Dejarse “primerear” por Dios

¿Ocupa Dios el lugar más importante de nuestra vida como cristianos? Comentario del Evangelio del Domingo, por Emilio Rodríguez Ascurra.

 
Dejarse “primerear” por Dios

Las actividades diarias, la rutina, la cultura de lo efímero en la que todo dura solo un instante, nos hace pasar desapercibidos ante la presencia sigilosa de Dios, pues él se refugia en el silencio que todo lo contiene para darnos su palabra. Damos por descontado que Él está en nuestra vida, en nuestras prácticas religiosas, en la piedad personal, en la lectura espiritual, pocas veces nos detenemos a reflexionar si verdaderamente es Dios quien ocupa este lugar central de nuestra vida.


Es común escuchar hablar de malos hábitos, conductas indecorosas, actos denigrantes para el ser humano, pero pocas se oye acerca de la presencia de Dios en la vida interior del hombre, en nuestro examen de conciencia son pocas las veces en que nos detenemos a evaluar este punto, generalmente nos movemos en cierta superficialidad.


Cabe, entonces, hacernos algunas preguntas, ¿ocupa Dios el lugar más importante de nuestra vida como cristianos?; ¿nos dejamos vencer fácilmente por la inmediatez y damos por descontado el diálogo con el Padre?; ¿buscamos a Dios a cada momento sabiendo que es él en realidad quien nos busca, dejándonos “primerear” por él, como dice el Papa Francisco, o nos quedamos en la seguridad de nuestras prácticas religiosas habituales?


El primero probado en la fe fue el mismo Pedro, a quien Jesús había puesto al frente de su Iglesia, para que caminara con confianza sobre las aguas hacia él, sus dudas y temor lo hicieron vacilar (Mt 14,22-33), sin embargo aquello que resulta imposible para los medios humanos es posible para Dios. Elías buscaba a Dios allí donde él no estaba pero en donde él se creía seguro de encontrarlo (1 Rey 19, 9. 11-13a). Así todos tenemos hambre y sed de Dios, pues solo él tiene palabras de vida eterna (Jn 6,69), y ansiamos encontrarlo para quedar saciados.


Quien se deja interpelar por Dios, escuchando a su Hijo, palabra encarnada, y asistido por la gracia del Espíritu, descubre en sí su propia vocación cristiana: la de salir de las propias seguridades y rutina al encuentro con Jesús en aquellos que aun caminan en penumbras, que todavía no lo conocen, para hacer experiencia de fe y caridad. El cristiano que ha perdido su capacidad de asombro ha quedado opacado, mientras que quien la conserva ha renacido verdaderamente del agua y del espíritu y es capaz de trascenderse a sí mismo.


(Fuente: EMILIO RODRIGUEZ ASCURRA / contactoconemilio@gmail.com / Twitter: @emilioroz)


 
 

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