Apacentar, regir y gobernar

“..lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo”. Comentario del Evangelio del Domingo, por Emilio Rodríguez Ascurra.

 
Apacentar, regir y gobernar

“..lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo” (Mt. 16,19), Jesús utiliza la misma frase con la que queda demostrado el poder de Eliaquím  en el libro de Isaías (22,19ss.) El dominio del Señor a lo largo de la historia ha sido siempre depositado en manos de aquellos a quienes escoge para gobernar, administrar, conducir al pueblo elegido en el peregrinar terreno con la mirada puesta en el más allá.


Con la respuesta de Pedro, que antecede a su misión, respecto de la pregunta que realiza Jesús a sus discípulos acerca de su identidad queda claro que su figura no es la de un liberador o revolucionario social, no está escrita sobre un aspecto sociológico sino con miras a la Vida Eterna.


El nombre Pedro (en griego: Pétros) no era utilizado con frecuencia para designar personas, le será impuesto por Jesús a partir de su misión como piedra (su correspondiente en arameo: kefa: piedra) de la Iglesia, es decir, como centro de la misión del pueblo elegido. Esta tarea de gobierno de la Iglesia conferida de una vez y para siempre a Pedro se hace visible hoy en el Papa, éste término incluso se inscribe en ésta tradición: Petri Apostolici Potestatem Accipiens (el que sucede al apóstol Pedro), en el latín clásico designa la figura de padre, tutor: “…el será como un padre para los habitantes de Jerusalén” (Is. 22)


El Papa, también designado con títulos como Santo Padre, Vicario de Cristo, Romano Pontífice, Santidad, es el legítimo sucesor de Pedro, a él todos como Iglesia le ofrecemos nuestra reverencia y oración. Así lo afirma el Concilio de Florencia en 1439: “…el Romano Pontífice es el sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, verdadero vicario de Cristo y cabeza de toda la Iglesia y padre y maestro de todos los cristianos, y que al mismo, en la persona del bienaventurado Pedro, le fue entregada por nuestro Señor Jesucristo plena potestad de apacentar, regir y gobernar a la Iglesia universal”[1].


También el último Concilio Vaticano II ha hecho mención de la misma persona: “…para que el episcopado mismo fuese uno solo e indiviso, estableció al frente de los demás apóstoles al bienaventurado Pedro, y puso en él el principio visible y perpetuo fundamento de la unidad de la fe y de comunión. Esta doctrina de la institución, perpetuidad, fuerza y razón de ser del sacro Primado del Romano Pontífice…”[2]


Colaborar y rezar por el Papa es tarea de todos quienes formamos parte de la Iglesia, reconociendo en él la voz misma del Señor que se dirige a los hombres y mujeres de todos los tiempos, y que no deja de manifestarnos su misericordia y de ofrecernos su perdón.


(Fuente: EMILIO RODRIGUEZ ASCURRA / contactoconemilio@gmail.com / Twitter: @emilioroz)


 








[1] Denzinger, Enrique. El Magisterio de la Iglesia, Herder, Barcelona, 1963, 31ª edición, nn.694. (Bula Laetentur Coeli, Concilio de Florencia)




[2] Concilio Vaticano II, Ediciones Paulinas, Buenos Aires, 1991. (Constitución Dogmática Lumen Gentium, nn.18)




 
 

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