A veces nos perdemos sin darnos cuenta, y empezamos a correr sin rumbo

Muchas cosas pueden distraernos y extraviarnos. Darnos cuenta de ello nos asusta, pero también nos predispone al reencuentro.

 
A veces nos perdemos sin darnos cuenta, y empezamos a correr sin rumbo
Hace unos días atrás, mientras disfrutábamos de las vacaciones en familia, visitamos un parque.

No estoy hablando de una plaza, ni de un lote. Ni de la manzana del barrio donde jugamos el “picadito” entre los amigos. Estoy hablando de un parque de juegos de decenas de miles de hectáreas, con cientos de miles de personas adentro, que caminan, corren, gritan y se trasladan de un lugar a otro permanentemente.

El día estaba espléndido. Había salido el sol y con mi esposa habíamos compartido el exceso de calorías de un café con crema con “harinas de diseño”, que algunos llaman medialunas, mientras mis hijos iban arrastrándonos a los juegos y entretenimientos tomándonos de la mano, de la ropa o, simplemente a empujones. Nada hacía suponer ninguna circunstancia adversa. Por eso todo nos tomó por sorpresa.

La cosa fue cuestión de segundos.

Me reí de un chiste que me hizo Ini, la vi alejarse unos metros delante de mí con Valentín pegado a sus pantalones y mis ojos buscaron del otro lado –instintivamente- a Guido, donde debía estar. Más aún, donde había estado hacía instantes. El vacío primero se me hizo un hueco y cuando giré 360 grados y no vi al primer golpe de vista a mi hijo, sentí un dolor en el estómago y el erizo del vello en la nuca.

- ¿ Y Guido?, le pregunté a mi esposa.

La sonrisa se le hizo un gesto de incomprensión. Nada malo podía suceder en esos momentos de alegría. Pero luego, inmediatamente luego, los ojos comenzaron a escrutar rincones, buscando los cabellos rubios, el cuerpo pequeño, o el color de una camisa familiar.

No estaba. Ni cerca, ni lejos. Había miles de personas alrededor, pero ninguno de ellos era nuestro hijo.

No mediaron palabras entre nosotros. Salimos disparados hacia tanto norte como sur pudiesen existir en ese espacio desconocido, mientras alguien parecía haber aumentado el volumen de la música y la gente se nos venía encima, riendo a carcajadas, gritando, con la alegría que nosotros habíamos tenido hacía apenas unos segundos.

Apreté el paso primero. Supuse que nos habíamos tropezado con una exageración de padres, de esas que algunas veces parecen más dramáticas que otras y que Guido estaba ahí, y que simplemente no lo estábamos viendo. Pero luego comprendí que no era así. Que no lo veíamos porque mi hijo no estaba a nuestro alrededor y ni siquiera cerca. Se había perdido. Lo habíamos perdido. Comencé a correr entonces, me empujaron, empujé y en esos instantes de desesperación rogué a Dios que lo protegiera. Si alguien hubiese reparado en mí habría visto mis labios moverse imperceptiblemente al ritmo de una oración desesperada. Sabía que mi hijo iba a estar asustado y también era consciente de que en unos instantes yo pediría, en un idioma ajeno, que cerraran las puertas del parque para asegurar un perímetro donde buscarlo.

Pasaron largos minutos, que el lugar común me empuja ahora a reclamarlos como “eternos”. Estaba volviendo sobre mis pasos para buscar a alguien de Seguridad cuando vi a mi esposa venir hacia mí para avisarme que Guido había aparecido.

- Estaba llorando, de la mano de un matrimonio que lo había encontrado a su paso, asustado, corriendo sin rumbo, y se quedó con él hasta que llegué - me dijo Inés. Cuando me vio me pidió perdón por alejarse de nosotros –cerró.

Caminé hacia él con diez años adicionales a los de diez minutos antes. Me prometí no reprenderlo y solamente le pasé el brazo por sus hombros mientras todavía le corrían lágrimas sinceras por encima de las pecas despertadas por el sol.

No dijimos nada. Para él estar nuevamente con nosotros le generaba una situación de felicidad que hubiese podido soportar –inclusive- un reto de mi parte. Para nosotros, tenerlo “a seguro” era más que suficiente para no generarle más angustia.

 

En la vida espiritual -según creo firmemente-  Dios nos ha regalado el sacramento de la reconciliación para volver a Él cuando nos hemos perdido en el parque de nuestra vida diaria, de las obligaciones, de los rezongos y de las broncas. Repentinamente no estamos en el lugar donde nuestro Padre espera que estemos y entonces comienza su búsqueda insistente para que volvamos a la Gracia. Constantemente busca acortar las distancias que nosotros generamos, pero reclama la humildad de reconocer que –consciente o inconscientemente- nos alejamos del lugar donde debíamos estar.

“Se acercaban a él todos los publicanos y pecadores para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: —Este recibe a los pecadores y come con ellos.

Entonces él les refirió esta parábola, diciendo:

—¿Qué hombre de vosotros, si tiene cien ovejas, y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la que se ha perdido, hasta hallarla?

Y al hallarla, la pone sobre sus hombros gozoso, y cuando llega a casa reúne a sus amigos y vecinos, y les dice: ‘Gozaos conmigo, porque he hallado mi oveja que se había perdido.’

Os digo que del mismo modo habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento.” (Lc. 15, 1)

Al llegar la noche de ese día, hablamos con Guido sobre los cuidados que hay que tener para no perderse, y le aseguramos que  jamás lo abandonaríamos y que siempre volveríamos a buscarlo si fuese necesario, una y otra vez.

"Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc. 11, 11).

O.M. © Yo Creo
 
 

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