Como soplar y hacer botella

Los dichos populares suelen esconder una sabiduría que no siempre aprovechamos.

 
Como soplar y hacer botella

Recuerdo que de chico escuchaba decir a mi padre “esto no es soplar y hacer botella” cuando se refería a un asunto de difícil resolución. No entendía muy bien qué quería decir, pero con el tiempo asocié la expresión a la idea de que hacer botellas era algo fácil. Pasado el tiempo, un día vi un documental sobre los artesanos que calientan el material y luego soplan hasta darle forma al vidrio, consiguiendo magníficas piezas. Solo entonces comprendí que la frase, en realidad, significaba lo contrario de lo que yo creía: simplemente con soplar no se hace una botella, es un arte que hay que dominar, y requiere aprendizaje y constancia el conseguirlo.


Se me ocurre que puedo sacar un par de conclusiones de mi mal entendido. 

Primero que, con ligereza, juzgamos de poco valor el esfuerzo ajeno, sobre todo si no fuimos testigos de él. ¡Y qué sencillo es criticar si encontramos alguna imperfección! Tal vez necesitamos ser más humildes y reconocer que no sabemos todo, que los pre-juicios se nos escapan demasiado rápido. Deberíamos apostar siempre por conocer a los demás, sus historias, sus luchas diarias, no para juzgarlos sino para alentarlos, tal vez darles un consejo y –si las circunstancias así lo aconsejaran- corregirlos. Pero siempre con respeto, y por qué no, con afecto.

Lo segundo que me viene a la mente, es que para hacer las cosas bien (más aún, para hacer-me bien), sin duda necesito ser como esos “artistas del soplido”.

Aprender, siempre. No quiero tentarme de pensar que ya sé lo suficiente y creerme un experto de la vida. No, necesito la actitud del discípulo que nunca es más que su Señor, así no me dormiré en mis falsos laureles.

Esforzarme, no aflojar. Qué tentación es bajar los brazos y conformarme con lo que soy, justificando mis defectos y renunciando a la lucha por mejorar, por vencer mis mezquindades, por salir al encuentro de los otros.

A quien no le gustaría, al final de sus días, ver que su vida es como esas botellas artesanales, hechas con pericia y esmero. Una combinación que termina por brindar resultados de calidad, aunque no siempre sean valorados por quienes juzgan superficialmente.

Toda vida está llamada a ser una obra de arte, como la botella; frágil sí, pero que útil y hermosa. ¡Ojala sepamos apreciarla!

 

M.N. © Yo Creo


 


 

 
 
 
 

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