ESTIMULAN A TRIUNFAR , QUE NO SIGNIFICAN PELEAR, NI VENCER A OTROS SINO ENFRENTARNOS CON UÑAS Y DIENTES Y DEFENDER LO IMPORTANTE PARA NOSOTROS BESOS DE VIVI A TODA ESA HERMOSA FLIA.

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