Comiendo un helado de frutos del bosque...

Mientras disfrutamos de algo que nos gusta, podemos elevarnos al Creador de toda bondad y belleza.

 
Comiendo un helado de frutos del bosque...

¡Qué pequeñez la del ser humano! Nace débil y necesitado de los cuidados maternos más que cualquier otra de las especies mamíferas. Y aun desarrollando todas sus potencialidades físicas, le es imprescindible vivir en comunidad, pues requiere de sus semejantes para su subsistencia. "Robinsons Crusoes" no existen muchos, probablemente ninguno.


Y al mismo tiempo, su alma espiritual nos habla de su grandeza. "El entendimiento, en sentido pasivo, es tal porque viene a ser todas las cosas", dice Aristóteles en Del Alma (lib.3, cap.8). El hombre puede indagar la esencia de todolo que rodea, desde un colibrí hasta un árbol, desde un león hasta otro ser humano, y en ese sentido, el alma lo puede todo.

Sin embargo, esto no le alcanza. Las personas tienen apetencia del mayor de todos los bienes, del Bien Infinito. Su sed más profunda solo se sacia con el infinito. El drogadicto busca escapar del dolor y encontrar algo que llene su vacío interior; el romántico sueña con la relación perfecta, con un amor para siempre; el santo busca al Dios infinito... Tenemos sed de un amor sin final.

Es claro que esta sed sólo será aplacada plenamente en el cielo: "Esa será la herencia del vencedor: yo seré Dios para él y él será hijo para mí", dice el Apocalipsis.

Y entonces ¿qué hacemos aquí en la tierra? ¿Sólo esperar el cielo? No es esperar, es luchar por él: "Desde los días de Juan Bautista hasta ahora el Reino de Dios es cosa que se conquista, y los más decididos son los que se adueñan de él" (Mt 11, 12).

Entretanto, son muchos los momentos de felicidad (parcial, limitada) que tenemos aquí en la tierra y muchos de ellos están directamente relacionados con las criaturas. Por ejemplo, un rico helado de frutos del bosque. Es algo que a quien le agrada, le brinda una sencilla, serena y casta felicidad. Pero, si creyera que la felicidad infinita la hallaré en los helados de frutos del bosque, me empalagaré día tras día en ellos; además de sobrepeso, y tal vez diabetes, lo único que conseguiré será hastío y hasta una "heladofobia".

EL AMOR A DIOS Y EL AMOR A LAS CREATURAS

La conclusión, sin matices, sería: aléjate de las criaturas, porque ellas no te llevan al Creador. Y eso es mentira.

Cuando Dios terminó la obra de la creación vio que todo era bueno, nos dice el Génesis. Si era bueno era también bello. Y quien habla de bondad y belleza, habla de reflejos de la Bondad y la Belleza del Creador, por medio de los cuáles podemos remontarnos hasta el Absoluto.

Decía Plinio Correa de Oliveira que quien ama el ser, esto es, a los individuos y las cosas sabiendo que Dios existe y que todo debe reportarse a Él, amando las criaturas ya practica un acto de amor de Dios. Es decir, los actos de amor a Dios y a las criaturas no son opuestos como habitualmente se cree.

El problema surge cuando creemos que las criaturas son Dios. O peor, cuando queremos encontrar en una criatura o varias la felicidad que sólo nos reportará la posesión de Dios en el cielo.

Pero si ahora disfruto con templanza mi helado de frutos del bosque, si más adelante contemplo encantado y con desinterés pero también con deleite un bello atardecer, si después admiro las cualidades que brillan en una persona especial, si admiro esos dones en sí mismos y no solo porque me pueden proporcionar placer, estaré practicando actos de amor a Dios. Y esos actos me traerán felicidad verdadera, profunda, espiritual, pre-figurativa de la felicidad celestial.

Esos actos de amor a Dios en las criaturas me proporcionarán fuerza para enfrentar las luchas, porque aquí en esta tierra siempre las habrá.

Entre las cosas creadas, las más perfectas son las que más hablan de Dios; admirando lo más perfecto, nos vamos tornando en la tierra habitantes de la Patria Celestial.

Por Saúl Castiblanco

Fuente Gaudium Press (Adaptación)

 
 
 

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