Déjate sorprender

¡Qué bueno es seguir admirando las cosas simples y buenas que ocurren a diario!

 
Déjate sorprender

Dice Martín Descalzo que la primera manifestación de la vejez es la pérdida de la capacidad de sorprenderse. Los niños son un gran ejemplo de esa sencillez de alma que les permite alegrarse la vida con las pequeñas maravillas de cada día.

Con el paso del tiempo, el hombre tiende a acostumbrarse a muchos aspectos de su vida. Incluso en ocasiones puede habituarse a contemplar el mal: las constantes víctimas de los conflictos de Oriente Medio, imágenes de niños desnutridos en África, escándalos de violencia familiar, altos niveles de drogadicción juvenil o un elevado número de suicidios. 

A veces parece que el mal supera con creces al bien. Sin embargo, el bien existe, es una realidad palpable y abundante. Aunque éste no llame la atención, no busque los aplausos o no logre un puesto relevante en los medios de comunicación, existe y debe ser reconocido. 

Es posible que el hombre esté perdiendo la capacidad de sorprenderse y de valorar aquellas “extraordinarias cosas ordinarias” que cada día pasan desapercibidas a causa de la costumbre.

Rabindranath Tagore dice que: “si lloramos por la puesta del sol, las lágrimas nos impedirán ver las estrellas”. Y de hecho en nuestra vida existen esas estrellas, esas abundantes maravillas que a veces no logramos descubrir.

Nos lamentamos de los casos en los que los padres maltratan a sus hijos y olvidamos que millones de padres en el mundo se esfuerzan con amor en su trabajo para que no les falte nada. Resaltamos la indiferencia de muchos jóvenes ante el mal del mundo y olvidamos que existen miles de misioneros y religiosas jóvenes dando la vida por los pobres y por los enfermos. 

Aunque el mal haga más ruido, el bien, como la hierba, crece en el silencio de la noche. Mientras el mal siga siendo noticia, significa que el bien es lo normal, lo propio de nuestro mundo.

No se trata de buscar acontecimientos espectaculares en la historia, sino más bien de lograr una mirada justa, equilibrada. No es un optimismo exagerado que oculta lo malo que sucede, es más bien el análisis objetivo de lo que ocurre a nuestro alrededor. Es no dejarnos engañar por lo que se nos vende en abundancia y no darle el valor de absoluto a lo que no lo tiene.

“Si tenemos que vivir con los pies en el lodo, nadie nos impedirá elevar nuestra mirada hacia el cielo”, decía el mismo Martín Descalzo. No se debe olvidar el mal, ni dejar de luchar por cambiarlo. No obstante, se debe dejar a lo bello ser bello sin nublar las maravillosas obras humanas que nos rodean. Así nuestros días no serán simples eslabones de una interminable cadena llamada rutina.

Cuando se observa el mundo con objetividad, se descubre todo lo bueno que existe y a través de ello se llega al amor de Dios. Un Dios que se sigue manifestando a través de millones de personas en el mundo y que quiere ser reconocido para alegrar la vida del hombre en medio de las dificultades.


Víctor Alejandro Ramírez

Fuente Catholic.net
 
 

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