Aromas de nardo fino

Extraordinaria recreación de uno de los momentos más íntimos de Jesús y de una de sus enseñanzas más importantes: la misericordia.

 
Aromas de nardo fino

Lo había logrado. Lo tenía en su mano ¡Que contenta estaba! ¡Tenía el frasco de perfume que tanto había soñado! Un perfume carísimo, de un alto valor económico. Lo observaba con mucho cuidado para que no se le resbalase, estaba bien cerrado y lacrado, para que su fragancia se mantuviera intacta y que nada de lo exterior se metiera en el frasco y pudiese cambiar su bellísimo aroma.


Entró en su casa, fue a su habitación y lo guardó entre sus cosas más queridas, bien resguardado para que ninguna mano lo toque.


No era un perfume para usarlo todos los días, le había costado meses de ahorro, y aún sueldos enteros para poder adquirirlo, ya se iba a presentar la ocasión para usarlo, tal vez alguna fiesta muy importante, o algún acontecimiento de gran trascendencia.


A medida que pasaba el tiempo iba de vez en cuando al lugar donde lo tenía guardado, lo miraba, estaba tan contenta de ser la poseedora de algo tan bello.


Era para ella de gran valor, posiblemente lo más valioso que tenía.


Pero cierto día esta mujer hace algo raro. Va a la habitación, con mucho cuidado toma el frasco, lo esconde entre sus ropas y sale de su casa. La vemos caminando por las calles de la ciudad.


Su paso es presuroso, evita tener contacto con algún vecino, sabe que no es querida, la sociedad la discrimina por la vida que lleva, sigue su andar sin detenerse.


Esa mañana se había enterado que a la casa de Simón llegaba una persona muy importante y el dueño de la casa iba a preparar una comida para agasajarlo.


Y eso fue lo que la movió a dirigirse hacia ese lugar. Tenía que ser muy cuidadosa, que nadie se diera cuenta de su presencia y mucho menos Simón. Llegó a la puerta de la casa. Se veía que el dueño tenía un buen pasar, por lo bonito que era ese lugar.  Entró al gran patio donde se veía un hermoso jardín. A través de una sala siente muchas voces y se da cuenta que ese es el lugar donde están comiendo.


Era la costumbre de esos tiempos que las mesas tenían patas cortas, se sentaban recostados sobre el brazo izquierdo mientras comían con la mano derecha, los pies iban hacia atrás y se quitaban el calzado.


No tiene reparos y entra, lo hace con mucha precaución, tratando de que las lámparas de aceite que servían de iluminación no la delatasen.


Se ubica por atrás de Jesús, se postra sobre sus pies y las lágrimas comienzan a rodar por sus mejillas. Rompe el frasco de perfume (dicen los historiadores, que era nardo puro traído de la India ) y lo derrama sobre los pies del Maestro. Imposible pasar desapercibido con semejante fragancia. Enseguida el lugar se llenó de un aroma muy agradable.


Todos dejaron de comer giraron su cabeza y allí la ven: postrada a los pies de Jesús, vaciando hasta la última gota de ese nardo puro. ¡Qué feliz se sentía! ¡Lo había hecho! Ya no le importaba la mirada acusadora de los presentes. Sabía que Jesús la estaba recibiendo. Esta mujer dio lo mejor que tenía. ¡Qué cambios se producen cuando le entregamos al Señor lo mejor que tenemos! Para ella fue el perdón de sus pecados. A la casa de Simón llegó pecadora, pero salió transformada. Se fue a su casa sin el frasco de nardo puro, sabía que lo había dejado en el mejor lugar, a los pies del Salvador ¿Tú y yo le estamos dando lo mejor? Rompamos el alabastro de nuestro corazón y pongámoslo a sus pies.


Basado en el Evangelio de San Lucas 7: 36, 37,38


(Fuente: Poesías Cristianas - Autora: Mary Romero)


 
 

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