Debajo de los escombros del 11/9 durante ¡28 horas!

Una mujer sale de su casa rumbo a su trabajo. Menos de una hora después se encuentra enterrada viva debajo de una montaña de escombros esperando la muerte. Entonces inicia su encuentro definitivo con el Padre.

 
Debajo de los escombros del 11/9 durante ¡28 horas!


No me pregunten su nombre.


Me lo dijo un amigo pero no lo retuve porque me quedé absolutamente paralizado con la experiencia que me contaba.


Esa mañana del 11 de septiembre ella había salido de su casa dejando un pequeño abrazo a su esposo y un beso último a su hijo de poco más de cinco años. La esperaba un día con obligaciones habituales, sin grandes sobresaltos.


¿Creía en Dios?


En fin, lo suficiente como para festejar las navidades y las pascuas, y hacer y recibir regalos. Solo eso.


Entraba en una de las “torres” cuando el primer avión impactó sobre la primera de ellas. Primero su rostro se llenó de polvo e inmediatamente después la calle se obscureció.


Ella puso su bolso, instintivamente sobre su cabeza, como queriendo detener toda esa cerrazón que quería atraparla. Pero no lo consiguió. Apenas unos segundos después, cuando logró sacudir mínimamente su cabeza para orientarse, se dio cuenta de que estaba atrapada debajo de una montaña de escombros.


Nunca supo, hasta 28 horas después, que dos aviones habían sesgado la vida de miles de inocentes y que ella era una de las cientos de sobrevivientes que habían quedado enterradas vivas, con pocas esperanzas de volver a ver la luz del día, su familia, sus amigos, y su propia imagen frente a un espejo.


Se quedó en silencio.


Al principio lloró, pero luego se dio cuenta de que las lágrimas mezcladas con el polvo en su rostro herían sus ojos, y el ardor se le hacía insoportable.


Entonces comenzó a rezar.


No era algo que hiciera habitualmente. No tenía por costumbre comunicarse con Dios pero esa noche espesa, llena de gritos lejanos y de su propia tribulación, supuso que no había otro camino que poner su alma en las manos de Dios y prepararse para ir a su encuentro.


Supo que moría.


Sabía que era sólo una cuestión de horas.


Alrededor, los gemidos comenzaron a detenerse cuando el tiempo fue corriendo. Le dolían las manos y la espalda se había apoyado sobre una saliente de lo que había sido una moldura de una pared, por lo que –poco a poco- se le fue entumeciendo.


Seguía rezando. Estaba poniendo sus cosas en orden, pidiendo al Padre perdón por sus pecados y también ofreciendo su vida por sus seres queridos cuando, de pronto, comenzó a escuchar la voz de un hombre. Lejos de donde ella estaba, pero le pareció muy cerca frente a la desolación de su noche, de su encierro, de su agonía.


La voz le hablaba a ella, y entonces ella comenzó a responderle. Al principio con monosílabos y luego fue una conversación.


Me dice mi amigo que ella no puede recordar los detalles, pero sabe que fueron muchas horas. En algún momento pensó que ese bombero iba a dejarla por otra urgencia. Pero no ocurrió así. Había silencios incómodos, pero también momentos de intimidad cuando ella le confesaba las cosas que había dejado de hacer por las urgencias de la vida. No recordaba, le decía al bombero Pedro (Peter en inglés) si esa mañana había dicho a su esposo y a su pequeño hijo, cuánto los quería.


Fueron horas de charla y también de silencios. El objetivo de Pedro fue mantenerla con conciencia para poder rescatarla con vida.


Desde el momento de la primera oscuridad, hasta que ella comenzó a escuchar otras voces de otros bomberos pasaron ¡28 horas!


La mano del bombero Pedro fue lo primero que ella sintió todavía atrapada.


Hubieron de pasar varias horas hasta que los escombros fueron cediendo para que ella pudiese salir a la vida.


Cuando el último ladrillo fue removido tres hombres la levantaron y la pusieron sobre una camilla. Enseguida una frazada. Inmediatamente después, oxígeno. Ella buscaba desesperadamente la imagen de Pedro, en el rostro de los tres hombres cubiertos de polvo y sangre propia y ajena que la rodeaban.


Ninguno de ellos respondía al nombre que ella buscaba. Ninguno de ellos era el hombre que había estado sosteniendo su voz y luego su mano durante tantas horas.



Esta mujer fue una de las cientos de sobrevivientes de aquel atentado.


Durante un año completo, recorrió Nueva York y todas las estaciones de bomberos buscando a aquel amigo –Pedro- que tomó su mano mientras corrían las peores horas de su vida y cuando ella creía que el encuentro con Dios estaba próximo.


Pero no lo encontró.


Ella quiere que creamos que un Ángel, -su Ángel de la Guarda- estuvo acompañándola en esas horas de angustia y dolor.


Ella lo quiere. Y yo, (nosotros), también lo creemos.


(Esta historia es real. Y la escribimos en homenaje a todos aquellos que no sobrevivieron al 11/9. Estamos seguros de que cientos, miles, pusieron su vida y sus corazones en las manos de Jesús sabiendo que estaban camino hacia el Padre. Y estamos convencidos de que todos ellos, llegaron a su Casa)


O.M. © Yo Creo


 




 


 
 

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