El arte de enseñar

La tradición y espiritualidad judías algo para decir sobre un tema fundamental.

 
El arte de enseñar

Dice el Talmud de Jerusalem que "los maestros son los guardianes de las ciudades". Y va más allá, cuando nos transmite la enseñanza de Rabí Shimón Bar Iojai: "Si viste ciudades que fueron arrancadas... la causa es que no se ocuparon de los sueldos de los maestros..." (Mesejet Jaguigá, perek 1 halajá 7).


El Talmud babilónico, por su parte, reconoce la trascendencia de Ioshúa Ben Gamla, afirmando que si no fuera por él Israel habría olvidado la Torá: originariamente, sólo aquel que tenía padre gozaba de la fortuna de tener quien se la enseñara; Ioshúa Ben Gamla decretó que se establecieran maestros en todo lugar y poblado a fin de que los niños, sin distinción, pudieran recibir instrucción a partir de los seis años de edad.


Enseñar y aprender son derechos inalienables, son síntomas de libertad.


En este proceso de enseñanza/aprendizaje, el diálogo pedagógico se convierte en comunicación intergeneracional y se propicia que la tan mentada "brecha generacional" deje lugar al "conflicto generacional", entendido en el mejor sentido del término. Preguntar y responder, en este contexto, permite deshacer saberes congelados y transformar el cuestionamiento en crecimiento.


De este modo, no es casual que los vocablos hebreos "moré" (maestro), "horé" (padre) y "Torá" ostenten una misma raíz lingüística. Ni que remitan a una misma significación: la enseñanza.


¿Qué enseñamos? ¿A quiénes?

¿Qué aprendemos? ¿De quiénes?


 


Cuento:


Había una vez un pequeño y lejano reino donde la familaia real residía en un hermoso palacio. Esta bellísima edificación se había hecho de fama mundial por la perfección con las que habían sido confeccionadas sus rejas.


Un día, mientras paseaba por los jardines, el rey descubrió que algunas rejas estaban deterioradas por el paso del tiempo. Inmediatamente hizo llamar al herrero que las había creado y le pidió que forjara unas nuevas.


Una vez más, el herrero aceptó honrado el cargo y se comprometió a llevar a cabo la tarea a la brevedad.


Pasaron los días, y como no tenía novedades, el rey envió un mensajero a la casa del herrero. A su regreso, éste le comunicó con pesar que el eximio herrero había fallecido. Sin embargo, el hijo del herrero se comprometía a entregar el trabajo encargado a su padre para honrar, así, su memoria.


El rey quedó conforme con el trato. Pasaron las semanas, y al no tener noticias de las rejas, envió nuevamente a su mensajero para averiguar qué sucedía. Éste regresó con el siguiente avido: "las rejas no están listas aún pero pronto tendrá noticias de ellas".


Pasaron los meses y el rey, ya ofuscado porla excesiva tardanza, decidió ir personalmente a la herrería. Grande fue su sorpresa al llegar y encontrar al joven hijo del herrero sentado inmóvil frente al horno apagado.


"¡Le he encomendado una tarea muy importante hace ya tiempo y usted está aquí sentado haciendo nada!", le espetó el rey.


El joven se dio vuelta -el rey podía las lágrimas corriendo por sus mejillas- y murmuró: "Le pido disculpas. majestad. Toda mi vida he estado al lado de mi padre. Él me enseñó casi todo. Lo he ayudado a trabajar el hierro, a forjarlo, a diseñar las más hermosas rejas. Pero ahora que él ya no está conmigo, me doy cuenta de que hay algo muy importante que a mi padre se le olvidó enseñarme. No me enseñó cómo encender el horno donde calentar el hierro".


"Educar no es llenar una olla, sino encender el fuego" ( antiguo proverbio)


Fuente "Sidur Tefilot Guedolot", edición de Judith Berinstein, Ediciones Seminario Rabínico Latinoamericano, 2007.

 
 

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