Adviento, espera de una llegada anunciada

La liturgia da el nombre de Adviento a las cuatro semanas que preceden a la Navidad.

 
Adviento, espera de una llegada anunciada


Con estas cuatro semanas, comienza el año litúrgico de las celebraciones rituales que realiza la Iglesia.  


El término Adviento viene del latín Adventus y  significa venida o llegada y se refiere tanto a la presencia que tuvo Jesús en la historia como también al regreso que realizará al final de los tiempos, cumpliendo su promesa de retorno.  


El color usado en la liturgia durante este tiempo es el morado, el cual significa penitencia, arrepentimiento, purificación  y esperanza.


La estructura del Adviento tiene dos partes: desde el comienzo hasta el 16 de diciembre contempla el último retorno del Señor al final de los tiempos y desde el 17 de diciembre al 24 –o sea la última semana previa a la Nochebuena- se contempla la primera venida del Señor con su nacimiento. La primera fue revestida de humildad y pobreza, la segunda será en gloria y majestad.


El sentido del Adviento es reavivar la fe en la espera del Señor. Es una ocasión privilegiada  de esperanza que nos invita a una profunda reflexión sobre el tiempo ya que nos hace recordar el pasado, vivir el presente y  preparar el futuro.


Se recuerda el pasado al evocar la primera venida de Jesús en Belén, se vive el presente del mundo y de la Iglesia, descifrando en la historia los signos de Dios  y se prepara el futuro en la expectación y  vigilancia descubriendo que la historia tiene un sentido y una culminación con el regreso del Señor. Ese acontecimiento nadie sabe el día ni la hora en el cual sucederá. Por esta razón, la Iglesia nos invita -con el Adviento- a prepararnos.


A la vez se nos propone discernir los tiempos que vivimos para interpretar la realidad en la que estamos. Sólo así el tiempo histórico se transforma –por la lectura de la fe- en “tiempo de salvación”. Dios y el ser humano son  protagonistas en esta colaboración.


En cada Adviento se alimenta la conciencia de este regreso del Señor. La más sabia y prudente actitud es esperar despiertos, prevenidos, preparados, expectantes, atentos, vigilantes y esperanzados. Sin estas disposiciones, corremos el riesgo de vivir permanentemente sumidos en nuestras propias ocupaciones y preocupaciones. 


Nuestra esperanza se sostiene en la visita de Dios. Estamos a la espera de su regreso. No tenemos que vivir como si durmiéramos. No transformemos en noche lo que está llamado a ser luz. No persistamos en la acostumbrada rutina, en el vértigo acelerado y enceguecedor de aturdirnos constantemente.    


Jesús es nuestro Adviento. Él es la venida y el regreso de Dios. Que el Señor  –el cual transita por nuestros caminos y siempre esté llegando a nuestra vida-  nos ayude continuamente a vivir preparados. Que seamos discípulos atentos, expectantes y diligentes, en una sabia administración de nuestro tiempo, ocupaciones y preocupaciones.  


Fuente: Yo Creo – Autor: P. Eduardo Casas


 
 

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