Conversión, perseverancia, santificación

Todos debemos rezar no solo por nuestra santificación personal sino por nuestra perseverancia. Comentario del Evangelio del domingo, por Emilio Rodríguez Ascurra.

 
Conversión, perseverancia, santificación

 “¿Quién es éste?” resulta una pregunta constante en diversos momentos de la vida de Jesús, referido a la autoridad, o al mero hecho, de comer con pecadores y publicanos, de sanar enfermos, de hablar en nombre de Dios, de arrogarse el título de Hijo del Hombre. Este interrogante generaba entre los escribas y fariseos una gran controversia, cuando no un profundo rechazo, el que lo llevará a la muerte en cruz.


Aunque histórica, pues existieron realmente, la imagen de los allegados al templo, los respetuosos de la Ley, es teológica, pues no solo es utilizada para describir a un determinado grupo social que se oponía a la iniciativa de Jesús, sino mas bien a una actitud de vida que rechazaba con su autosuficiencia su programa de vida y su anuncio mesiánico del Reino de los cielos definitivo.


La irrupción del Reino a lo largo de los siglos ha sido difícil de comprender, Benedicto XVI en su primer tomo de “Jesús de Nazaret” afirma la necesidad de pasar de un cristocentrismo a un reinocentrismo, donde lo central sea el mensaje de Jesucristo: ser y obrar se identifican. Así, con la parábola de los dos hijos Jesús intenta ilustrar a los sumos sacerdotes y ancianos acerca de la venida del Reino, que no consiste en una mera manifestación externa sino interior, de allí que todos estemos necesitados constantemente de conversión.


El camino que iniciamos como seguidores de Jesús con nuestro “sí”, esto es la fe: la respuesta libre y voluntaria del designio salvífico del Padre; pero también con nuestra respuesta negativa que luego es purificada por el don de la Gracia, hace que sucesivamente seamos beneficiados con el don de la conversión, de allí que todos debemos rezar no solo por nuestra santificación personal sino por nuestra perseverancia en la fe, pidiendo al Señor que cada día nos confirme en Jesús, Camino, Verdad y Vida, y nos haga dóciles a su llamado, pues signo de la docilidad es la obediencia (del latín: ob-audire: el que escucha).


Quien escucha al Padre y se pone en camino, en un primer o en un segundo momento, se hace heredero del Reino de los Cielos, no solo con una actitud exterior sino como un verdadero discípulo que escucha y sigue a su Maestro, y encuentra en él al tesoro más grande.


(Fuente: EMILIO RODRIGUEZ ASCURRA / contactoconemilio@gmail.com / Twitter: @emilioroz)


 
 

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