Asumir nuestras limitaciones para poder avanzar

Nuestra historia tiene mucho que ver con lo que somos. Y Dios actúa en ella.

 
Asumir nuestras limitaciones para poder avanzar

El miedo puede paralizar, lo experimentamos a menudo. La parálisis frente la libertad, las situaciones nuevas, la incertidumbre frente al futuro, el pesimismo, la falta de esperanza, todo puede contribuir a que tengamos temor de afrontar lo que nos propone la vida.


Hay personas que eligen la “huida” como forma de vida, como la solución para no tener que abordar situaciones que resultan estresantes o producen ansiedad. Incluso el conflicto más pequeño puede producirles un malestar insoportable, una ansiedad que rápidamente intentan solucionar escapando, una y otra vez.Son muchos los casos de gente que no ha sabido o no ha querido asumir la responsabilidad de ser protagonistas de sus propias vidas. También nosotros podemos tener temora involucrarnos. Un miedo que hace que experimentemos la fragilidad, la sensación de ser como de cristal. Muchas veces el propio miedo nos atrapa y no nos deja respirar. Esta falta de compromiso puede llevarnos a sentirnos más y más frustrados y a vivir cada vez con mayor ansiedad. Precisamente aquello que pretendíamos evitar.



Es verdad, siempre tendremos temores. ¿Pero cómo hacer para que no nos afecten tanto? ¿Existe alguna clave que nos pueda ayudar?


“Lo que no se asume, no se redime”, decía un autor cristiano de los primeros siglos. Lo primero, y quizás lo más importante, es comenzar por conocernos a nosotros mismos. La clave se encuentra en lograr reconocer claramente y sin vueltas, cuálesson nuestras verdaderas dificultades, sin engaños. Saber de nuestras limitaciones implica el primero de muchos pasos. Para poder hacerlo, primero debemos saber preguntar. El punto de partida en este proceso de conocimiento de nosotros mismos no es una simple introspección, sino un diálogo donde le preguntamos a Dios qué nos está pasando en realidad. Este encuentro ilumina hasta los rincones más escondidos de nuestra vida.


Es importante comenzar una búsqueda para descubrir el origen de nuestros temores. Nuestra historia tiene mucho que ver con lo que somos. Y Dios actúa en esa historia, si lo dejamos. Por ejemplo, podemos reconocer, a la luz del amor de Dios, viejas heridas, malos momentos afectivos, recuerdos dolorosos que nos llevan a reaccionar mal, a estar tristes, a desconfiar de todo el mundo. Quizás descubriremos que hubo momentos en nuestra vida en que tomamos una decisión equivocada de aislarnos, de escapar de Dios sólo para vivir para nosotros mismos. En fin, siempre nos asombraremos de lo que hay en nosotros. Sin embargo, pidiendo luz a Dios insistentemente, el corazón se va disponiendo para reconocer esa verdadera causa de lo que nos pasa. Aunque lo hayamos ocultado muy bien, eso que nos sucedió alguna vez sigue allí, como un veneno interior que desde la oscuridad continúa haciendo daño y se manifiesta en ese temor irracional.


Lo que no se asume no se redime. Quizás, la parte más difícil de este camino que hoy sugerimos sea el poder aceptar las limitaciones personales. No basta con decir “yo soy así, no voy a cambiar”. Eso muchas veces es un conformismo que lleva a la mediocridad. No, esto es ir un paso más allá. Es asumir, es reconocer como propio eso que nos afecta, es clarificar la situación real de la propia vida, se trata de lograr ponerles nombre. Es decir, aceptar nuestras reacciones, nuestros vicios nuestras debilidades o intenciones. Pero no para tener cargo de conciencia, sino para ofrecerlas a Dios, el que redime, “el que hace nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5). Una entrega a medias puede ser peor que no entregar nada. Será necesario reconocer que es mejor depender de Dios que de una obsesión, o que es mejor tener el gozo de un corazón que sufre, pero que camina mirando y confiando en Dios.


Si en realidad queremos liberarnos de eso que nos daña, será necesario seguir buscando a Dios con confianza y transparencia, pedirle que Él nos haga ver con claridad la necesidad de una conversión y que nos haga desear ese cambio. Esto no es negar nuestras limitaciones, sino confiar en Jesús, que hace la carga liviana (cf. Mt. 11, 30).


(Fuente: Yo Creo / Autor: Matías Burgui)


 
 
  • carina ortiz
    sabias palabras y dificil cometido amigo ojala la fe sea eso que nos mantenga siempre con fuerzas para afrontar los tropiezos de la vida.

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