Dejarme asombrar por la Navidad

¿Somos capaces de asombrarnos antes lo novedoso, de alegrarnos ante lo bueno, de contemplar con ojos de admiración lo bello que hay a nuestro alrededor?

 
Dejarme asombrar por la Navidad

El Papa Francisco ha señalado en uno de sus mensajes previos al rezo de la oración del Ángelus dominical tres claves para vivir la Navidad: la tarea de reconocer al otro como hermano, el estupor de la historia y la vida de la Iglesia.


Al referirse a la segunda de ellas, el estupor de la historia, ha hecho especial hincapié en detenernos a reflexionar acerca de la visión que tenemos del mundo, de las diversas situaciones humanas. “Tantas veces creemos que la vemos por el lado justo, y en cambio corremos el riesgo de leerla al revés. Sucede, por ejemplo, cuando ella nos parece determinada por la economía de mercado, regulada por la finanza y las especulaciones, dominada por los poderosos de turno”, Francisco.


Así, surge hacer una “bajada” a nuestra propia vida, a nuestra propia historia, la reciente y la no tanto, esa que nos configura y nos hace ser lo que somos; incluyendo las máscaras con las que salimos a afrontar el día a día, para los griegos el término persona, proveniente del término prósopon, hacía referencia a la máscara utilizada por los actores durante la obra en el anfiteatro.


¿Cómo vivimos el estupor de nuestra historia cotidiana, somos capaces de asombrarnos antes lo novedoso, de alegrarnos ante lo bueno, de contemplar con ojos de admiración lo bello que hay a nuestro alrededor? ¿O más bien somos como ese lobo estepario, tan bien expresado por Hermann Hesse en su fantástica novela, en la que grafica a un hombre para quien el mundo reviste una marcada apatía, fruto de la crisis espiritual por la que atravesaba el autor al momento de redactar su obra.?


La Navidad, en tanto novedad, no parece ser tan solo la puesta en valor de buenas intenciones, sino que se trata más bien de dejarse asombrar, de vivir el estupor que causa el nacimiento del Hijo de Dios, la irrupción de Dios en la historia, en la propia historia. Es, tal vez, un momento para ver de qué modo me he estado relacionando con Dios, si he dejado que me maravillase con su amor, o si mas bien me he cerrado a su acción de Padre misericordioso en mí.


Esto genera desorden, pues quien se deja asombrar deja que las cosas dentro de sí cambien, y para cambiar primero hay que desordenar para luego reordenar en función de un nuevo fin. Solo quien se deja desordenar interiormente es capaz de dejar entrar en sí lo maravilloso de la vida, pues lo que permanece quieto corre el riesgo de enfermar de asedia, mientras que quien se deja mover por la dinámica misma de le existencia es capaz de ver en ella la Obra del Creador y en ella al Creador mismo.


Fuente: Emilio Rodríguez Ascurra / @emilioroz


 
 

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